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Opinión·4 de abril de 2018

Cristiano, Messi y la penitencia

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Fred Gwynne

Cristiano es mejor jugador que Messi, Cristiano es mejor jugador que Messi, Cristiano es mejor jugador que Messi, Cristiano es mejor jugador que Messi, Cristiano es mejor jugador que Messi, Cristiano es mejor jugador que Messi, Cristiano es mejor jugador que Messi…

Cuando llegó al final de la hoja, levantó el bolígrafo del papel y suspiró con fuerza. No había completado ni la mitad. En aquel cuaderno entraban unas ciento veinte por página, así que si sus cálculos eran correctos debería de llevar más o menos unas cuatro mil. Confiaba, por la cuenta que le traía, en llegar a diez mil al día siguiente. Se levantó de la silla y se puso un café. La noche iba a ser muy larga.

El Padre Suances guardó en el bolsillo de su sotana el artículo que iba a mandar a La Galerna y se persignó. Leerlo dentro de su confesionario, con la luz mortecina de la iglesia, con la sensación de que Dios le estaba observando, le daba cierto respeto, quizá temor. Lo había escrito muy temprano, con los maitines. “Contra la pereza, diligencia”, se dijo a sí mismo haciendo un gran esfuerzo por levantarse.

Le costó más tiempo de lo esperado y después de imprimirlo se lo había llevado a la iglesia con la intención de buscar alguna esquiva tilde antes de enviarlo. Su ministerio religioso le ocupaba todo el día, pero su pasión por el Real Madrid le permitía ciertas licencias que estaba seguro de que a Dios, a pesar de sus aprensiones, no le molestaban.

El silencio era completo. Aprovechando que ya llevaba más de quince minutos en el confesionario y que todavía no había aparecido ningún feligrés a contar sus pecados, corrió levemente la cortina de raso, echó un vistazo a la iglesia y al no ver a nadie, volvió a sacar el artículo del bolsillo de su sotana, un bolígrafo y lo releyó de nuevo:

"Hace no tantos años, el niño que tenía un balón de cuero era, además del dueño: jugador, entrenador, árbitro y Juez Supremo. No hacía falta quedar, uno bajaba a la calle y allí siempre había un balón y unos cuantos dispuestos a patearlo. El único problema (aceptado por todos con la resignación cristiana imperante en la época) era que el dueño del balón decidía con quién, a qué y dónde jugar. Minucias. 

Y eso hizo el Madrid, saltó al campo y le dijo a la Juve, a Buffon, a Allegri, a Turín  y al mundo entero que allí se jugaba a lo que le salía de la pelota, que para algo era suya".

Tachó lo de pelota, era demasiado explicito, un chiste fácil con poca gracia. Tendría que revisar esa frase. ¿Balón? ¿Y si ponía lo que le salía del balón? Continuó leyendo.

"Y esto, si lo piensan bien, es muy meritorio. Años y años sin jugar a nada para que todos los equipos acaben jugando a lo que quiere el Madrid. Hay equipos de moda que se empeñan en vestir siempre las mismas galas, les da igual ir a Misa de doce que a un coctel en un atico de lujo, aparecen en la playa con la misma ropa que en un velatorio".

Cóctel y ático. Corrigió avergonzado la tilde a las dos palabras y continuó.

"Son modas tan previsibles que aburren y un buen día desaparecen como los pantalones campana de los setenta o las hombreras de los ochenta. De vez en cuando hay un pequeño revival pero suele durar muy poco, un verano, cuatro cervezas y se acabó. Con el Madrid no te aburres nunca. 

El Madrid hace tiempo que olvidó los ropajes y va desnudo por la vida. Es una moda tan antigua como la humanidad. Se pasea en canicas por Europa y todos bajan la vista avergonzados. Ya no necesita ninguna vestimenta, para cubrirse le basta con el balón".

En ese momento oyó unos pasos resonando con fuerza en la madera de la iglesia. Paró de leer, apartó con delicadeza la cortinilla del confesionario y atisbó el exterior. Lo que vio le sorprendió. Era un hombre enorme, muy alto, al que nunca había visto en ninguna ceremonia. Vestía completamente de negro, con unos enormes zapatos y unas hombreras que todavía resaltaban más sus hechuras.  Hubo un instante, justo cuando aquel hombre atravesó el rayó de luz que se filtraba por un pequeño rosetón, en el que le pareció ver que una enorme cicatriz surcaba su frente. El hombre iba directo al confesionario y en el último momento, justo antes de que aquella montaña se arrodillase, le pareció ver en la penumbra que dos tornillos sobresalían de su cuello. Movió la cabeza rápidamente, como intentando borrar aquella imagen de su cabeza, y antes de que pudiese conseguirlo escuchó una voz tan grave como un trueno:

- Padre, necesito confesión. He pecado.

- ¿Está ahí, Padre?

- Sí, hijo, sí, perdóname, estaba rezando. Cuenta, cuenta, te escucho.

- Es que no sé por dónde empezar, Padre, me da vergüenza.

- Ya has hecho lo más difícil, has dado el paso, ahora estás en la casa del Señor, confiesa tus culpas sin miedo. ¿Has cometido adulterio? ¿Has blasfemado? ¿Robado?

- Peor, Padre, mucho peor.

- ¿Peor?

- Sí Padre, yo…

Cuando el Padre Suances escuchó el pecado de aquel gigantón entró en cólera. Tenía razón, aquello era inadmisible. Puede que Dios se lo perdonase, pero él no. Por un momento pensó que igual había escuchado mal, que lo que había dicho era lo contrario de lo que en realidad quería decir.

