Aytekin vs. Obrevo: una comparativa artística
Jesús Bengoechea
El filósofo y matemático Martin Gardner sostenía la inconveniencia de ser relativista en lo estético, y estoy de acuerdo. Hay quien, sin ir más lejos, considera más espectacular, más innovador, más bello el arbitraje de Obrevo en Stamford Bridge que el de Aytekin en el Camp Nou. Un relativista en lo estético respondería "Bueno, es opinable", y es ahí donde yo discreparía. El arbitraje de Aytekin supera clarísimamente al de Obrevo en vistosidad, eclecticismo y general hermosura. Es así.
Gardner sostenía sin complejos la necesidad del apedreamiento dialéctico de aquel que prefiera los Sex Pistols a Beethoven. No trasladaré el paralelismo al ámbito que nos ocupa porque, honestamente, no me parece que la distancia sea equiparable. Pero se puede afirmar, como quien sostiene un hecho probado y no algo subjetivo, que el arbitraje de Aytekin es más logrado que el de Obrevo en todos los órdenes, y que establece unos parámetros artísticos de muy complicada superación.
El primer aspecto en el que la obra de Aytekin da estéticas sopas con ondas a la de Obrevo es la ductilidad. No pongo en dudas sus indudables méritos, pero Obrevo es más un talentoso artesano que un verdadero creador, condición que (en cambio) podemos atribuir a Aytekin sin temor a errar.
Lo del noruego en Stamford Bridge es desde la óptica creativa un encomiable ejercicio de repetición del mismo recurso: la omisión del señalamiento del punto de penalti en cuatro (o cinco, según la escuela de pensamiento) ocasiones en las que parecía imposible abstenerse de hacerlo. Es un recurso efectivo que Obrevo, a fin de sorprender al espectador, utiliza en Stamford Bridge de forma admirable, pero la simple iteración obsesiva de un determinado patrón demanda virtudes menores que el uso de una amplia selección de opciones artísticas. Es ahí donde la obra de Obrevo (valga la redundancia) no resiste la comparación con la de Aytekin. De igual forma que Fellini hace la misma película de mil formas distintas, el eximio trencilla nórdico sustenta su reputación estilística sobre las mil y una formas de no pitar muy diversas penas máximas. Quedan fuera de toda duda tanto la excelencia de Fellini como la de Obrevo, pero se echa en falta la diversidad que no es descabellado reclamar al creador.
El eclecticismo de Aytekin, en cambio, constituye una de sus principales virtudes. Si Obrevo es Fellini, Aytekin es John Huston: de la trascendencia medieval de "Paseo por el amor y la muerte" pasando por el noir de "La jungla de asfalto" hasta la comedia romántica y crepuscular de "La reina de África". La variedad de registros del turco-alemán es abrumadora. Lo mismo perdona la expulsión a Neymar por una agresión de roja directa que se la perdona a Piqué por doble amarilla que se inventa dos penaltis en el área del PSG que escamotea otros dos en el área del Barça.
El otro apartado en el cual Aytekin es objetivamente superior a su antecesor del norte es la espectacularidad, que en el arte que nos ocupa es signo de perdurabilidad, de relevancia. No hay que olvidar que, mientras Obrevo ha pasado a la Historia como el principal artífice de un 1-1, Aytekin se las apañó casi solito -con la única colaboración del PSG- para concebir y ejecutar un 6-1 que pasará a la Historia como el más refulgente atraco (como mínimo, atraco deportivo) de la primera mitad del siglo XXI. Hay categorías. Hay clases. Obrevo protagonizó un atraco perfecto pero en cierto modo contenido, somero, sostenido sobre la inacción, basado en el simple ignorar el punto de los once metros y desembocando en un marcador de andar por casa. Aytekin, en cambio, ejecutó una obra barroca, casi churrigueresca, densa como el universo en el instante inmediatamente anterior al Big Bang y que tomó carne en una suerte de explosión pirotécnica de inolvidable calado artístico. Fue una obra magna, el Tristram Shandy, la Divina Comedia, la Victoria de Samotracia, el Guernica de los arbitrajes. Una obra que -por su complejidad y ambición creativa- tardará décadas en ser superada.