2-1: Bienvenidos a Cardiff
Quillo Barrios
Cuando miré el marcador y vi ese 2-0, una pequeña parte de mí pensó que los sueños, sueños son y que el Real Madrid estaba cerca de despertar del suyo. Pero el lado racional apartó el miedo de golpe recordándome que este club no se caracteriza por venirse abajo ante el primer contratiempo. Más bien al contrario. Los de Zidane se sobrepusieron del doble golpe del Atlético de Madrid y, de la mano de Isco y Modric, crecieron hasta gobernar el encuentro. El temblor duró muy poco.
Entró al campo el Atlético como si fuese capaz de sostener un ciclón durante noventa minutos. El Calderón, incendiado, empujó como nunca. El Real Madrid no salió mal, pero dos acciones a balón parado pusieron a prueba la resistencia del actual campeón de Europa. Antes de la media hora empezaba un nuevo partido, uno diseñado para gente con personalidad y atrevimiento. Ahí fue cuando aparecieron Isco y Modric. Pidieron la pelota como si ambos tuvieran la llave que todos buscaban. El malagueño la escondía y su compañero salía de la jaula con maestría. Con ellos al mando, el Real Madrid se miró al espejo y se reconoció. Una vez despierto, empezó a mandar.
La posesión se tornó completamente merengue, y los tiempos del partido, también. Había cierta incredulidad en el Vicente Calderón. ¿Cómo es posible que un equipo que parecía tocado anímica y futbolísticamente en el minuto veinte estuviera mandando con insultante naturalidad? Se llama ADN.
Con los decibelios disminuyendo y el Real Madrid asomándose a Cardiff sin hacer ruido, Benzema, desactivado hasta ese momento, cogió el balón en un laberinto y salió de él con tanta clase que es imposible resumir su acción en un párrafo. Los rivales miraron al francés con una mezcla entre admiración y pánico. Karim entró en el área tras construir un monumento, levantó la cabeza y se la dejó a Toni Kroos, que puso a prueba a Jan Oblak. El meta colchonero sacó una mano prodigiosa, pero no contaba con la presencia de Isco, que pescó un balón muerto y lo convirtió en un billete a la final de la Copa de Europa.
El gol de Isco -gracias, Benzema- bajó las pulsaciones y convirtió el infierno en una dulce travesía. Animó la afición del Atlético de Madrid para minimizar el llanto mientras el Real Madrid miraba a Cardiff con expresión feliz y serena. En la segunda mitad, la apuesta fue clara: control y nada de sustos. Las únicas veces que el equipo de Simeone superó la muralla, Keylor se hizo gigante. El 'tico' también merecía una noche así, una noche en la que reconciliarse con el fútbol a través de la Copa de Europa. Las grandes noches del Real Madrid suelen tener como música de fondo el himno de la Champions. Y eso nos orgullece aunque algunos no lo entiendan.
Zidane dio entrada a Lucas Vázquez, Asensio y Morata para agotar los cambios. Poco pudieron demostrar los tres, ya que sus compañeros habían dormido el partido y despertado al Atlético de Madrid. Se escribirán cartas hablando de sentimiento, de valores y de orgullo, pero el madridismo, que nunca se conformó con menos que la gloria, duerme hoy feliz porque su felicidad es ganar, y si es contra todo y contra todos, más todavía. Bienvenidos a Cardiff.
