Cristiano y Messi, el hombre y el niño
Antonio Valderrama
Las decisiones del argentino engrandecen la resolución del portugués
Como a propósito para dejarme en ridículo y negar mi último artículo en esta tribuna, Messi anunció el pasado fin de semana que no se iba del Barcelona. Lo hizo días después de afirmar rotundamente todo lo contrario en un burofax. Scriptum, scriptum est, me dijo una vez un franciscano que me dio matemáticas en el colegio. Lo escrito, escrito está, hasta que deja de estarlo, supongo.
A esta ley de nuestro tiempo están sujetos incluso los asertos contenidos en un documento jurídico, como el casus belli legal que declaró en vano Messi al Barcelona a través de sus abogados. Ya no te puedes fiar ni de lo que dice la gente que va a hacer: Zidane aseguró el verano pasado que a Bale le quedaba un rato en el Madrid y aún sigue aquí haciendo el don Tancredo. Como las vidas de Messi y Cristiano transcurren paralelas al modo de Plutarco, me resulta imposible no comparar también la no-salida del 10 del Barcelona con la marcha de Ronaldo a Italia, último acto de un duelo entre los dos lleno de episodios memorables, de símbolos, que, al final, también va a ganar el portugués.
Messi se queda en Barcelona y Roma tendrá a su Aníbal en guerra un año más, por lo menos. Es curiosa la analogía con los grandes adversarios de la Segunda Guerra Púnica pues Escipión, que en este caso sería Cristiano Ronaldo, también salió tarifando de Roma. Que no paga traidores, ni héroes, pues nadie está por encima de la institución, como es bien sabido desde Di Stéfano. Por encima del Barcelona parece que sí, pues Messi lleva un lustro pasándole la factura de la década anterior, la más gloriosa de la historia de ese club, de la cual él fue el principal artífice.
Nadie está por encima del Real Madrid. Por encima del Barcelona parece que sí
La no-salida de Messi del Barcelona es un anticlímax que guarda dentro de sí el significado profundo de la carrera del argentino. Sobre todo, ilustra la diferencia notable, notabilísima, con respecto a Cristiano y su mentalidad agonista, de agón, que en griego significaba lucha: es difícil imaginar a Ronaldo, un monomaníaco obsesionado con batirse a sí mismo en carrera desquiciada por ser el mejor de todos, quedar atrapado por la burbuja que aisló a Messi de la realidad exterior durante quince años, y de ser incapaz de traspasar la barrera y tomar el control de su propia vida.
Es un lugar común en la opinión pública que “el Madrid no sabe despedir a sus figuras”, como si el Barcelona sí o como si esto no ocurriese igual, más o menos, en todas partes. Lo que sí es cierto es lo asombrosamente similar que me ha parecido siempre la salida de Cristiano del Madrid y la de Di Stéfano. Que los dos mejores futbolistas de la historia del Madrid hayan terminado sus carreras en el club chocando con los dos mejores presidentes no deja de encerrar un extraño simbolismo: el Madrid es un club forjado con la sangre y los huesos de patriarcas pero como los saloons de las películas del Oeste, no deja sitio nada más que para uno en cada momento. Sin embargo, otras figuras capitales para la identidad del Barcelona, como Cruyff o Guardiola, por ejemplo, tuvieron el mismo adiós abrupto, siendo la tradición de esa institución tan distinta de la madridista y tan apegada a los vaivenes e interioridades del catalanismo como movimiento político. Por no mencionar a Maradona o a Ronaldo Nazario, despedidos con mucha menos gracia que, sin ir más lejos, Raúl, al que el Madrid pagó el sueldo en el Schalke: una cortesía desusada, qué duda cabe, desde luego en modo alguno recíproca en este caso.
El entorno hiper-protegido en el que Messi ha desarrollado su carrera en Barcelona ha acabado condenándolo a un año en el infierno
Es gracioso pensar que el entorno hiper-protegido en el que Messi ha desarrollado su carrera en Barcelona, sobre todo a partir de 2009, ha acabado condenándolo a un año en el infierno, pues eso y no otra cosa parece esta prórroga de su contrato que se ve obligado a cumplir “por no llevar a juicio al club de su vida”. Chico de laboratorio, su evolución contrasta con la trayectoria de Cristiano, que llegó a Lisboa de chaval para formarse en la academia del Sporting sin su familia, sin un duro y con un acentazo madeirense muy cerrado que provocaba las burlas de sus compañeros. La carrera de Messi parecía un guión de Disney y el primero que lo vio fue Guardiola, quien se esforzó al máximo por sacarle todo el partido no ya futbolístico, sino estético e ideológico. La de Cristiano, en cambio, ha seguido siempre el arco narrativo de una tragedia clásica.
