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Opinión·18 de marzo de 2020

Aguante, Lorenzo

J

Jesús Bengoechea

“Quiero a Capello y a Mijatovic”. Lorenzo Sanz había tomando el mando del Real Madrid tras forzar la dimisión de Mendoza en una cruenta lucha interna dentro de la junta, y el Marca amanecía así.

“Quiero a Capello y Mijatovic”.

No lo olvidaré nunca. No tanto el hecho de que más tarde consiguiera en efecto traer a Mijatovic y Capello (junto a otros como Roberto Carlos y Suker y Seedorf y Panuci, que pusieron los cimientos de la Séptima), sino el descaro mismo de proclamar ante el planeta entero sus intenciones imperiales, el carácter desacomplejado de quien apunta alto y no siente que tenga que disculparse por ello. Yo no sabía nada de Sanz, más allá de ese aire público un tanto sobrado de puro en ristre y gomina apelmazada. Pero esas declaraciones desafiantes y de desnuda incorrección política me conquistaron. Lorenzo Sanz inventó la incorrección política antes de que se inventara la corrección política. Ahí es nada, ser pionero no de una cosa, sino de su contraria.

Aquel titular, y el hombre que lo descerrajó, no eran cualquier cosa. Eso quedó a la vista de todos desde ese momento inaugural. No pensaba esconderse ni maniobrar en lo oscuro. Lo taimado no iba, no va con él. Si eres el Real Madrid no le tienes miedo a nada, y menos que a nada a tus propios sueños y deseos. A Capello lo trajo y le duró un año por razones que no están del todo claras: por un lado, estaba su presunto nepotismo con Fernando, un central aseado, pero no del agrado del italiano; por otro, los cantos de sirena de Silvio. Le duró un año, pero ganó la Liga: el Madrid navega en la turbulencia con la chorra fuera. A Mijatovic lo trajo también, desatando una ola de furor anticapitalino en el levante español cuya onda expansiva sobrevivirá al Coronavirus.

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