Coentrão: Adiós al patito feo
Eloy Lecina
Coentrão ha vuelto a la que fue su casa: Rio Ave FC. El pasado 31 de agosto rescindió el contrato que le unía al Real Madrid hasta el 30 de junio de 2019. Una decisión que beneficia a ambas partes, pues supone un respiro, pero que lleva consigo cierta nostalgia. Fabio no solo fichó por el Real Madrid para apurar un cigarro a la salida de su fiesta de cumpleaños.
Llegar a España siendo una petición expresa de José Mourinho implica muchas cosas y ninguna es buena. Si encima lo haces a cambio de 30 millones de euros –por entonces los jeques decoraban sus muñecas con bisutería– date casi por muerto. El club te respaldará, el entrenador tratará de protegerte, pero el entorno mediático no podrá ser más dañino para ti. Más incluso que el tabaco para los pulmones. Fabio no se salvó. Fue uno más que terminó siendo uno menos.
El portugués siempre era (poco queda ahora) lo que popularmente se conoce como un lateral de oficio. Es cierto que, cuando tienes el paladar acostumbrado a la dulzura del fútbol de Marcelo, difícil resulta encontrarle el gusto a la acidez del juego de Coentrão. Sin embargo, así lo hacían sus entrenadores, Mourinho y Ancelotti, quienes a la hora de la verdad preferían las mechas rubias a los rizos. Decidían apostar de inicio por un futbolista nítidamente defensivo para luego, en caso de tener que abrir cerrojos, dar rienda suelta a la creatividad del brasileño.
No lo digo yo, sino sus números. En sus primeras temporadas –aunque Fabio solo saboreó el 33% de los minutos disputados (6.946 de 20.540)– fue titular en cuatro de las cinco finales que afrontó el conjunto blanco a partido único: las de Copa del Rey ante el Barça en Mestalla y ante el Atlético en el Santiago Bernabéu, la Supercopa de Europa en Cardiff ante el Sevilla y la inolvidable final de Champions en Lisboa ante el Atlético. Únicamente se puso el chaquetón en el Mundial de Clubes, ante los cometibias de San Lorenzo. Le tocó ser suplente y entró al comienzo de la segunda mitad. Además de ese 4/5 en titularidades –esta vez esa relación de números no hace referencia a nuestras Champions, raro es– Coentrão también jugó de inicio, o bien en la ida o bien en la vuelta, las tres Supercopas de España que disputó el Real Madrid a doble partido.
El problema es que siempre fue más Fabio que Coentrão; más persona con problemas que futbolista. El ruido tan irritante que generaba su figura en el Madrid hizo que le pudiera constantemente la presión y cada vez se apagara más, rozando incluso el anonimato. Su nombre solo se convertía en noticia cuando su cuñada aparecía con Cristiano en algún reservado. O para algún meme, pero nada más. Lejos de rebelarse, el portugués asumió que su camiseta blanca se había transformado en una sotana por la que asomaban sus pecados. Fue entonces cuando se despojó de cualquier careta y vimos su lado más humano, el único que le quedaba, pues futbolista ya no era.
El problema es que siempre fue más fabio que coentrão
"No tengo problemas en admitir que no me encuentro en las mejores condiciones para jugar en un club con una dimensión como el Real Madrid. Todos debemos admitir nuestras limitaciones en una determinada fase de la vida y siento que este club me viene grande", reconocía en una entrevista al Diario Récord en marzo de 2017. Justo un año después, en una charla concedida a un periodista de Marca, se desnudaba por completo. “Sé que hice muchas cosas mal, partidos y momentos malos en los que puedo decir que no trabajé bien, pero sí hice cosas buenas que la gente no consideraba. Por eso me sentía como el patito feo”, explicaba.
Ya desnudo, sin nada que esconder, Fabio renunció al Mundial de Rusia como lo hace un joven adolescente con un amor de verano antes de que pueda convertirse en algo serio. “He informado al seleccionador nacional de que, después de una temporada de gran desgaste, no me siento en las condiciones necesarias para representar a la selección en una prueba con la exigencia de un Mundial", escribía el jugador en su cuenta personal de Instagram.
En Vila do Conde va a ser feliz, jugando de nuevo en el equipo en el que comenzó su carrera. Ahí nació un futbolista profesional en aptitud –no en actitud– que asistió a Benzema en aquel 1-0 ante el Bayern previo al incendio de Múnich, que convirtió a Robben en un juguete roto y que amagó con arañar a Neymar en Mestalla como un aficionado más, como cualquier madridista hubiera hecho.
