Cuaderno de bitácora
Editorial La Galerna
(Elogio de La Galerna y reproche de un olvido)
El Diccionario de la Lengua Española no registra la palabra “madridista”, que en el uso actual del idioma español es más frecuente que el noventa por ciento de las voces que define.
Aunque el pueblo, que crea la lengua, no precisa para usarla que el Rey se la reconozca, si la Real Academia de la Lengua se propone algún día dar cobijo a los madridistas en el castillo de papel del castellano regio, debería incluir una media docena de acepciones. La última, en todo caso, una definición cuasi circular, contraria a la lógica formal por contener lo definido: “El que se tiene por tal”.
La infracción de las reglas de la expresión correcta del pensamiento tendría la virtud de poner de acuerdo a los afectados. Admito que no puedo reclamarme más madridista que cualquiera otro que en el libre ejercicio de su voluntad decida tenerse por tal. Roncero y sus tiralevitas son tan madridistas como yo, en definitivas cuentas.
Si pondero el valor de La Galerna como instrumento de precipitación de los pensamientos madridistas, no al margen de, sino incompatibles de suyo, con los medios convencionales, me llamarán pedante y con razón. Lo diré, pues, al modo de mi madre: Hijo mío, La Galerna es una bendición.
Sin necesidad de haber leído a McLuhan, la mayoría comprendemos que el medio es el mensaje. La Galerna afrontaba una prueba de fuego con el final del culebrón Iker Casillas, y la ha superado con matrícula de honor.
Con la discontinuidad tributaria de mis obligaciones profesionales, he leído con interés todos los artículos publicados sobre la resolución del contrato entre Casillas y el Madrid, y los comentarios de los lectores. La Galerna ha dado voz a posiciones, no ya contradictorias, sino antagónicas, sobre los hechos y su significación. Con un factor común, casi general: plasmadas de forma reflexiva y argumentadas con rigor en la forma y en el fondo.
Nada parecido ha sucedido en otros medios. Ni en los mercantiles, versión impresa o telemática, ni en aquellos otros amateurs –mal reputados herederos de los otrora conocidos como “underground”- que carentes de los abundantes recursos de los medios convencionales, nada tienen que envidiarles en cuanto a sectarismo ideológico, tosquedad expresiva, y manipulación dogmática de la realidad. No ha sucedido y es impensable que pudiera ocurrir.
Nuestro editor ha impregnado La Galerna de su propia personalidad. Un componente moral que se traduce en calidad, transversalidad y respeto. Reflejada en El Portanálisis, ese pan nuestro de cada día que a individuos de pareceres alejados, como José María Faerna y este que suscribe, igualmente nos ahorra la lectura de la prensa deportiva, la posición editorial no impide que la opinión discrepante tenga su espacio infinito de libre expresión en el debate. Sin pretensiones de superioridad moral ni voluntad de aniquilación del contrario por ninguna de las partes, eso que otros llaman guerracivilismo. La Galerna es, así, el único medio de expresión republicano, en el más digno y más francés sentido de la palabra, para el que La República es, por supuesto, el Real Madrid.
En nuestra calidad de lectores y colaboradores de esta bendición que Jesús Bengoechea nos ha regalado, adquirimos el recíproco deber de cuidarla y hacerla crecer. Así lo siento, así debo expresarlo.
He citado al mayor de los Faerna, hermanos con sección propia que tanta calidad como calidez aporta a esta casa. Sin perjuicio del magistral esfuerzo de ecuanimidad que Paul Tenorio hace en su “Ángel caído”, debo reconocer que “La ingle de Illgner” de José María Faerna es el artículo que más he disfrutado.
La imagen de los laicistas derribando la Catedral de León es una genialidad. La del yunque y los huevos, que trae de Cabrera Infante, un abuso de ingenio. Aunque Número Uno sea arquitecto, hace ostentación de técnica forense, y como todo buen abogado, evita en su informe el debate de las razones en las que reconoce la superioridad del contrario. Elige que este se equivoque solo y espera que entierre sus puntos fuertes en una sobreabundancia argumental que hará pasar inadvertida la clave de su razón.
No incurriré, por tanto, en exponer más argumentos que el nuclear. Entre otras cosas porque los accesorios, tan queridos a muchos de los que deseábamos ver a Casillas fuera del equipo -chivato, traidor, etc…-, siempre me ha parecido que adolecían de una debilidad probatoria notable, como no deja de hacernos notar Faerna en su artículo.
Se lamenta José María de que le “habría gustado que [Casillas] tuviera la oportunidad de reivindicarse, de defender su titularidad en los entrenamientos. Eso se había convertido ya en un objetivo imposible”.
Le habría gustado a él y, añado yo, también a todos los que hemos identificado a Casillas como una cuestión de Estado para la república. El asunto radicaba precisamente en eso. En que Casillas no defendía su titularidad principalmente en los entrenamientos. Pero no porque lo hayan hecho imposible los pitos –José María dice que inducidos, sin aportar más pruebas que los que acusan a Casillas de traidor-. El factor que convirtió a Casillas en una cuestión de Estado era que, de grado o por imposición de la voluntad de sus amigos, defendía principalmente su titularidad en los medios de comunicación. Este es un hecho de los que llamamos notorios, o sea, cuya prueba es tan copiosa y conocida que estamos relevados de traerla al debate.
La causa determinante de la necesidad –subrayo determinante y necesidad- de sacar a Casillas de la plantilla estribaba en que, en su caso particular, quizá debido a esa semejanza con la Catedral de León que le encuentra Faerna, el poder de los medios de comunicación anulaba la autonomía del entrenador para hacer la alineación, lo que además de pervertir los fundamentos de la república ha ocasionado una patente pérdida de competitividad del Madrid.
Si Casillas, o los suyos –qué más da-, hubieran aceptado el juicio del entrenador, y peleado para modificarlo exclusivamente en el campo de entrenamientos, jamás habría escuchado pitos, y con toda probabilidad, jugando las competiciones menores, habría terminado su carrera en el Madrid. Así el Gento de la seis copas de Europa, también citado por Faerna, afrontó con lealtad al Club que la ineludible decadencia deportiva comporta un papel secundario en la plantilla. Como patentemente no ha sido el caso, se impuso la solución Di Stéfano, con su coste de reputación asociado para ambas partes. Lo viví con nueve años. El yunque y los huevos, de acuerdo. Discrepamos en quién nos toma por locos, nos conduce a casa del herrero y, al cabo, maneja el martillo. Nada nuevo bajo el sol de Chamartín.
