Asensio en la encrucijada
Mario De Las Heras
Hace unos días leí un artículo en Panenka donde se hablaba del declive de Michael Owen reconocido por él mismo. Según las propias palabras del Balón de Oro de 2001, a partir de los 22 años estaba en declive. Admitía que los últimos siete años de su carrera fueron un infierno porque quería retirarse, y que se escondía en el campo para que no le pasaran el balón porque estaba seguro de que se iba a romper.
Las lesiones tempranas truncaron en diferido la carrera fulgurante del delantero inglés. Esas lesiones fueron quitándole, primero la capacidad física, el motor, y después, no sabría decir en qué orden, la alegría y la confianza y las ganas. Después de leer este artículo se me apareció tenebrosamente Asensio en el pensamiento. Me di cuenta de que hace tiempo que los ojos de Asensio miran como aquellos ojos madridistas de Owen. Nada que ver con el desparpajo y la serenidad de los ojos que sembraron fugazmente el terror azulgrana.
Aquellos ojos y aquellas formas que salían de aquellos ojos principiaban a ser como las del Owen imparable de Liverpool. Y la lesión, las lesiones, han acabado, de momento, con todo eso. Estuve pensándolo y me di cuenta de que Asensio se esconde en el campo igual que Owen admitió esconderse durante la mayor parte de su carrera, impedido por la cabeza y las piernas. O por las piernas y la cabeza.
Pensé en Marco y le recordé el martes recibiendo el balón, lo vi conduciéndolo durante unos segundos y devolviéndolo ante la primera cercanía del rival. Y casi siempre hacia atrás. Lo dijo Valdano a propósito de un lance durante la transmisión: “Eso era para acelerar, no para frenar”. Asensio sale a jugar con los pies en el freno. Y ahí es donde aparece Owen como una sombra enorme y oscura, el Owen roto por dentro y por fuera que va estirando su nombre y su gloria pasada sin remedio.
Cada pase atrás de Asensio es la constatación de una renuncia íntima que cada día se hace más inocultable
En Asensio no hay gloria pasada, sólo su promesa. Asensio no acelera quizá porque su cabeza no se lo permite. Asensio parece owenizado y sólo acelera hacia atrás, cuando pierde la pelota. Como si tratase de tapar su realidad sin tener que mostrar su responsabilidad (su responsabilidad, su obligación, su talento es acelerar hacia adelante). Asensio se asusta y corre hacia atrás para que nadie lo note.
Pero lo notamos. Yo lo noto. No estoy descubriendo América, porque América (o lo que parecía América) está ahí deambulando en pequeñas y constantes renuncias. Cada pase atrás de Asensio es la constatación de una renuncia íntima que cada día se hace más inocultable. Es el talento retenido y malgastado. Una vieja historia que, a pesar de lo que aparenta, yo me niego a ver terminada de este común modo.
Porque Marco Asensio no es un jugador común. Marco Asensio tiene la elegancia atenazada que se percibe al sentirlo pasar. Yo no puedo pensar que Asensio es lo que parece hoy porque yo he visto otro y es demasiado joven y no es su cuerpo, como el de Owen, el que renquea. A Marco Asensio le queda por ser Marco Asensio y no lo puede retrasar más.
Hay que llenar esa cabeza de fútbol y liberarla de demonios y de pichabrós, ese antiguo dúo de virtuosos devenido en cómico, o en tragicómico. Son el espíritu y la sustancia. De la sustancia quizá hable algún día mientras hablo del espíritu, que es como hablar de una vida, de la carrera de Asensio, no muy lejos de la encrucijada de acelerar de una vez o frenarse para siempre.
Fotografías Getty Images.

