Crónica del Real Madrid, 3; Sevilla, 2. Supercampeones de Europa
Quillo Barrios
Se alzó el telón de la temporada 2016/2017 y empezó a sonar All you need is love bajo una intensa lluvia para recordarnos a todos que no somos nada sin am... sin el Real Madrid, vaya.
Los bostezos veraniegos y esos horarios insufribles dieron paso a lo serio, a uno de esos partidos que acaba en las vitrinas si el destino te hace un guiño. Zidane puso en el once a Kovacic y Asensio, dejando claro que la profundidad de la plantilla no es un eslogan con el que acompañar las columnas de opinión más grises. Hay equipo y el técnico francés piensa exprimirlo desde el principio. Tendrá soluciones cuando falten los mejores.
El Real Madrid sorprendió al Sevilla con un potente inicio en el que supo mezclar presión alta y acciones rápidas con el balón en los pies. Se hizo con el dominio con inesperada naturalidad. Asensio aprovechó el contexto para jugar como si llevase un lustro en el equipo. Asumió responsabilidades en ataque hasta el punto de abrir la lata con un gol para el recuerdo. Le pegó desde su casa y Sergio Rico sólo puedo acompañar con la mirada. Lo gritó el madridismo mientras masticaba la idea de que en Marco hay un crack para muchos años.
El 1-0 permitió al Real Madrid bajar revoluciones. Controló con y sin balón, fue práctico. Sin embargo, una cadena de errores y despistes acabó en gol de un Sevilla que empató antes de avisar. Los goles tienen ese evidente efecto resultadista que te invita a pensar que el empate era merecido cuando la realidad es que el Madrid no había hecho nada para perder la ventaja.
Tras el descanso, el equipo de Zidane sí encontró las temidas dudas que no había experimentado en la primera parte. El ataque se tornó pesado y la presión fue anárquica, ineficaz. Entró Benzema por Morata para que el balón volviese a besar suelo en zona de tres cuartos. El francés inició con buen pie, pero un penalti inventado permitió al Sevilla ponerse 1-2. Todo cuesta arriba y poco tiempo para evitar que una derrota en agosto desatase el más exagerado de los terremotos.
Con Modric y James ya en el campo, el Real Madrid se lanzó a por la remontada. Faltaba fútbol, pero sobraba corazón y ADN. Benzema coleccionó buenas acciones dentro del área y Asensio y Lucas Vázquez se convirtieron en puñales. En el descuento, con la prensa preparando la guillotina y el antimadridismo enchufando el router, apareció Sergio Ramos para arrodillarse ante el minuto 93 y pedirle matrimonio por segunda vez. Lo celebró el madridismo como si fuera un gol en primavera. No por nada, sino porque nos obsesiona ganar.
Tal y como ocurrió en Lisboa en 2014, la prórroga fue blanca. Aún así, al árbitro le dio tiempo a anular un gol legal de Sergio Ramos. Seguramente lo hizo por aquello de darle emoción a la final. Un penalti aquí, un gol quitado allá...
Con lo que no contaba el colegiado, la UEFA, el Sevilla y casi ninguno de nosotros era con la arrancada de Dani Carvajal en un minuto en el que tirarse un sprint es casi suicida -el 119-. El lateral recordó San Siro y se dijo a sí mismo que tenía una cuenta pendiente con el fútbol, con Europa. Cambió de ritmo, superó rivales y miedos, pisó área y dejó de mirar a sus compañeros para mirar directamente al trofeo con cara de deseo. Tras el contacto visual, golazo. 3-2 y el de sonido preparando el We are the Champions para el de siempre.
Fue el triunfo de la casta, de la garra, del anteriormente mencionado ADN, del orgullo, de Pintus, de Carvajal, de esa cantera que sólo existe para usarla mediáticamente en contra del Real Madrid. El triunfo, en definitiva, de un club cuya vida dura 90 minutos... o 120.