¡Ale hop!
Mario De Las Heras
Dice Nakamoto que la telemetría indica un impacto en el freno delantero de la moto de Márquez. Si la telemetría lo dice habrá que creerla, por supuesto, pero, ¿podría ser, al contrario de lo que sugiere como conclusión el jefe de Honda (y la prensa en general), que el impacto se hubiese producido porque Márquez tocó con la maneta de su freno la pierna de Rossi, y no porque Rossi tocase, mucho pensar es ya decir que intencionadamente, dicha maneta?
La última imagen que he visto del incidente es la de una cámara súper lenta que les certifica a mis ojos que Márquez empieza a caer, después de echarse brusca y literalmente encima de Rossi, mucho antes de que el italiano haga cualquier movimiento con su pierna. Si Márquez está cayendo antes de que Rossi ejecute cualquier movimiento con su pierna, ¿qué hay entonces de la patada por la que yo he visto adelantarse de fecha a los nazarenos con sus cilicios?
Esta discusión se parece a la de los taurinos y los no taurinos. El mundo se divide entre ellos y no pasa nada. El problema sólo empieza cuando se falta al respeto. Y sólo de esto escribo a partir de ahora. El futbolerismo se fundamenta en esto, y hay un madridismo (el que está estudiando, formándose, y que aquí en La Galerna se ensaya) que quiere establecerse sobre todo lo contrario.
¿Qué hacemos hablando de motociclismo en una revista de fútbol sobre el Real Madrid? Pues qué va a ser sino apostar por ese madridismo que pasa por encima de disciplinas (¿qué son esos jugadores sino atletas, según Guardiola?), de forofos y de lugares comunes. Como si no pudiéramos hablar del bochorno de Getafe o de la belleza de los cerros de Úbeda.
A este madridismo pequeño, humilde y silencioso, pero con carácter (como mi abuela), le importan las telemetrías. Claro que sí. Quizá de ellas, de utilizarlas, y no del arbitrio, hubiera obtenido beneficios, pero en realidad no se habla de esto. Yo venía aquí a hablar de la caza de la que he sido objeto en Facebook a propósito de mi artículo 'La Caza', y a la hora de la verdad he sentido pereza.
Iba a extenderme, incluso personalizar, nombrarles a todos ellos como Will Hunting a sus falsos hermanos: Marky, Ricky, Danny, Terry, Mikey, Davey, Timmy, Tommy, Joey, Robby, Johnny, y Brian, pero sería imposible y por tanto injusto. Hubo un momento en que mis nuevos amigos de Facebook (yo los llamo mis hijos por el amor que les tengo y la ternura que me hacen sentir; digo: ¡Ale Hop!, y saltan) me hicieron pensar hasta que mi artículo era el París de Hemingway porque no se acababa nunca. París es bello y aquellos comentarios son feos, así que, ¿para qué hablar si además no podrían entender nunca nada más allá de que Rossi le dio una patada a Márquez, fieles a la doctrina de su iglesia? Los mismos, no exactamente (sed menos literales, hijos míos), que consideran una broma divertida lo de Getafe, lo cual se arregla con un disculpa de Iniesta, el genio de Fuentealbilla. El mundo sólo tiene una cara y no tantas como nos plazcan, lo dicen mis amados hijos, duros oponentes de Robert Louis Stevenson, así que Rossi, en este caso (o quien sea en otro), que arda en la hoguera.
Yo lo pienso bien y podríamos hablar de ellos aunque sólo fuera para reírnos. No de ellos, por supuesto, sino con ellos porque lo cierto es que son muy graciosos. Feos, como sus comentarios, y a la vez graciosos. Aquí en La Galerna se comentan las graciosas portadas de la prensa deportiva, ¿así que por qué no hacer lo mismo con mis queridos hijos, feos y graciosos como los disfraces de los barcelonistas en Getafe? Abundan en los comentarios de Facebook a mi artículo las lecciones de motociclismo, ¡piperismo en estado puro!, que comenzaban con un "no tienes ni puta idea". No me digan que no es gracioso, además de feo. Hijos míos, si no os quisiera tanto os castigaría, pero no puedo.
Qué decir de aquellos que se preocupaban por mi salud mental, o de esos otros que ponían el grito en el cielo ante la herejía, o de los que sencillamente me insultaban, por mi bien, claro. Suena bien, y les suena, ¿verdad? Y es gracioso, y a la vez feo como aquel de los hermanos Calatrava. Algunos sabían mejor que yo de mi ignorancia moticiclística, en rotundo contraste con su indudable sabiduría. Uno lleva conduciendo motos desde los ocho años, pero eso no significa que sepa de lo que habla. La razón es la de mis hijos, mis amados hijos que fortalecen sus certezas con toda clase de interjecciones y onomatopeyas, el énfasis necesario para construir, para elevar la Verdad. Porque estos son los míos, los hijos a los que he amamantado en mi pecho; pero el mundo está lleno, miles de hijos feos y graciosos.
Yo no sabía que Marc Márquez era tan importante para ellos. Si lo llego a saber no digo nada para no herirles, para no sacarles lo peor de sí mismos. Culpa mía. Culpa de mal padre. Claro que de ese modo no les hubiera conocido y eso sí que no me lo perdonaría. Reconozco que durante la caza, la mía, sentí deseos de hacerles una peineta exactamente igual a la que le hizo Valentino a Biaggi después de que éste hubiese estado a punto de matarle con un codazo asesino en una recta a más de doscientos cincuenta quilómetros por hora.
Pero al fin ha vencido el amor verdadero ¡Esto es el Orlando furioso!, ¡la Alcina de Händel!, y yo ya no volveré a hablar nunca más de ellos ni de los que pueda engendrar con el tiempo y, aparte, nunca podré agradecerles lo suficiente, ¡unos hijos, unos niños, velando por un padre!, que me hayan hecho sentir como Molière cuando le prohibieron El Tartufo, como dijo un Príncipe: porque el resto de obras de la época sacaban a escena el cielo y la religión, mientras El Tartufo les sacaba a ellos, que es lo que no pueden soportar: un sacrificio impagable, hijos míos.
