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Destacados·25 de julio de 2020

Cien años de madridismo

A

Athos Dumas

Hoy, día 25 de julio de 2020, se cumplen 100 años desde que nació mi padre. Ya me hubiese gustado ayudarle a soplar sus 100 velas, pero hace 8 años y medio que dejó este mundo, aunque sigue muy presente cada día dentro de mí.

Recuerdo que una de sus últimas satisfacciones, poco antes de fallecer, fue conocer el resultado del derbi de 2011, disputado en noviembre, en el que el Madrid de Mourinho goleó 4-1 al Atleti de Gregorio Manzano, con 2 goles de Cristiano, uno de Di María y otro del Pipita Higuaín. Mi padre no pudo llegar a conocer la conquista de aquella “liga de los récords”, pero disfrutó mucho con el electrizante juego de fuerza, presión y fulgurantes contraataques de aquel fabuloso equipo, comandado por un imperial Xabi Alonso en plenitud de facultades físicas.

Alguna vez he contado los orígenes de mi familia, procedentes de las Galias como Astérix y sus paisanos irreductibles. Mi padre nació en París, pero con apenas 8 años sus padres decidieron emigrar a España – al contrario de lo que era y fue habitual en gran parte del siglo XX, cuando eran los españoles los que salían de su país – y ya en 1929, mis abuelos se hicieron socios del Real Madrid y también hicieron socio a mi padre. Apenas llevaban un año en España cuando ya habían aprendido perfectamente a qué club había que entregarse en cuerpo y alma. Desde entonces, ya hace más de 90 años, siempre en mi familia ha seguido la tradición de apoyar al Madrid, y ya somos cinco generaciones las que podemos presumir de madridismo incondicional, ya que varios de mis hermanos y hermanas tienen ya nietos y nietas socios del club.

Mi padre me enseñó tantas cosas, que necesitaría escribir una novela por entregas, como nuestro querido Alejandro Dumas, para poder darle las gracias por todas ellas. Imagínense ustedes un padre de familia en los años 60 teniendo que alimentar, junto con mi madre, a sus 9 hijos, además de darles una educación adecuada y algo de atención personalizada a cada uno de ellos. Trabajando de lunes a sábados – era habitual ir a la oficina los sábados por la mañana – y apenas librando los domingos, ya que, por ejemplo, los jueves por la tarde que tenía libres los dedicaba a hacer horas extras para que toda la familia pudiese llegar a final de mes.

No sé cómo lo hacía, pero lograba encontrar tiempo para todos y cada uno de sus hijos. Aparte de ser un cinéfilo empedernido, amante del cine clásico de Hollywood, de los musicales de Gene Kelly y de Fred Astaire y admirador consumado de los Hermanos Marx (“Una noche en la ópera” la vimos juntos media docena de veces), estaba siempre proponiéndonos planes para ver todo tipo de espectáculos, sobre todo en el plano deportivo.

¿Ustedes se imaginan hoy en día llevar a sus hijos pequeños a una velada de lucha libre o a un frontón para ver partidos de mano por parejas o de cesta punta? Hoy en día entraría todo ello en el terreno de lo políticamente incorrecto… En aquel entonces, en la plaza de toros de Las Ventas, había veladas veraniegas de lucha libre, aptas para todos los públicos; recuerdo de muy pequeño ver al mejor de todos, Hércules Cortés, o los combates de “catch a cuatro” en los que actuaban los Hermanos Kamikaze – Kamikaze 1º y Kamikaze 2º - y los hermanos Lambán.

 

También podíamos ir los niños a ver boxeo en el Palacio de los Deportes y de esta forma pude ver – apenas lo recuerdo – a Pepe Legrá, a Miguel Velázquez e incluso a Pedro Carrasco. Hoy en día sería inconcebible, pero en los primeros años 70 era muy habitual que los padres fueran con menores a ver ese tipo de espectáculos. Por ejemplo, lo que hoy en día son los cines Yelmo Ideal de Madrid, en los años 70 estaba situado el Frontón Madrid, con entrada por la calle Doctor Cortezo, y resultaba fascinante ver aquellos manomanistas o palistas, casi todos de apellidos vascos interminables, que solían apalizar a sus colegas castellanos ya bien fuera en partidos de mano individual, por parejas o con la pala.

Por supuesto que mi padre me llevaba también a ver los “6 días ciclistas de Madrid”, en el Palacio, y me llamaba mucho la atención contemplar la modalidad de medio fondo tras moto, la especialidad que hizo famosa en España el mallorquín – aún vivo, tiene 94 años – Guillermo Timoner. Pero también pasaron por Madrid ídolos míticos del ciclismo en ruta como el gran Eddy Merckx o Felice Gimondi, entre muchos otros.

