130-126: Navidad, Reyes Magos y, ¡cómo no!, Real Madrid
José Luis Llorente Gento
Cómo escapar de los tópicos cuando las coincidencias deparan un partido entre lo magistral y lo mágico, entre lo inolvidable y el recuerdo de un Torneo de Navidad cuya primera edición se celebró por estas fechas, limítrofe con la festividad de los Reyes Magos. Cómo escapar del más difícil todavía, de lo nunca visto, cuando nadie recuerda cuatro prórrogas ni siquiera en partidos infantiles. Y cómo eludir la historia del club más grande de la Historia, repleta de partidos imposibles, de remontadas retadoras de la fe del fanático, quizás ninguna tan dramática como la de un cinco de enero, cuya suerte cambió de manos de forma imprevisible tantas veces.
Con los héroes deviniendo villanos y los bomberos convertidos en pirómanos, con actuaciones estelares, extenuantes, rondando la brillantez y el esperpento, pero finalmente palpitantes, despertadoras de una admiración profunda que se habría paso entre las emociones, ante la entrega ilimitada de unos protagonistas que terminaron enlazados ante la conciencia general de que habían escrito una página gloriosa en la que todos merecían la gloria.
Porque fue un partido de seis cuartos, y el tercer tiempo no tuvo lugar entre cervezas, sino sobre el parqué, reluciente por la inminencia de la venida de los sabios de Oriente, orgulloso por cimentar un espectáculo nunca visto, una exhibición de deporte puro, de nobleza obligada, de entrega sin concesión.
como no podía ser de otra forma, cuando lo inesperado acontece, cuando los encuentros devienen en ceremonias iniciáticas, con los fieles extasiados por la emanación de ondas electrizantes, la esencia del Real Madrid prevalece, por más que el rival se comporte de forma tan heroica como el Efes
Lo más curioso fue que la obra maestra comenzó funcionarial. Una más entre la marea de las fases regulares, una mutación asombrosa fue apoderándose del sino del encuentro, esa encrucijada de saberes, emociones y tablero de ajedrez en la que consiste el baloncesto moderno. Atletas musculados en busca de la finura, de la precisión, porque mire usted qué grande es el WiZink Center y qué pequeño el aro, en el que apenas cabe el balón. Y aún más diminuto cuando lo guardan los gigantes.
Y como no podía ser de otra forma, cuando lo inesperado acontece, cuando los encuentros devienen en ceremonias iniciáticas, con los fieles extasiados por la emanación de ondas electrizantes, la esencia del Real Madrid prevalece, por más que el rival se comporte de forma tan heroica como el Efes. Un epílogo para el día de la cabalgata, un pórtico telúrico para la noche de los sabios. Porque nada más cercano a la perfección del espíritu deportivo que una avenida madridista incontenible, otra muestra indeleble de la creencia en unos principios que han levantado la narrativa más poderosa que navega por los océanos del deporte.