- Repite eso, repítelo por favor. Saca ese pecado de tu cuerpo.

- Lo confieso, Padre, lo confieso, tengo que quitarme este peso de encima, durante muchos años he creído que Messi es mucho mejor jugador que Cristiano.

- ¡Por el amor de Dios! ¡Me cago en ****! ¡ARRODÍLLATE, PECADOR!

- Ya estoy arrodillado, Padre.

- Pero tú, cara plátano, ¿de dónde cojones has salido?

- Padre, perdone… está blasfemando.

- ¡Pero cómo no voy a blasfemar! ¡Ateo! ¡Perjuro! ¡Calamidad! A ver, dime, dime, ¿de dónde sacas esa estupidez?

- No sé, es que se ve, Messi es mucho mejor futbolista que Cristiano. Cristiano es un gran atleta.

No lo pudo evitar, aquello ya clamaba al cielo, el Padre Suances hizo lo que todo hombre de bien debía hacer en un caso como este:

- ¡PLAFF!

El eco de la bofetada resonó en toda la iglesia.

- ¡PADRE!

- Ni padre ni leches, lo tienes bien merecido. Me vas a copiar diez mil veces “Cristiano es mejor que Messi”

- ¿Diez mil?

- Sí, y mañana las quiero aquí o no te doy la absolución. Diez mil, ni una menos. Y da gracias a Dios de que me has pillado en un buen día.

Cristiano es mejor jugador que Messi, Cristiano es mejor jugador que Messi, Cristiano es mejor jugador que Messi, Cristiano es mejor jugador que Messi, Cristiano es mejor jugador que Messi, Cristiano es mejor jugador que Messi, Cristiano es mejor jugador que Messi…

Había avanzado muchísimo, ya le faltaban menos de dos mil. Aunque le dolía la mano de escribir, cada vez que recordaba el bofetón apretaba los dientes y continuaba con el castigo. Si todo iba bien acabaría para la madrugada. En el fondo le estaba bien empleado. Un Madridista no podía pensar estas cosas. La bofetada debía venir directamente de Dios como una más de las Plagas de Egipto.

En cuanto el Padre Suances vio como aquel desgraciado abandonaba la iglesia, sacó el artículo de La Galerna del bolsillo, hizo una bola con él y salió del confesionario dando un portazo. Tenía mucho trabajo. Tenía que escribir uno nuevo cuanto antes. Se encaminó a un pequeño despacho que tenía al lado de la sacristía y después de quitar la tapa de su Olivetti comenzó a escribir:

Cristiano Ronaldo es, después de Di Stéfano, el mejor futbolista de la historia del fútbol. En Europa, el territorio de los más grandes, es el máximo anotador con 122 goles, 22 más que Messi, su promedio de gol es mejor, ha marcado más dobletes, más tripletes, más veces de cabeza, más veces de falta, más goles en cuartos, en semifinales y en la final. Ha batido todos y cada uno de los récords de la competición y ha sido el más resolutivo siempre. No hay, a pesar de la propaganda, color.

Cristiano ha ganado las mismas Champions que Messi y ya tiene un campeonato Europeo con su selección. Tiene un mayor número de títulos individuales, la mayoría de ellos otorgados por profesionales del fútbol y en lo único que lo supera el argentino es en títulos nacionales y en aberraciones estadísticas.

Lo de las aberraciones estadísticas lo debería de argumentar más. Igual hacía referencia a Villar y Arminio al final del artículo. El meollo debería dedicarlo a argumentar con datos que Cristiano era mejor jugador que Messi sin discusión alguna. Había que desmontar todos los tópicos que encumbraban a Messi por cualquier nimio detalle.

La prensa nunca le había dado a Cristiano el mismo valor que a Messi, lo ninguneaba, para ellos era un goleador, un atleta, nada más. Igual por eso aparecían engendros como el que acababa de despachar en el confesionario. Leyó de nuevo el comienzo de su artículo y continuó escribiendo. Con un poco de suerte se lo publicarían la semana próxima.

Nueve mil novecientas noventa y siete, nueve mil novecientas noventa y ocho, nueve mil novecientas noventa y nueve, diez mil. Fin. No se lo creía. Movió repetidamente su entumecida mano en el aire y luego cerró el cuaderno. No olvidaría en su vida que “Cristiano es mejor jugador que Messi”.

Media hora más tarde, y después de un par de cafés para despejarse, se duchó, se puso sus mejores galas y tras peinar su cuadrada cabeza, se encaminó hacía la Iglesia con el cuaderno debajo del brazo.

- Aquí lo tiene, Padre. He cumplido mi penitencia.

El Padre Suances estiró el brazo y cogió el cuaderno.

- ¿Has aprendido la lección?

- Sí, Padre. Para siempre. No la olvidaré nunca.

- Muy bien, hijo, que no se vuelva a repetir. Antes de darte la absolución me gustaría hacerte una preguntita, ¿conoces La Galerna?

- Claro Padre, soy un lector asiduo.

- Pues entonces me vas a rezar siete Padrenuestros, siete Avemarías y siete Glorias; y cuando acabes me vas a copiar enterito cien veces el artículo que voy a publicar la semana próxima.

- Pero… pero…

- Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et filii et Spiritus Sancti.

- ¡PERO PADRE!

- ¡PLAFF!

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