Barça y Real Madrid, un tratamiento inverso
Sergio Arellano
En una época en la que el extraordinario impacto político, económico y social del coronavirus sigue hostigando nuestras vidas, y en medio de todo el terremoto de renovaciones que está sacudiendo la actualidad deportiva del Real Madrid, la dinámica en los despachos de los dos eternos rivales sigue intacta. Si bien determinados movimientos de plantilla pueden ser legítimamente discutibles, la maquinaria institucional del club blanco continúa avanzando a paso firme, siguiendo los dictados de la prudencia y del ahorro y estableciendo como punto de partida la austeridad mientras algunos clubes, endeudados hasta las cejas por la ingente pérdida de activos patrimoniales, buscan fórmulas crematísticas para ocultar su desastrosa gestión. Unos hacen malabares y otros imponen el tesón como virtud mientras aplican de forma rigurosa unos principios de confianza recíproca y buena fe claves para encauzar en tiempos de crisis cualquier entidad polideportiva.
Dos modelos diferentes que evidencian las fallas estructurales de un club a la deriva, siempre pretencioso a la hora de establecer consignas que, si bien otrora, a modo propagandístico, penetraron fuertemente en el subconsciente de la sociedad civil, hoy han demostrado quedar en papel mojado. Y eso que, hace justo una década, Can Barça en general y La Masía en particular conformaban el modelo de referencia en cuanto a desarrollo juvenil, gestión deportiva y súmmum del juego. Hasta se hicieron acreedores del derecho a dictaminar públicamente reglas para despedir leyendas. Un foco de moralidad rebosante, acompañada de delirios de grandeza y ataviada con los tan jugosos eslóganes de UNICEF. Valores absolutos que fueron ampliamente divulgados y respaldados justo en un momento en que nuestro fútbol, con motivo de los recurrentes éxitos de la Selección Española, gozaba de un peso aún mayor en la sociedad en comparación al que atesora en la actualidad. Un Barça arcádico frente a un Madrid visceral, lleno de odio, representado por un macarra como Mourinho.
10 años después, toda la elegancia que reproduce Zidane durante sus intervenciones con los medios, unido a la gestión impoluta de Florentino Pérez, -al que no le hacen falta alocuciones ni fachadas en la Ciudad Condal-, son contingencias que pasan de puntillas, se camuflan en la normalidad ordinaria, olvidando las groseras diferencias en cuanto a la gestión en torno a uno y otro. ¿Os imagináis si en 2012 el club de Chamartín hubiese solicitado un ERTE a los organismos competentes para aliviar su escuálida situación financiera? ¿Os imagináis que, paralelamente a este hecho, dirigentes importantes del club prometieran a bombo y platillo fichajes de gran envergadura? El querer estar en el plato y en las tajadas tiene estas cosas.
El Barça es un club completamente desdibujado, en estado de insolvencia inminente (como revela su dificultad para sufragar los 720 millones de euros en concepto de deuda a corto plazo que tiene por delante), incapaz de hacer frente a las obligaciones financieras exigibles y con un patrimonio neto negativo. Su única solución antes de evitar una declaración concursal pasa por concertar un acuerdo con sus respectivos acreedores en aras a obtener un plan de quita y/o aplazamiento de las deudas, esto es, suplicar una refinanciación de todo su tejido contable, recortando gasto de plantilla en forma de rebajas salariales y venta de jugadores valiosos.
Los mismos que se ven impelidos a desarrollar implacables menesteres para solucionar la coyuntura actual son los que antaño se encargaron dolosa y torticeramente de estirar un chicle desgatado mientras daban lecciones de deontología profesional. Muchos aficionados, no sin mal criterio, hoy determinan que no sería en absoluto descartable la intervención activa y directa de algún organismo público para solucionar el agujero financiero instalado en Can Barça. ¿Os imagináis, pues, si se suscita en el debate público que la Comunidad de Madrid pueda promover un rescate a fondo perdido para recomponer las raquíticas arcas del club de Chamartín? Alguna calle habría ardido, desde luego. Socializar pérdidas “del Madrid” con el dinero del contribuyente no resulta una buena idea.
Por si fuera poco, Quique Setién, un ilusionista del fútbol de toque que rápidamente mutó a un falso embaucador de anhelos inalcanzables (recordad aquella estrambótica máxima de que solo iba a quedarse satisfecho si su equipo jugase bien), denunció al club por incumplimiento de las obligaciones contractuales, dejando entrever que la comunicación con determinados futbolistas fue harto compleja. Numerosos frentes abiertos que se multiplican conforme avanzan los días. La crisis del Barcelona es palpable, profunda, oprobiosa. No hay argumentos racionales que sostengan su rápida recuperación, pero es evidente que en la batalla cultural y en la guerra de las ideas han vuelto a ganar. Y es que las diferentes formas de proyectar al exterior los males endémicos de la entidad culé están siendo irrisorias en comparación al escarnio público, -edulcorado de etiquetas como <<mafia florentinesca>> al que habría estado sometido el Real Madrid de encontrarse en una situación similar. La senda de la excelencia siempre suele llevar aparejada un manto de resonancia silenciosa, y el Real Madrid no es tan poderoso para escapar de esa lógica.
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