0-4: Un collage virtuoso
Mario De Las Heras
Yo que fui maño de adopción, aún recuerdo la inesperada hostilidad hacia el Madrid del público zaragozano. Fue un día parecido al de ayer. Un día de invierno de 1992 ó 93 en La Romareda. Ganó el Madrid con gol solitario de Zamorano. Tengo cariño a Zaragoza y al Zaragoza a pesar del barcelonismo latente (quizá antimadridismo) de buena parte de su afición.
Aún me acuerdo del gol de Nayim, que alquiló la casa de mis padres. Yo estudiaba para Selectividad. Eran otros tiempos, aunque en ese banquillo también estaba Víctor Fernández. Entonces el Zaragoza jugaba en Primera, como debe ser, y el partido era de Liga. El caso es que miraba el partido y me parecía un déjà vu. Pero el Madrid iba de verde y por la banda izquierda corría Vinicius como un diablo.
Cuando marcó Varane aún estaba yo con la nostalgia, que se me fue quitando por el ansia zaragocista y la repentina (sólo en apariencia) desorientación madridista, quizá liderada por un Marcelo al que hasta por el tipo de oscilación de sus rizos se le adivina la ausencia. El peligro local llegaba con el protagonismo de Kagawa, a pesar de que todos sus esfuerzos, los del Zaragoza, parecían de mentira cuando eran bien ciertos.
Esa sensación se confirmó con el gol de Lucas, quien, con la soledad de un despreocupado flaneur en medio del área rival, marcó un buen gol de remate alto y cruzado. Había mucho movimiento en el Zaragoza. El bullicio en contraste con el silencio del Madrid, que aparecía en la portería de Ratón como desapareciendo de los medios y apareciendo de repente allí arriba. Parecía aquella serie, Embrujada, con su sintonía y todo; una cosa ligera, amena, divertida, que sin embargo dejaba ver su imponente seriedad como equipo.
La segunda parte se presentó como una prueba. Algo así como el fogueo para los que están de camino y para que se afilen aún más los que pinchan. Era un ensayo ante la debilidad de un Zaragoza superado. James pareció animarse, encontrar un campo de colores.
Había alegría entre la rectitud del esquema y la inapelable conquista de La Romareda, que encontró un aliciente tras la salida del delantero Suárez, por el que los locales comenzaron a sentirse equipo. Marcó Vinicius asistido por la preciosidad de James, y vimos a un Brahim potente y veloz. Es bonito todo lo que hace ese chico, empeñado con admirable pundonor y confianza en sí mismo en convencer a Zidane. A mí ya me tiene convencido.
Otro joven deslumbrante para el Madrid. El Madrid tiene una colección de niños radiantes y una personalidad con la que juega igual esté quién esté sobre el terreno de juego. Esto es una superación de aquella primera etapa de Zidane con el equipo A y el equipo B. Esto es un collage virtuoso y Zidane es su pintor.