Con pocos meses más de los que tenía Messi cuando Rijkaard lo hizo debutar con el Barcelona, Cristiano Ronaldo fichaba por el Manchester United heredando el 7 de Beckham. Desde el primer día su adaptación a la “cultura Premier” fue dura. Foco de las chanzas y de las burlas de media Inglaterra, Ronaldo maduró bajo el ala de Ferguson, que era una especie de Abraham bíblico, padre cruel pero justo. Se convirtió en el mejor jugador del mundo, ganó la Copa de Europa y el Balón de Oro. En mitad del camino de su vida, icono mundial, Apolo deseado por el mundo, odiado a partes iguales, se encontró con que en España salió Messi y le quitó la corona de la cabeza en la final de Roma. En lugar de acomodarse a un destino cierto y cómodo como dios del fútbol en Inglaterra, acumulando Premiers en el club más rico del mundo, Ronaldo eligió tirarse sin paracaídas sobre el ojo del huracán. Vino a disputarle a Messi la condición de número uno levantando la bandera de una institución noqueada, en el verano del triplete, un desafío personal a la altura de la confianza en sí mismo que mostró desde sus comienzos.
Ronaldo era el bad boy de los bad boys, pues la llegada de Mourinho vino a acentuar esa dicotomía entre el ángel barcelonista y el Lucifer
Y esa autoconfianza, esa seguridad en sus capacidades, en su talento, fue siempre su único fiador. Muy pronto se estableció una comparación entre ambos que trascendía lo puramente deportivo. Messi estaba en la cresta de una ola, digamos, cultural: era el chico bueno, el novio de España por así decirlo. Ronaldo era el bad boy de los bad boys, pues la llegada de Mourinho vino a acentuar esa dicotomía entre el ángel barcelonista, el chico que superó el enanismo para encarnar la Gracia laica del siglo XXI y liberar el paraíso de la democracia y la libertad catalán de la lúgubre cárcel de los pueblos conocida como España. Ronaldo era el Lucifer al que las fuerzas oscuras habían puesto como cancerbero de esas ansias de expansión del Bien y de la Bondad que llevaba Messi puestas como una capa. Era el cuento de hadas perfecto.
Toda esa fama de niñato y mal compañero ha perseguido siempre a Cristiano porque España es el paraíso de la falsa humildad. Ahora que el velo se ha rasgado con el burofax de Cuatrecasas, la prensa catalana, un verdadero cerrojo de la verdad (el órgano propagandista mejor lubricado de Occidente) empieza a sacarle algunas miserias al Messi capitán. Se oyen rumores sobre su despotismo, su tendencia a los clanes, a vetar compañeros, su caprichosa inclinación a someter a las juntas directivas del Barcelona a renovaciones tan abusivas que recuerdan al rescate que pidió Pizarro por el Inca Atahualpa: el amor de Messi por los colores puede tasarse aproximadamente en cien millones brutos anuales.
Ronaldo igualó la desventaja de cinco Balones de oro y guió a su equipo hasta el hito de las Copas de Europa.
Resulta curioso confrontar estos momentos álgidos del tramo final de las carreras de ambos. En el “prime” de los dos Ronaldo igualó una desventaja de cinco Balones de Oro frente a uno, en lo individual, guiando a su equipo en la consecución de un hito histórico en la Copa de Europa. Enfrentado a la desintegración de esa burbuja paradisíaca en Barcelona, Messi reaccionó como un adolescente enfadado, huyendo en la hora más oscura de su equipo, tras una paliza histórica que además retrató su impotencia actual en el gran escenario de la aristocracia del fútbol, la Copa de Europa (una impotencia que se alarga ya por más de cinco años). Peleado con Florentino por sus problemas fiscales, Cristiano lanzó un órdago y lo llevó hasta el final, aunque con ello rompiera drásticamente con sus planes de finalizar su carrera paladeando en Madrid las mieles del éxito y probablemente erigiéndose en el mejor futbolista de la historia del mejor club de la historia.
Me dijiste que me iba si te traía cien millones, aquí los tienes, adiós. El portazo de Cristiano le dejó ante su última oportunidad de batirse a sí mismo, con 34 años, en una liga nueva, en una cultura futbolística nueva, el reto más arriesgado de su carrera. Dos temporadas después, quizá el riesgo fuera excesivo teniendo en cuenta el éxito de la Juventus en la Copa de Europa, pero como Aquiles cuando marchó a Troya, Ronaldo sabía exactamente a qué se enfrentaba. Los devaneos de este Messi crepuscular que ya se ha ido, como dice Valdano, del Barcelona, aunque se quede otra temporada más (como Bale el verano pasado: en cuerpo siguen aquí, en alma…), sus decisiones contradictorias, volátiles (como lo de abandonar la selección argentina para luego desdecirse por la presión popular) engrandecen todavía más la resolución de Ronaldo, un hombre ante todo libre que sólo se ha debido siempre a su espada, como los caballeros de fortuna medievales.
Fotografías Getty Images.




