CR7 y el Real Madrid frente al ojo público
Alberto Cubero
Voraz y vehemente, Cristiano ha bajado a una trinchera en la que el madridismo lucha contra el sistema desde hace años ya. Real Madrid y CR7 son dos salmones contra una corriente de rivales iracundos. Inconformistas e insumisos, han decidido cambiar lo establecido caminando entre zarzas. Es el reencuentro de dos hermanos de armas.
Lo que sigue no pretende ser un homenaje, más bien una justificación y un descargo personal. De manera explícita, CR7 vuelve a los titulares a cuenta de los premios individuales, ahora que vislumbramos quién es el verdadero villano en ese pulso, no sé si artificial, sí rentable, con Messi y sus padrinos, una porfía estirada hasta hoy como un chicle. Las implicaciones no pueden ser más actuales: tras el último "escándalo de la década" que avejenta al inmediatamente anterior, uno que pone en duda la limpieza de algunos de los trofeos individuales de Messi, el aparato institucional y mediático que parece ampararlo desde hace demasiado tiempo, reacciona desafiante con un nuevo premio para el argentino. Tras años de afrentas impostadas, de presuntos buenos contra malos, empieza a ver la luz una realidad incómoda: CR7 tenía razón.
No es fácil ser Arnold Schönberg, convenían a la par sus seguidores y detractores. Compositor a contracorriente, padre de la atonalidad y el dodecafonismo, era un tipo ingobernable. Tras huir de la Europa inmediatamente anterior a la Segunda Guerra Mundial, arruinado y rechazado, consiguió (gracias a un favor personal) un puesto como formador musical en la Costa Oeste. El primer día de clase, en una sala abarrotada por una audiencia de profesores de educación musical para niños, les espetó: "¿Así que debo entender que hay seres humanos que saben incluso menos de música que ustedes?".
CR7 tampoco ha sido nunca amigo de entrar de puntillas. Es difícil sobrevivir a CR7, obstinado con goles en recordarnos que sigue ahí . No elude el choque, nunca lo ha hecho. La fanfarria y el confeti, las miradas inquisitivas, lo reactivan. CR7, debo admitirlo, nunca ha tenido para mí lo que hay que tener para que lo adore como a un santo. Nunca me ha calado tanto como sus innegables méritos deportivos y felicidad generada en el Real Madrid hubieran merecido. Su permanente necesidad de llamar la atención, tal vez fruto de una infancia infeliz, confieso que me desagrada, pero no pueden negarse su cultura del esfuerzo y su disciplina pétrea. Mis héroes son otros, si bien intuyo que, tras sus gafas de sol y dentro de esa cabeza perfectamente engomada, hay más tacticismo y habilidad estudiada de lo que pudiera parecer. La UEFA lo sabe y lo sufre y, aunque sea solo por eso, empieza a ganarse mis simpatías.
Un caso parecido al de CR7, en fondo y forma, fue el de Carl Lewis: prensa y afición querían a Benjamin Sinclair "Ben" Johnson, muro de contención del ego de aquel. Jamaicano con pasaporte canadiense y aspecto de camarero de resort caribeño, Ben Johnson surgió, como una venganza, a modo de alternativa popular, callada e introvertida a un a todas luces sobrepasado aspirante a celebridad, excesivo en sus manifestaciones y comparecencias, Carl Lewis. Hasta que supimos que alguien jugaba sucio y ese alguien, para desilusión popular, no era Carl. Fue un sueño con despertar pesado para muchos.
CR7 muy pronto percibió que el entorno era benévolo a su rival. La maquinaria institucional y los medios habían elegido a su propia Miss América. CR7, entonces, decidió crear su universo poniendo tierra y arena de por medio. Aquel futbolista total que nos dejó cosidos a una disnea permanente, vive por siempre para nosotros, los madridistas, en un pasado del que ya no regresará. Su vida personal, desde que llegó a donde pretendía, desde que Cristiano Dos Santos Aveiro se convirtió en CR7, ha sido siempre intencionadamente pública, con un mar de fondo, ondulado como el cabello de Veronica Lake, pero con Georgina y sus excesos kitsch en su lugar. Por eso, era cuestión de tiempo que huyera del club en el que fue feliz. Era una consecuencia lógica, una vez su escenario había sido deformado. Esas noches de primavera y pirotecnia ya no volverán.
CR7 habita un universo privado, un Westworld en Medio Oriente con su propia competición y unos premios pretendidamente más acordes al mérito que el nepotismo del Balón de Oro o el The Best por decreto. Hoy la verdad y el tiempo empiezan a sucumbir a CR7 frente a la propaganda rendida y los (aún) presuntos favores que afloran para mantener a su competidor encumbrado en el crepúsculo de una carrera en innegable decadencia deportiva desde hace años. ¿Acaso no es este un símil de la historia misma del Real Madrid y su contraposición al Barcelona? Una historia de pretendidos buenos oficiales, de "chicos UNICEF", que han resultado ser un ente corrupto y corruptor, un edificio de papel maché frente a un Real Madrid indemne salvo en su imagen, ahora mermada por una propaganda agresiva que comienza a calar en la España que madruga.
Disfrutemos con pausa cada nuevo titular, saboreemos cada escándalo público del rival. Son pasos que abundan en nuestra propia reafirmación
En un mundo en el que los cantantes, los actores, los políticos son réplicas sin fin unos de otros, no puede negarse la cuota de autenticidad que CR7 muestra. Posiblemente, un tipo como CR7 ahora no habría venido mal en el campo de batalla que es cada partido (en el vestuario, tal vez sí) para un Real Madrid acosado. Lo triste es que el sistema no nos permita ganar a los puntos y solo valga ganar por KO, con una pulcritud quirúrgica e incontestable impropia del fútbol real. Y ahí, precisamente ahí, en ese escenario bronco, de todo o nada, CR7 sabe bailar bajo el chaparrón. Un entorno donde Vinicius, por contra, se muestra cada vez más sobrepasado. Si bien éste último está ayudando a mostrar una cara muy oscura de este país, es a costa de su desgaste propio, de restar en escenarios y momentos en los que la templanza es virtud.
Las "Drama Queens" de la prensa y los jerarcas del earn it on the pitch deberían ser más pudorosos. Les observa un mundo cada vez más consciente de este armazón de intereses. Por nuestra parte, disfrutemos con pausa cada nuevo titular, saboreemos cada escándalo público del rival. Son pasos que abundan en nuestra propia reafirmación.
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