Aviso de Waterloo
Antonio Valderrama
La luna de miel de Zidane con el Madrid ha durado mucho más de lo que hasta los más irreductibles optimistas hubieran imaginado. Año y medio de estado de gracia cuyo fruto quedará para siempre en la historia del club que hace la Historia, en forma de ilustre botín. Una Liga, dos Supercopas europeas, una española, un Mundialito y sobre todo dos Copas de Europa seguidas que han colmado el ansia caníbal del madridismo en esta competición seminal para la imagen que le devuelve el espejo cuando el madridismo se mira. Y la final de Cardiff, que es una herencia inmaterial que habrá de pasarse a las generaciones del mañana como las del ayer nos transmitieron el 7-3 al Eintracht.
Pero. Siempre hay un pero. El matrimonio entre Zidane y el Madrid es uno de los más fecundos de la Historia del deporte, de cualquier deporte. Florentino confió en el carisma idílico del francés entre la gente cuando le dio el equipo en enero de 2016, y esa grandeur tan singular del genio bereber de calva franciscana se proyectó sobre los acontecimientos que siguieron como un manto sanador. Lo curó todo.
Una vez le leí a alguien que el trabajo de un entrenador de fútbol profesional, en la élite, consiste, en un 80%, en ser un motivador. Un psicólogo, o conductor de hombres como llamaban a Agamenón en la Ilíada. El otro 20% es lo que podría llamarse la pericia táctica. En el año y medio largo que lleva Zidane entrenando al Madrid, ha dado muestras de ser un experto en ese 80%, y de aprender rápido en el 20% restante. Siendo un entrenador posibilista, un pragmático, aderezó cada modificación en la ruta del trasatlántico con grandes dosis de temple personal: dentro de una caseta llena de jugadores de personalidades complejas, expansivas y a menudo intratables, y delante de los periodistas, en cada rueda de prensa. Su forma de lidiar con los problemas convenía casi perfectamente con la naturaleza del ambiente propio del Real Madrid, una micronación sin Estado pero con un refinadísimo equilibrio de poderes que es el resultado de más de cien años de crecimiento ilimitado, como el del capitalismo.
zinedine zidane ha dado muestras de ser un experto motivador
Zidane se enfrenta ahora a su primera crisis de gobierno seria. Hasta el momento, las decisiones relevantes las tomó con el viento de popa, es decir, ganando. O como cuando sentó de una vez a Isco y James, los dos poetas malditos, para hacerle sitio a un furgón de antidisturbios, Casemiro: entonces, sencillamente, llevaba poco más de un mes en el cargo y se jugaba la baza psicológica del no hay nada que perder.
Decía Obama al final de su mandato que el trabajo de un presidente de los Estados Unidos podía resumirse en introducir pequeñas variaciones del rumbo de un enorme navío; al cabo de uno o dos lustros, el resultado de esos virajes suaves, inapreciables al principio, resultarían evidentes para todo el mundo. Nada de bandazos, en cristiano. Zidane introdujo a Isco, sacrificando de facto el ecosistema BBC, y convirtió a Ronaldo en el delantero centro más efectivo de Europa reduciendo sensiblemente sus minutos de juego. Manejó con un tacto inaudito lo que en la NBA se llama el roster privilegiado que tuvo su primera campaña completa no sólo como entrenador del Madrid sino como entrenador de élite, y lo hizo de una manera acompasada con el ritmo de los días, con el trasiego de los momentos, aprovechando circunstancias fortuitas mientras alrededor el ruido se concentraba en otra cosa. Era la luna de miel. El Madrid seguía ganando a medida que mejoraba su juego, cristalizaba su imagen de equipo invencible y ahondaba en la percepción aterradora para sus rivales de que incluso una mano invisible impedía que fuera derrotado en las ocasiones más inverosímiles.
zidane convirtió a cristiano ronaldo en el delantero centro más efectivo de europa
Eso ha cambiado, porque su mismo Madrid ha cambiado. Del equipo acomplejado, todavía insatisfecho de gloria y con la vanidad maltrecha tras conceder un triplete al adversario justo el año en que debían consolidar su hegemonía, al equipo dominante, un punto saciado, demasiado autoconsciente y temido por todo el orbe balompédico de ahora. La ensoñación almibarada ha terminado, pero no el matrimonio, que entra en una nueva fase. Ahora hay que convivir, también con la derrota. Durante un año largo la derrota parecía ser una cosa que le ocurría a los demás, rara vez al madridista. Zidane llegó a contar más títulos ganados que partidos perdidos. Todo llega y todo pasa, por más que cierta prensa, la de siempre, y ciertos tuiteros, también los de siempre, se empeñen en ridiculizarlo. Por primera vez, sin embargo, Zidane tendrá que corregir con el viento soplándole de cara. A la contra. Será una especie de bautismo de fuego para un entrenador que ha destacado por ser intuitivo y pragmático por encima de todas las cosas, escuela Lippi y Ancelotti.
Su reto principal es darle alas a un Madrid que ante el Tottenham, en el Bernabéu y en Wembley, demostró carecer de energía y de dinamismo para desabrochar su superioridad potencial. También, el de llenar de hormigón y cemento la transición defensiva del equipo, vulnerable hasta el espanto. El Madrid, por lo que sea, se ha quedado corto de mecha arriba y las lesiones, en particular la de Carvajal, lo han dejado cojo atrás. Sus centrocampistas arrastran la lengua por el césped aunque eso quizá responda a una estrategia de la planificación física. Su mejor jugador es Isco, un maestro artesano de la relojería suiza que, lamentablemente, no puede hacer girar solo el complicado mecano del ataque madridista si a su alrededor falta fuerza, arrojo y energía. Las sensaciones que transmitió el equipo, a pesar de todo, fueron de amor propio, nada que ver con el lánguido dejarse ir en algunos momentos del año 2015. El Madrid de Zidane, ya nación, necesita otro pacto de Estado que supere las carencias estructurales que le dejó un verano extraño. Quizá sea la hora de que esa segunda línea de jóvenes con talento pero aún verdes, como Ceballos, Theo o Vallejo, entre en la dinámica competitiva asumiendo todos los costes que sea posible permitirse.