Benzema, el pichichi radiante
Mario De Las Heras
Es una lástima que Fabio Coentrão se haya marchado definitivamente. Claro que no ha recalado en cualquier equipo. Se ha ido al club donde empezó, que se llama Río Ave. Que Fabio haya fichado por el Río Ave es como si se hubiera ido al cielo. No podía haber elegido mejor, por supuesto. Río Ave suena a rancho de pasión. De pasión de gavilanes. Ya que no puede estar en este Madrid asombroso que aún está por afinarse, ¿dónde mejor que en vaqueros, con el torso desnudo, rodeado de caballos y de amantes en medio de la naturaleza?
Lo de Fabio tiene cierto paralelismo con lo de Karim, si vamos a suponer que la carrera de un futbolista en este caso la escriben los aficionados inversamente sutiles, mayormente, al talento del francés. Un talento, por la clase, por el tipo y su manera de expresarse, del que nunca anduvo desprovisto del todo el portugués, aunque sólo fuera a ramalazos del estilo de sus mechas. Mourinho pidió a Modric y pidió también a Coentrão. Esto podría ser un dato. Otra cosa que hizo Mourinho fue forjar a Benzema, que se aplicó sufriendo estoicamente las limaduras.
Benzema ha sido un alumno modelo, un chico inteligente que brillaba. Todos podían ver su brillo, sobre todo en la intimidad de los entrenamientos, en las pequeñas cosas. Es como si René Ricard no hubiera escrito aquel artículo en Artforum, ‘The Radiant Child’, sobre el pintor Jean Michel Basquiat sino sobre Karim Benzema veinte años antes. Claro que ¿cuántos aficionados al fútbol habrían leído un artículo en una revista de arte? No muchos, la verdad. No al menos la mayoría.
Me refiero a esa mayoría que ha estado nueve años lanzando piedras como si no parasen de escuchar el nombre de Yavé. Todo duro y seco como un cuento de Rulfo; cosas mucho más terribles como que este jugador no daba el nivel para jugar en el Real Madrid. Esa mayoría nunca tuvo en cuenta, por ejemplo, que todos los entrenadores del Real Madrid en los nueve años de pertenencia del lionés al equipo, todos, lo alinearon de titular.
Pero a quién le importa eso. Benzema ha sido una inspiración de memes ridiculizantes para un amplio sector del madridismo durante nueve largos años. De Benzema se ha pedido literalmente la cabeza como la hubieran pedido eufóricos ciudadanos romanos hace veinte siglos en un coliseo. Es “el deprimente espectáculo de que los peores, que son los más, se revuelven frenéticamente contra los mejores...”, escribió Ortega. Es “ese público de los espectáculos y de los conciertos que se cree superior a todo dramaturgo, compositor o crítico y se complace en cocear a unos y otros”.
A todos ellos, a ese imperio de las masas, Karim Benzema ha resistido. No todo han sido graffitis brillantes, movimientos abstractos, elevaciones divinas, “intangibles” que se llaman. También ha sido el carácter. El carácter del chico radiante, del hombre resplandeciente que apagaba su luz y trabajaba y aguantaba la lluvia de hortalizas de la turba enfervorecida de camino al cadalso que nunca llegó. Ninguno de esos insultos y golpes ha podido con él. Ha sido un candil en las noches oscuras y frías. El ama de llaves vilipendiada del Madrid.
La masa nunca entendió la soledad del genio obligado a hacer mejores a los demás a su alrededor. Benzema nunca se quejó. Nunca pidió. Lo buscaron los maledicentes y no lo encontraron. Le dijeron que atenuara su luz y eso hizo sin decir una sola palabra. Zidane lo utilizó como condensador de fluzo. Tan importante, tan fundamental para la historia. Pero todo el mundo recuerda más a Marty, a Marty McFly.
Se fue Cristiano y se fue Zidane y apareció Lope con su raya en el medio. Esa raya al medio que podría ser como el traje blanco de Ramos, el gran capitán: esa imagen de la que todos nos reímos y al final ella acabó riéndose de todos nosotros, por suerte. Lope llegó con su raya al medio y abrazó a Benzema y le dijo que brillara para que todo el mundo pudiera al fin verlo. Y entonces Benzema, siempre preparado, siempre dispuesto, se puso a brillar.
Yo quisiera hacer caso a Walt Whitman y defender siempre al tonto y al loco, o “desechar lo que sea un insulto para tu propia alma y así tu misma carne será un gran poema”. Ese poema que es el chico radiante marcando goles a pares ante la incredulidad y el recelo de la masa abofeteada, la masa que ni siquiera puede ya encontrar argumentos “tangibles”. Ni siquiera uno solo porque el Madrid es el líder de la Liga y Benzema (ese río, ese ave: “Ama a la Tierra y al Sol y a los animales...”, dijo Whitman como si se lo dijera también a Fabio) es su deslumbrante Pichichi.
