2-2: Los inmortales
Quillo Barrios
Recuerdo la final de Lisboa y sé que no miento si digo que no lo pasé tan mal aquella noche como la de hoy. Quizá sea por el peso de lo reciente o por esa euforia desatada que a duras penas me deja escribir esta crónica, pero considero que el Real Madrid-Bayern Munich ha sido el encuentro que más me ha desgastado emocionalmente desde que sigo fútbol. Fue así porque se complicó desde el principio y el Real Madrid se mostró incapaz de imponerse, lo cual nos llevó a un escenario dominado por los alemanes hasta el minuto noventa y seis. Si el partido se hizo largo, el descuento -excesivo- se tornó eterno. Cada balón colgado sobre el área de un antológico Keylor Navas -su partido es para ver una y mil veces- era una invitación al paro cardíaco.
No fue el Real Madrid de las grandes noches, pero en Champions League hay veces que debes rozar el drama para tocar después el cielo. Ante la Juventus tuvimos un ejemplo, pero ha sido contra el Bayern cuando hemos descubierto la angustia en todo su esplendor. A falta de fútbol y una gestión táctica potable, al campeón de Europa no le quedó otra que dejar el alma y encomendarse a tres futbolistas que firmaron un choque sobrecogedor: Keylor Navas, Luka Modric y Karim Benzema.
Empezamos perdiendo, y nadie se sorprendió por eso. Preocupaba más la distancia sideral que había entre líneas que el propio 0-1. El Bayern se instalaba con insultante facilidad en la zona de tres cuartos, tocando con comodidad y abriendo el campo hasta la cal. Sólo Modric, portentoso toda la noche, se mostró capaz de frenar las constantes embestidas. Sus ayudas a Lucas Vázquez y al centro del campo bien merecen capítulo aparte. En medio del caos, Benzema mandó a la red un gran envío de Marcelo desde la izquierda. El 1-1 sonaba muy bien, pero no cambió nada. Por momentos, el Real Madrid recordaba a un novato que se ve por primera vez ante una gran cita.
Zidane no reaccionó en el descanso y el equipo lo notó en la reanudación pese al segundo de Benzema. Asensio no tenía el día y a Cristiano Ronaldo no le encontraban sus compañeros pese al recital de desmarques y movimientos que dejó. A falta de gol, el portugués mostró implicación, generosidad en el esfuerzo y actitud. Por suerte, Benzema sí encontró la receta entre líneas. El francés firmó su mejor partido en años y lo hizo porque, más allá del doblete, acertó en todas sus decisiones y fue inteligente con y sin balón. Zidane lo sustituyó por Bale y ahí se acabó el Real Madrid. También metió a Casemiro buscando cerrar esa autopista que encontraba el Bayern entre defensa y centro del campo, pero no lo logró.
La recta final fue de un sufrimiento extremo. Los hombres de Zidane vivieron en el área sin pudor. Despejaban balones y corrían para colocarse de nuevo y seguir despejando. Cuando no conseguían su cometido, aparecía Keylor y se hacía gigante. Partido de leyenda del tico. Çakir, que no pitó un penalti de Marcelo en la primera parte, añadió cinco en una segunda mitad en la que no se perdió casi tiempo. Le parecieron pocos minutos y decidió dejar hasta más allá del noventa y seis. Fueron minutos de pesadilla, de bombardeo incesante de un Bayern que, tras el gol de James, intensificó su asedio.
Sin embargo, el Real Madrid supo sufrir -quizá demasiado- y estará en Kiev. No hubo fútbol, no hubo buena dirección de campo por parte de Zidane, no hubo buen nivel táctico, pero en el horizonte estaba Kiev y allí llegan tras haber dejado el corazón y el ADN sobre el terreno de juego. Cuarta final en cinco años. Los inmortales lo han vuelto a hacer.