Bale: mentiras, manipulación y persecución. Da igual el orden.
José Luis S. Ortiz
Gareth Bale: odio, xenofobia, hernia, humillación, insultos, vejación, incomprensión, injusticia, desagradecimiento, As, Marca, cualquier radio, cualquier tertulia, cualquier gurú, cualquier experto tertuliano y cualquier cobarde. En cualquier orden.
Axioma. Bale es tan criticable como cualquier otro jugador y por los mismos motivos. Si permitimos que ese límite se supere, añadiendo motivos especiales para hacer un caso especial, estamos abriendo la puerta para que el caso Bale, ya sin Bale, se repita en el futuro. Tal vez sea un belga, un alemán, un francés o un croata. Parece un chiste, pero no lo es. Por partes.
Uno. El asunto Bale tiene muy poco recorrido. Empezó y acabó justo en el momento en el que el jugador atravesó la T4 con la hernia fantasma. El asunto requería una postura contundente y expeditiva. No hubo. Desde aquel entonces, estamos en un bucle sin fin. Bucle que da lugar a situaciones casi cómicas. Un experto tertuliano, hace pocos días: “…desde que Marca publicó que tenía una hernia, que la tiene, pero que no es una hernia…”. Sin ruborizarse. La estupidez merece cuadro de honor con hoja de laureles, pero quedará. Ése es el nivel.
Dos. Muchos de los aquí presentes nos empeñamos en el intento, porque habíamos visto al extraordinario jugador que es. Pasados varios años, sabemos que Bale es insalvable. Bale se convirtió en una presa muy fácil para el dizque periodismo, porque nadie, de los que debía y podía, le defendió. Es más, cualquier destripaterrones que ahora se precie, ha de lucir en su currículo menosprecios, mofas y befas hacia el jugador. Aquél que quiera llegar a ser algo en el mundo mediático debe haber insultado al jugador galés varias veces. Ya no es Bale, es mucho peor. Y ustedes lo saben. Y me voy al punto tres.
Tres. Nunca hubo, por parte del club, demostración de férrea voluntad de querer ir a la guerra por su jugador. El caso Bale es el caso más grosero de todos. Pero no es el único ni será el último. Lo que convierte al caso Bale en algo excepcional es la resistencia del jugador. Lleva siete años entre nosotros y el catálogo de insultos da para escribir una trilogía. Mou aguantó tres años. Diego López ni uno. Danilo se fue amargado. Tres tristes ejemplos. En lugar de tirarnos los trastos a la cabeza, tal vez deberíamos darle una vuelta al asunto.
Cuatro. Dada la resistencia del jugador, los argumentos para echarle del Madrid han ido degenerando de tal modo que, a su lado, cualquier trifulca en un patio de porteras es una elegante reunión de intelectuales intercambiando pareceres sobre la metafísica aristotélica. Pasamos del elegante “no entiende el fútbol” a “jeta, sinvergüenza, caradura” y cosas peores casi sin solución de continuidad. Así es como hemos llegado a la portada individualizada de hace unos días.
Quinto. Un mensaje absolutamente denigrante hacia el jugador que ha calado hasta el tuétano en la extraña grada del Bernabéu. Y es irreversible. No hay vuelta atrás. Por eso, yo quiero que se vaya. De hecho yo hubiera querido que se hubiera ido antes. Después de Kiev. Hoy sería un mito. En una realidad paralela a la que pudiéramos viajar a conveniencia, hubiéramos visto, estupefactos, como el manolismo afeaba a Florentino la venta del majestuoso expreso de Cardiff. Lo sabemos todos. Ustedes, yo y hasta el más triste y gris de los tertulianos que ilumina nuestras existencias. Los mismos que le han insultado. Los mismos. Me lo mediten.
