Cuando los niños soñaban con ser Marcelo
Antonio Valderrama
El otro día me decía alguien en Twitter que lo que más costaba de ver era la decrepitud de los futbolistas con los que hemos crecido. Y es verdad. Lo he mirado en Google y Marcelo no tiene ni dos meses más que yo: él nació en mayo y yo en julio de 1988. A él lo fichó el Madrid la primera Navidad que yo tenía que haber estado en la Universidad. Esa Navidad la pasó con su novia y la familia de Roberto Carlos, en Madrid, porque no conocían a nadie y tampoco se iban a volver, no fuera a despertarse al día siguiente y el cuento de hadas se hubiera esfumado. Se montó en un avión, en Brasil, pensando que venía a Valdebebas a probar, a hacer algun test físico. Lo dijo hace poco en un artículo bellísimo en The Players Tribune: de niño pensaba que jugar junto a Zidane, Beckham o Roberto Carlos era algo que no pasaba en la vida real, porque uno no choca los cinco con los héroes de sus cómics favoritos. Recuerdo incluso su primera rueda de prensa aquí, un niño nervioso con el pelo muy corto y la mirada tímida que no hablaba para nada español y al que nadie parecía ubicar muy bien en un club institucionalmente en estado de feria. Llegó junto a Gago e Higuaín, que eran los dos fichajes de relumbrón que Mijatovic fue a buscar a Argentina para darle vida a un equipo vegetal. En el paquete vino también aquel chiquillo, el enésimo nuevo alguien. Se sabe desde antiguo que siempre hay un nuevo Pelé, un nuevo Maradona, un nuevo Zidane habitando una favela o una banlieue, esperando que la Historia lo mire y lo señale con el dedo. De aquel pipiolo decían que era el nuevo Roberto Carlos, por supuesto.
La cosa con Marcelo es que ha acabado siendo aún mejor que Roberto Carlos. Sin embargo, ahora todo el mundo lo odia. Como reflejo de algo tan humano, la ira madridista se ha transferido hacia Marcelo, convertido en chivo expiatorio del bajón de tono que el equipo ha dado desde la victoria en el derby de principios de febrero.
Quizá haya algo que cueste todavía más que contemplar el declive de un tipo que es casi de la familia, al que de hecho en los últimos trece años he visto mucho más que al noventa por ciento de mis familiares directos, aunque sea detrás de una pantalla. Es el escarnio de los propios madridistas hacia uno de los artífices de la segunda edad de oro del madridismo. Es triste pasearse por Twitter y ver cómo hay quien lo trata como un trozo de carne a cuenta de su rendimiento actual. Un trozo de carne intercambiable por cualquier otro pedazo de carne sujeto a las leyes del highlight youtubero, sujeto a la tiranía del MultiChampions de Movistar. El elemento iconoclasta forma parte de la esencia de ese madridismo popular que vertebra la masa social del club dentro y fuera de España, pero uno no deja de ser un romántico y no lo tolera. Con los años, voy mirando hacia atrás, hacia los días más ásperos del mourinhismo y antes, incluso, el año aquel del capellismo subversivo que fue el embrión de la rebelión tuitera contra la nomenklatura del periodismo deportivo de Madrid, y me van dando vergüenza algunas cosas. Lo peor en esta vida es dar voces. Se han dado muchas voces. Se ha creado toda una escuela, y esa escuela ha terminado dando diplomas de pureza. Yo tomé parte. Qué rubor.
Es triste pasearse por Twitter y ver cómo hay quien lo trata como un trozo de carne a cuenta de su rendimiento actual. Un trozo de carne intercambiable por cualquier otro pedazo de carne sujeto a las leyes del highlight youtubero
Marcelo lleva un año largo a un nivel físico y técnico muy por debajo de su talento, del virtuosismo que ha demostrado a lo largo de su carrera, una carrera que está inscrita ya en la leyenda del Madrid, aunque se acabara mañana mismo. Pero, ¿está kaputt Marcelo, de verdad? A simple vista pudiera parecerlo, sobre todo si nos atenemos a los últimos partidos, pero a mí Cristiano Ronaldo me parecía acabado a simple vista en 2015. Y bueno. También Benzema sufrió un bache agudo entre 2017 y el principio de la temporada 2018-2019. De hecho a muchos de los doctores de la madrasa del madridismo tuitero les parecía inadmisible que fuera titular en las eliminatorias que condujeron a la Trece, y a pesar de ello Benzema, en su peor año como madridista, marcó tres goles decisivos en su conquista.
