Crónica de Las Palmas, 1; Real Madrid, 2
Mario De Las Heras
Estaba el Madrid en Las Palmas, desde donde Rafael Moreno podía ver el partido con prismáticos asomado a su balcón de San Cristóbal de La Laguna con su libro de cuentos de Scott Fitzgerald al lado y sobre una silla de hierro. Yo a mi hija Candela, orgullosa madrina de La Galerna, le he enseñado a dar palmas y le ha encantado. La llamo y me da palmas. La despierto y toca las palmas. Me ve a lo lejos y la veo chocar las palmas y es un continuo morir y revivir al que no voy a poder desacostumbrarme como tampoco voy a poder desacostumbrarme a que mi equipo gane los partidos como el Barsa.
Si Arbeloa era titular no tengan ninguna duda de que fue gracias al influjo (no a la influencia, aquí hay que ser claro ante algunas insinuaciones de prebostes del tuiterismo) de Jesús Bengoechea, quien ahora mismo es más famoso que los Beatles. A ver: Jesús tiene línea directa con Zidane pero no a través de teléfono sino de muñeco de vudú, hechicería y artes oscuras. El señor Bengoechea cada día de partido se encierra en un cuarto allí en su hogar de Cardiff, le dice a su familia que no le moleste, se cubre el cuerpo con ceniza, enciende una hoguera en taparrabos y recita con los ojos cerrados, en pleno trance haitiano, frases misteriosas en lenguas muertas que acaban conformando la alineación blanca. Y que quede claro que esto no es opinión sino información fidedigna.
El caso es que últimamente la alineación es como la de las fiestas para niños que organiza un conocido, donde siempre hay una sorpresa. Y eso está bien, como si Zizú tuviera esa mirada sarracena puesta en San Siro pero los ojos en una pista de pruebas para sacar el año que viene un bólido por el que el espanglis de Robinson (ya me gustaría a mí hablar inglés como él español) podría convertirse en la mezcolanza idiomática de Salvatore, el monje deforme de El nombre de la rosa. Estaba Lucas Quinto, que yo es verle y sentir una nostalgia de gordillos y en ese plan. Lucas Quinto es ochentero aunque nació en los noventa, y juega como un ochentero y a mí eso me da vida, igual que Keylor.
Vi fallar a Modric casi al borde del área (eso es casi como decir que vi tocar a los Beatles) pero allí estaba Keylor (allí donde se mire siempre está Keylor: se me cayó una patata frita y la recogió de una estirada el costarricense) que ha incorporado a su estilo ochentero innato la modernidad de colocar, en las más inverosímiles diagonales, su cuerpo entero para cubrir cualquier posible trayectoria en la cercanía. Es difícil marcarle a Keylor un gol de lejos, pero de cerca es imposible. Yo oía nombrar todo el rato a Momo y me acordaba de aquella novela de Michael Ende que nunca leí aquel año en el colegio que tenías que elegir entre ésta y La historia interminable. Estaba Momo y también Montoro, uf, como si el partido nos fuera a cobrar impuestos. O eso parecía.
Hubo un pase de Luka con el exterior, sin avisar y sin nada, y era yo, Atreyu, el de La historia interminable, mandando a Momo a freír espárragos. Lástima que Cristiano no acertó a rematar como sabe. Mandaban los grancanarios y el Madrid se desempeñaba en escaramuzas. Un minuto después iba a marcar Ramos un gol de cabeza, tras saque de esquina, tan grácil y estético como el salto de un delfín fuera del agua. Una maravilla. Yo vi brillar hasta las gotas de agua e incluso esperé a que saliese Chendo con el cubo de los pescados para premiar al de Camas, que sin embargo celebró el gol como si hubiera hecho un mate en el All Star.
Aparte de esa definición de la que carecían los locales, yo no veía nada en los blancos. Algo extraño. Si acaso Bale jugando a avanzar con su majestuosa zancada, igual que en el rugby. Una vez más pude comprobar lo bien que se entienden Lucas Quinto y Cristiano, que siempre se buscan y casi siempre se encuentran. Yo me preguntaba dónde estaría aquella pierna que había que meter y que no se metía por ninguna parte. Al contrario, se la metían al Madrid todo el tiempo: quizá la reforma (sí, reforma, como la de una casa) más importante que haya que hacer y así evitar esa eterna alegría juvenil de los rivales por la que todos parecen jóvenes promesas.
