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Baloncesto·19 de febrero de 2024

96-85: La sencillez aplastante

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Pablo Rivas

Hace algunos años se hizo viral una imagen obtenida de un documental de Canal Plus Francia sobre Zidane. El diario Marca sacó una captura del técnico francés apuntando algo en una libreta escolar de doble anilla, supuestamente en medio del análisis de un rival. El resto de los utensilios de trabajo eran un ordenador en cuyo escritorio se hallaba abierta la web del propio Marca, un teléfono móvil y una gorra del Real Madrid. El titular recogía unas declaraciones que, a mi juicio, pretendían ser un punto caricaturescas: “el fútbol no es tan complicado”.

Es sabido que a Zidane, poco dado a refugiarse en discursos excesivamente elaborados, se le atribuyó una imagen un tanto amateur desde que se sentó en el banquillo blanco. Al fin y al cabo, en esta sociedad de apariencias la sencillez siempre ha resultado sospechosa, y todos somos en cierta medida esposas del César. De manera que algunos incluso juguetearon frívolamente con la idea de que, mientras las cámaras inmortalizaban aquella postal, el entrenador del Real Madrid en realidad estaba dibujando, ejem, garabatos en el cuaderno.

Evidentemente se trataba de una absurdez malévola, pero a mí, como hincha alejado de la idolatría gafapasta, debo reconocer que dicha hipótesis pretendidamente denostadora me hubiera parecido gloriosa. No solo porque no ofende quien quiere sino quien puede —y Zidane demostró con creces en repetidas ocasiones que su reino no es de este mundo—, sino porque el éxito de Zizou siempre conllevó, además de la victoria del Madrid, la derrota de los enteraos. Una doble satisfacción.  

Zidane respect

Me vino esto a la memoria cuando, tras el solvente triunfo del equipo merengue de baloncesto en Málaga, los periodistas entrevistaron a Chus Mateo. Vaya por delante que la comparación entre deportes tan diferentes como el fútbol y el baloncesto siempre constituye un exceso —cuando no una muestra de ignorancia—, especialmente al valorar el impacto potencial que tiene el entrenador durante el desarrollo de un encuentro. Sin embargo, ambos mundillos comparten la sospecha de la tertulianada acerca de los perfiles bajos y de las soluciones simples. De ahí que, incluso tras la victoria en la Euroliga, el técnico madridista no haya adquirido un crédito directamente proporcional al logro. ¡Se atrevió a jugar una Final Four plantando una defensa en zona durante treinta minutos, como si fuera una liga municipal! Qué más da que funcionase que ni pintado: ¡eso es lo de menos! Habrase visto.

De igual modo, algunos ayer se echaron las manos a la cabeza por la apuesta de afrontar la segunda parte de la final con apenas siete jugadores en la rotación. Por lo visto, el sota-caballo-rey solo debe valer para la brisca, y la prudencia de no querer estropear lo que funciona pertenece a algún tipo de astucia campesina incompatible con el baloncesto moderno. Quién sabe, quizá haya que comprarle otra libreta de doble anilla a Chus Mateo. Al menos tendrá la ventaja de que podrá utilizar el trofeo de Copa como pisapapeles.

El ataque francés y la defensa argentina apabullaron al Barcelona en un último cuarto que dejó el trofeo resuelto sin necesidad de recurrir a la épica emocionante que tantas veces requieren estas citas

Si me permito alargarme con estas reflexiones es porque la final tuvo menos historia de la que se esperaba. Es cierto que el Barcelona salió dispuesto a dar guerra, probando algunas opciones interesantes: la titularidad de Da Silva —llegó a estar emparejado contra Campazzo en algunos momentos, al inicio—, la colocación de dos generadores para intentar hacer daño al Madrid, el truco de sacar a Tavares de la cueva con Vesely… En el segundo cuarto, los porcentajes de acierto exterior amagaron con una posible ruptura del encuentro a favor de los culés, y en ese instante decisivo el equipo se sostuvo con unos buenos minutos de Hezonja —no debe enfadarse por su menor protagonismo en el choque: aquí queda escrito que volverá a ser decisivo en el resto de títulos de la temporada— y en la colosal actuación de Poirier, probablemente el auténtico MVP.

Poirier

En el primer cuarto, un renqueante Tavares había conseguido ganar el duelo defensivo ante Willy Hernangómez, pero sufría más de lo deseable con su némesis checa. Con la entrada de Vincent, Willy continuó siendo un caramelito —los rebotes ofensivos a la postre resultarían decisivos para la victoria— y Vesely dejó de tirar tan solo. El propio Grimau fue plenamente consciente de que con la neutralización del pívot de Ostrava desaparecían sus opciones de ganar, de ahí que en la rueda de prensa centrase el foco en las faltas personales que lo echaron en el último período. No crean que no tiene su mérito encontrar en cada ocasión la coartada adecuada. El barcelonismo es como un calamar con ínfulas de artista que jugase a hacer arte figurativo cada vez que suelta un chorro de tinta. Bien está; como se dice ahora, son sus costumbres y hay que respetarlas.

El barcelonismo es como un calamar con ínfulas de artista que jugase a hacer arte figurativo cada vez que suelta un chorro de tinta. Bien está; como se dice ahora, son sus costumbres y hay que respetarlas

Bastante antes de todo eso, el partido se había decantado ya del lado blanco. Concretamente, cuando tras el descanso Chus Mateo —¡Penitenciagite!— consiguió ajustar la defensa, con Deck sobre el base y Facundo emparejado frente al que hiciese las labores del segundo generador, fuese Laprovittola o Brizuela. Por otro lado, Musa, al que también habían castigado con alguna personal tiquismiquis, mantuvo meritoriamente el acierto en su duelo, a priori desigual, contra un desaparecido Kalinic, y la monumental exhibición de Poirier estuvo bien escoltada por los tiros liberados de Yabusele, que en esta ocasión compensaron con creces sus puntuales despistes atrás.

Facu Campazzo

El ataque francés y la defensa argentina apabullaron al Barcelona en un último cuarto que dejó el trofeo resuelto sin necesidad de recurrir a la épica emocionante que tantas veces requieren estas citas. En definitiva, se trató de un partido aprobado hasta por las sociedades de Cardiología. Aunque es cierto que seguramente no por los puristas del minutaje medido, los excels y las estadísticas. En cualquier caso, me aventuro a predecir, mientras aparto el confeti del teclado antes de enviar la crónica, que a los madridistas no nos importa demasiado. Felicidades, y a por la próxima.

 

Fotografías: realmadrid.com

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