El caso de Benzema me recuerda en algo al de Marcelo, porque él, como Marcelo ahora, quería pero no podía. Eso saltaba a la vista, igual que salta ahora. Físicamente parecían no poder desplazarse más que a una intensidad reducida y alejada de lo que sus compañeros necesitaban y la competición requería. Sus caras reflejaban la contrariedad de no poder hacer lo que era necesario que hicieran. Y tanto Benzema como Marcelo encarnan la tradición esa tan añeja y necesaria en la continuidad histórica madridista (como la de hacer entrega de un banderín al capitán del contrario antes de cada partido) del veterano que saluda al novel, del veterano que cuida al novel, lo introduce en el vestuario y le sirve de espejo: de primer instructor, de cicerone en algo más que una caseta de la gran élite del fútbol mundial, sino en la cultura Real Madrid. Que es una cosa palpable, que existe, y que la han transmitido desde el Santiago Bernabéu delantero-tanqueta, esta clase de jugadores. Esta clase de jerarcas.
Benzema como Marcelo encarnan la tradición esa tan añeja y necesaria en la continuidad histórica madridista del veterano que saluda al novel, del veterano que cuida al novel, lo introduce en el vestuario y le sirve de espejo
Quizá por esa razón, porque llevan aquí toda la vida, en especial Marcelo, que no ha conocido otro equipo en su adultez, que es casi un canterano, la gente tiende a no ser tan compasiva como con el que ha venido de fuera. Es un fenómeno que he observado en algunos padres, como si todo invitado a la casa gozara de más privilegios, de más tolerancia y de más liviandad en el trato, que el hijo.
Hay algo en el Marcelo de hoy que me rompe el corazón. En ese texto de The Players Tribune insistía en recordarles a todos que el Madrid iba a volver, que él sentía la pasión y el hambre de su juventud, que su cabeza echaba humo esperando esta temporada como cuando saltó a calentar antes de que Ancelotti se lo pidiera, en Lisboa, repitiéndose todo el rato lo que su abuelo decía: voy a dejarlo todo ahí. Mi pelo, mi barba, mi bigote. De momento se lo está dejando todo, pero no está pudiendo, o no como debería. Desde luego, no como antes.
Cuenta también que cuando tenía ocho años cruzaba Río de Janeiro con su abuelo en el autobús 410, lleno hasta arriba, sin aire acondicionado, yendo a entrenar con el dinero que su abuelo había sacado de vender su Volkswagen Variant. Le decía que un día iba a ser grande, que un día lo vería jugar con Brasil en Maracaná. Marcelo no es sólo un tipo con el que uno ha crecido, un tipo que ha perdido conmigo y con el que yo he ganado: un tipo que se ha comido la misma era Messi que yo, el 2-6, el 5-0, los penaltis con el Bayern en el Bernabéu, la no-remontada al Borussia, en fin, todas las pequeñas y también las grandes batallas de un madridista millennial cualquiera. Marcelo representa un ideal. Como todos los superhéroes, como todos los iconos, son nuestras proyecciones, la suma de cada una de nuestras vidas pequeñitas y grises, sublimadas de blanco luminoso corriendo por el tapete verde, en la tele, con el mundo mirando. Habrá algún niño, seguro, que quiera ser como Coentrao o como Mendy, los dos únicos futbolistas que han sentado a Marcelo a lo largo de su carrera: yo, por ejemplo, era muy raro y soñaba con ser un central de gesto desesperado como Iván Helguera, porque no me atrevía a imaginarme haciendo las cosas que yo veía hacer a Zidane. Pero los niños, en el colegio, cuando engullen en dos bocados el bocadillo para exprimir la media hora del recreo, suelen soñar con hacer las cosas que hace Marcelo, porque esas cosas son los nudos de emoción que nos atan a ellos para siempre. Son lo que nos gustaría haber sido a nosotros, hacen lo que nunca fuimos nosotros capaces de hacer y contienen algo del polvo eterno de las estrellas: participan de una vida mejor que nosotros vivimos a través de sus cabriolas, sus ruletas, sus llegadas hasta la línea de fondo, sus pases atrás, sus goles por la escuadra y sus taconazos en la frontal del área del Camp Nou para dejar solo al compañero que entra por su derecha.


