Barcelona-Heurtel, una nota inculpatoria
José Luis Llorente Gento
Cuando los representantes de las entidades toman una decisión que afecta a personajes públicos pueden o no explicarlas. Cuando la decisión se ajusta a las normas o a la costumbre no hay nada que contar. Lo ocurrido es legítimo desde cualquier punto de vista, por lo que los portavoces y las notas de prensa no salen a cumplir su función aclaratoria. Simplemente, no ha lugar.
Cuando la decisión llama la atención por su singularidad, tarde o temprano los involucrados hablan: la entidad para dar sus explicaciones y el afectado las suyas. Los observadores, aficionados y socios se decantan por una u otra opinión, en función de que los argumentos tengan el grado de certeza adecuado.
Sin embargo, cuando la determinación es tan excepcional que carece de antecedentes, las aclaraciones deben iluminar la escena para que los ausentes seamos capaces de observar los detalles más ocultos. La luz tiene que borrar cualquier sombra de duda, cualquier atisbo de malinterpretación, hasta que ni siquiera Sherlock Holmes encontrara un cabo suelto del que tirar.
Justo lo contrario de que lo ha hecho el FC Barcelona. En su nota, señala que, contando el jugador con todos los permisos del club para viajar y hacer vida propia por no estar convocado para jugar (¡¿cómo iba a estarlo si ya el partido anterior no lo estuvo para evitar una lesión que frustrara su salida, tal y como explica en el número uno de su panfleto!?) y rotas las negociaciones, se decidió excluirlo de la expedición y que volviera por su cuenta. Es decir, que se le prohibió subir al autocar del equipo, aunque eso sí, se le permitió conservar “¡la documentación pertinente!”.
Que se sepa, las entidades deportivas no tienen todavía la potestad de retirar o retener el pasaporte de sus jugadores, ni siquiera aunque la enjuiciada sea més que un club. El desliz es de tal magnitud que raya en el humor absurdo, en un chiste de Gila, aunque por la propia miseria de la medida parece más de horror que de humor.
Cuando una persona física o jurídica tiene que demostrar su inocencia ante la sospecha fundada en los hechos, las palabras huecas, los argumentos de relleno, las aseveraciones fuera de lugar y la construcción definitiva de un relato sin argumento sólo contribuyen a magnificar el error y la injusticia; y a dejar patente que ni la inteligencia ni el arrepentimiento necesario, aunque fuera de papel, se dejan entrever en la aclaración. O si se quiere de ver de otro modo, su culpa queda sin expiar y su reputación enfangada por un desprecio innecesario que no supo rectificar a tiempo.