De todos modos, la imprecisión del Madrid era notoria. Literalmente como si estuvieran dormidos, y lo digo porque mis imprecisiones recién levantado han adquirido con los años cotas legendarias: una vez me levanté para ir al colegio y cuando estaba en la parada del autobús, extrañado por la oscuridad del día, me di cuenta de que eran las tres de la madrugada. Luego volví a casa y mi padre no quería abrirme pensando que era un loco. De la primera parte me gustaron (Modric y Keylor aparte, los intocables de Eliot Ness) los detalles de Lucas Quinto y el gancho de estibador de Casemiro con el que sacaba balones como cajas de whisky, aunque lo mejor fue el control con zapatos y corbata en la banda de Zizú.
Llegué tarde al inicio de la segunda parte y me encontré con Isco en el banquillo tirándolo todo como Connie Corleone. Qué vida tan dura. Seguro que ya lo saben pero yo, por si acaso, les aviso: los guionistas (y no tenemos la suerte de que sean Nachos Faernas) a estas horas de la madrugada en que yo escribo ya habrán pergeñado un buen puñado de historias fantásticas, de terror y de suspense para amenizarnos esta semana que empieza y puede que las siguientes. Versiones de El horla, de Maupassant, Día de difuntos, de Edith Wharton, El abismo en el tiempo, de Lovecraft… veremos pasar ante nuestros ojos entre voces y tonalidades siniestras. Al tiempo.
Pero el drama sobrevolaba la isla de Gran Canaria con el apretón constante de su equipo que olía la sangre. Yo la vi casi derramarse con esa cesión fantasmagórica que le pitó el árbitro a Arbeloa sin que los manejos espiritistas de Jesús Bengoechea pudieran hacer nada. “Es posible que (Arbeloa) intente ceder el balón”, decía el comentarista con timbre de informante del KGB. Al final no pasó nada. Yo allí vi que Keylor, además de vida, tiene los huevos gordos como para partirse el alma por esa meta suya, ganada por ley. Pero Kovacic, oiga, el sustituto de Isco, transmutado en yo mismo aquel día que me quise ir al colegio a las tres de la mañana, le iba a dar el gol a los locales en el minuto cuarenta y uno. Casi no tuve tiempo para abatirme, porque en el cuarenta y tres otro córner le daba la victoria (¡Baaarsa!) al Madrid, joder, con Casemiro rematando solo, picado y a placer a la vuelta de la esquina. Un alegrón que rima con Valerón, que es de mi quinta y estaba por allí, el tío, con las botas aún en los pies.
LAS NOTAS
Keylor: Destaca (D). Tenemos un portero que es una maravilla/ que para los balones sentado en una silla.
Carvajal: Ausente.
Ramos: Progresa Adecuadamente (PA) gracias al golazo. Roja para compensar.
Pepe: Destaca (D). Está fino y concentrado.
Arbeloa: Progresa Adecuadamente (PA) teniendo en cuenta su inactividad. Algo desubicado.
Casemiro: Destaca (D). La Ley del Silencio.
Isco: Progresa Adecuadamente (PA). No le dejaron desembarcar los isleños.
Modric: Destaca (D). Yo imagino que ve el campo como lo vería Terminator.
Lucas Quinto: Destaca (D). Los ochenta, gordillismo.
Bale: Progresa Adecuadamente (PA) de su lesión. Casi marca un zurdazo para desatascar.
Ronaldo: Ausente.
Kovacic: Progresa Adecuadamente (PA) a pesar de su pase del terror.
Jesé: Exento.
Marcelo: Exento.
Zidane: Progresa Adecuadamente (PA). Qué control. Embrujado por el hechizo de Jesús Bengoechea.
EFEMÉRIDE DESTACADA
En 2003 la revista Nature publica que se han encontrado huellas en Italia de un humano erguido de trescientos cincuenta mil años de antigüedad (no era Valerón).