Resultaba sorprendente, dada su condición de parisino de nacimiento, su afición por las corridas de toros. No se perdía ningún festejo televisado, retransmitido desde la Maestranza sevillana o desde las Ventas madrileña, y, en particular, tenía auténtica pasión por Curro Romero, el “Faraón de Camas” – como nuestro capitán Ramos -, al que había visto salir varias veces por la Puerta Grande (circunstancia que no tuve yo la oportunidad de ver, siempre que vi a Curro torear acababa abucheado entre lluvia de almohadillas y, a veces, hasta escoltado por la policía) y a quien defendía contra viento y marea, ya que cuando toreaba bien de muleta “se paraban los relojes”, como dicen todos los “curristas”.

Pero entre la mejor corrida de toros de la temporada y un partido amistoso de su Real Madrid, siempre, siempre, elegía ver a su equipo del alma. Decenas de veces me llevó de pequeño a ver incluso los entrenamientos que se hacían abiertamente en la Ciudad Deportiva, en donde nos juntábamos 200 o 300 socios para ver las evoluciones de los nuestros, las carreras de Amancio, Pirri, Velázquez o Grosso, y escuchar los gritos de Miguel Muñoz.

Cuando jugaba el Madrid en casa por supuesto que acudía siempre al estadio. Mi madre me comentaba que a punto yo de nacer, mi padre, ya curtido por siete paternidades previas, no dudó en acudir al Bernabéu un sábado por la tarde para ver golear 3-1 al Elche (goles de Tejada, Di Stéfano y Puskas). Yo en esos momentos hice gala de un notable madridismo para no nacer en mitad del partido y esperé hasta el domingo a las 8 de la mañana para salir a la luz del mundo.
Cuando el equipo jugaba fuera, escuchábamos juntos las tardes de los domingos el “Carrusel Deportivo” de Radio Madrid de Vicente Marco, con las amenas intervenciones de Joaquín Prat y de Juan de Toro (“¡Anís de la Asturiana, su presencia siempre agrada!”). En aquellos tiempos, tan solo se retransmitía por TV un partido los domingos a las 8 de la tarde, como colofón de cada jornada. Y con los partidos internacionales pasaba exactamente igual, la gran mayoría había que seguirlos a través del transistor. ¡Y qué mal lo pasábamos cuando jugaba el Madrid por tierras belgas, holandesas y alemanas! Cierto es que muchas veces se remontaban los resultados adversos en Chamartín.

Aunque mi padre siempre reconoció la grandeza de Don Santiago Bernabéu – de hecho, se endeudó, como tantos socios, en los años 40 para participar modestamente en la construcción del nuevo estadio -, había una figura que para él era todavía más intocable: Alfredo Di Stéfano. Mi padre nunca aceptó de buen grado la salida por la puerta falsa de “la Saeta Rubia” en 1964. Me llegó a contar que en los primeros (2 o 3, no muchos más) partidos de la temporada 1964-65 no acudió a su localidad del estadio ya que todavía no había digerido la marcha del gran artífice de las 5 Copas de Europa consecutivas. Se puso del lado del jugador (no olvidemos que ya contaba con 38 años de edad) y le costó un tiempo perdonar dicha afrenta al patriarca blanco. Le perdonó, faltaría más, e incluso le vi derramar alguna lágrima el 2 de junio de 1978, cuando acudió, como tantos millares de madridistas más, a la capilla ardiente el día en que Don Santiago falleció.

Mi mejor recuerdo de infancia se remonta a un día muy concreto, el 14 de diciembre de 1972, una tarde noche con mucho frío: se cumplían aquel día 25 años desde la inauguración del estadio, y hubo un partido homenaje – el segundo en su caso, algo excepcional – a nuestro Paco Gento, en el que jugó el Madrid contra Os Belenenses de Portugal, repitiendo cartel del partido inaugural en 1947. Esa noche acudí al estadio con mi padre y con mi madre, también socia, guapa, lista y madridista, y vestido con mi impoluta camiseta blanca, a la cual había cosido a mano mi madre en tela de color negro el número 7, el de mi ídolo Amancio Amaro. No podía haber alguien más feliz que yo en el mundo entero, en compañía de mis dos progenitores, vestido con la camiseta cuyo escudo adoraba, en el estadio de mis sueños, para despedir al único jugador que tenía – y único que sigue teniendo – 6 Copas de Europa en su palmarés.

Muchas gracias, querido papá, por hacerme socio del club nada más pedírtelo, no ha habido ni habrá nunca un mejor regalo que ese. Tu Madrid, nuestro Madrid, acaba de ganar la Liga 34 (de las cuales tú viste 31 y parte de la 32ª) también para homenajearte tus 100 años: 100 años entre los 91 largos que viviste en la Tierra y los casi 9 que sigues viviendo para siempre dentro de mi corazón.

 

Fotografías Getty Images.

 

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