Sexto. Permítanme un pequeño relato cronológico de disparates y comprueben ustedes mismos en qué punto del bucle nos encontramos. Bale y Modric se lesionan en un mismo partido, pero solo importaba el galés. A pesar de llevar varios meses sin lesionarse, nos volvieron a recordar que era un jugador de cristal. Volvió a Madrid. Pidió permiso al club para ir un día a Londres. Nuevo jaleo. ¿Por qué? Al margen del odio sarraceno, desconozco la respuesta a esa pregunta. El motivo, en todo caso, es irrelevante. No necesitan motivo para ir de cacería. Entre tanto se supo que Griezmann andaba divirtiéndose por esas canchas de la NBA sin conocimiento de su entrenador. Pero eso tampoco importaba. Volvió y fue “cazado” en el aeropuerto. Iba hablando por teléfono y se le acercó un niño a pedirle un autógrafo. Bale se esfumó entre cámaras y cazadores, sin firmar nada. Feo gesto. Tal vez sea porque me he acostumbrado a verle como una víctima, pero más que a un altivo maleducado yo creí ver a un tipo absolutamente superado. Admito estar equivocado y que el tipo sea un cretino insoportable. Simplemente, intuyo que no es ese tipo de personas. Sea como sea, ya todo da igual. Si hubiera besado al niño y le hubiera estampado un autógrafo en los calzoncillos, hubieran desviado la atención al hecho de la falta de declaraciones. Un delito de lesa humanidad. Ya nos conocemos.
Vinieron los partidos del Madrid, pero Bale estaba lesionado y no jugó. Le “cazaron” yéndose del estadio antes de acabar los partidos. Zidane dijo en rueda de prensa que no tenía importancia y que él mismo lo había hecho en su tiempo de jugador, pero como todos ustedes comprenderán a estas alturas del partido, repito, todo da igual. Otros compañeros también se fugaron pero tuvieron la fortuna de no ser cazados por el intrépido reportero de turno.
Se recuperó de la lesión y se fue con la selección. Fue el empezose del acabose del continuose. Se veía venir: no está lesionado, simplemente se está reservando para Gales. Sin pruebas. Un esforzado tuitero demostró, con números en la mano, que el plazo medio de Bale de recuperación de sus lesiones musculares era exactamente el mismo que ahora. También fueron olvidados los dos partidos que se perdió el año pasado con su selección por, precisamente, lo mismo y jugándose lo mismo. Obvia decir que nadie recordó cómo se jugó, literalmente, la Eurocopa con su país hace 4 años, arrastrándose y cojo en la final de Milán.
En rueda de prensa con su selección le recordaron sus palabras de hace un tiempo en una entrevista en la que reconoció que a nivel profesional se pierde parte de la ilusión y el encanto de los años de adolescente. Le preguntaron si con Gales había recuperado esa ilusión. Dice que, de algún modo, sí, pues se junta para jugar con amigos suyos desde los 17 años. Añade que, de todos modos, él siempre da el 100% en todos sus partidos. El dizque periodismo manipula y traduce: “prefiero jugar con mi selección antes que con el Madrid”. Un trilero a su lado, un fino estilista.
Mijatovic, el mismo representante que calentó la cabeza a Modric el pasado verano, para llevárselo al Inter, dijo en la SER que Bale piensa en Gales, el golf y en el Madrid, en este orden. Dudo que Mijatovic haya cruzado ni dos palabras con Bale en su vida, pero dado que Bale es presa fácil debió ver una oportunidad para hacerse un hueco en algún sitio. Si eran pocos, apareció la abuela en avanzado estado de gestación. Alguien debió ir con el chascarrillo a la afición galesa y sucedió lo que todos ustedes saben. La pancarta y Bale riendo feliz pues había conseguido clasificar a la selección de su país, donde le adoran e idolatran, a la fase final de la Eurocopa por segunda vez consecutiva.
Séptimo. Si he mentido en algo en los seis apartados anteriores, ruego me lo comuniquen porque me encantaría estar equivocado y saber que no estamos, otra vez, en el punto de salida. La pancarta era una burla al dizque periodismo. Lo sabemos todos. ¿Por qué iba a burlarse Bale del Madrid o su afición? Recuerdo que en su último partido en el Bernabéu salió aplaudido (increíble, pero cierto). ¿Qué ganaría Bale con la bronca que le va a caer a buen seguro? Para responder a esas preguntas, ya han elaborado una teoría: Bale se quiere ir a China y está buscando que le dejen ir gratis total. La teoría conspiratoria suena extraña pues estamos hablando de un tipo que por venir al Madrid se plantó delante del Sr. Levy y le dijo “o me vendes o cuelgo las botas”. No sé por qué motivo el jugador no podría hacer lo mismo ahora. Ya no tiene nada que perder. Su imagen y su prestigio han sido tan dañados dentro de esta cochiquera que prácticamente nada puede empeorar su situación.


