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Destacados·28 de enero de 2021

Dejad que los niños se acerquen a Zidane

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Mario De Las Heras

¿Hay un motivo mayor por el que el francés apura su vieja guardia?

Ha habido en la segunda venida de Zidane un levísimo, casi parecía que obligado, intento de incorporar a la juventud. Alguno ha parecido, durante un tiempo, estar siempre al borde de la incorporación definitiva, o incluso estar ya incorporado. Pongamos que Valverde. Pero no. Vinícius y Rodrygo, en un momento u otro, estaban subidos a ese tren del que sin embargo luego acababan apeándose antes de que parase en la estación como los pilluelos que estiraban el brazo y luego la pierna y al final bajaban para ir por ahí a zascandilear juntos, casi descalzos, en plan Tom y Huck.

Ese tren seguía su camino y esos jóvenes estaban mientras en el río tirando piedras con una pajita en la boca. Y en el tren iban reunidos, muy severos, muy mayores, con levita, pipa y monóculo, monsieur Benzema, herr Kroos y compañía, que son los que siguen en él, en el tren al que últimamente ni sube esa juventud, esa generación perdida (temporalmente), por no bajarse de aburrimiento. Algunos, como Odegaard, hasta hacen el hatillo y se van a ver mundo cansados de chapotear en los charcos y esconderse entre los árboles.

¿Será su propia experiencia personal la que le haga rehuir a los jóvenes futbolistas? ¿Estará esperando a que cumplan al menos los veinticinco como cuando él, ya en la Juventus, empezó a destacar?

Es curioso, es misterioso (aunque seguro que hay una explicación más sencilla de la que quizá nos gustaría) ese brevísimo, casi testimonial uso de la juventud en Zidane. Hay un aspecto interesante que me sugiere Pepe Kollins. Y es que Zidane fue uno de esos jugadores que triunfaron tarde. A partir de los veinticinco. La media del esplendor de un futbolista es de aproximadamente diez años, salvo casos especiales. ¿Es posible que lo de Zidane sea confianza en la madurez de los jugadores y no reticencia a la juventud? Es decir, que por un lado el entrenador piense que, nombremos a Isco, le quedan un par de años de plenitud, y por el otro considere que a, digamos Brahim, le quedan otro par de años, pero para para alcanzar dicha plenitud.

¿Será su propia experiencia personal la que le haga rehuir a los jóvenes futbolistas? ¿Estará esperando a que cumplan al menos los veinticinco como cuando él, ya en la Juventus, empezó a destacar? ¿Es, quizá, esta travesía del desierto juvenil una especie de educación espartana? ¿Una suerte de eugenesia para los más fuertes cuya prueba primerísima no hubiera superado el mismísimo Odegaard?

Odegaard

¿Tendría sentido esta apreciación? Hay una razón que la contradice también curiosamente, misteriosamente, y es el hecho de que el mismo Zidane, un buen día, con “sólo” treinta y tres años y en la cumbre, decidió retirarse. Si él mismo vio de sí señales de declive con menos de una década de estrellato, ¿por qué insiste con una vieja guardia que supera, en algunos casos con creces, el período de esplendor que consideró justo para él. ¿Fue capaz de vislumbrar su decadencia y no la de Marcelo, por ejemplo?

¿No tendría que haber sido Zidane el primero en ver y comprender algunos principios de algunos fines? ¿Si Zidane se quitó en el ático por qué se empeña en mantener a otros en el sótano? ¿Piensa que sus recambios son aún niños por completar su educación? ¿Prefiere, en la coyuntura, exprimir la experiencia y no sacrificar el talento? Porque quizá no sea desconfianza sino amor.

Puede que Zidane piense que el desgaste que produce el Madrid no es apto para edades tan tiernas. Puede que esté pensando en cuidar de esos jóvenes para que luego esos jóvenes cuiden del Madrid

Puede que piense que el desgaste que produce el Madrid no es apto para edades tan tiernas, y que edades tan tiernas tampoco son aptas para el Madrid, salvo excepciones, y quiera protegerles. A ambos, al Madrid y a los jóvenes. Cuidarlos. Puede que Zidane esté pensando en cuidar de esos jóvenes retrasando su exposición para que luego esos jóvenes cuiden del Madrid, como él hizo cuando llegó a Chamartín ¡con veintinueve!, mientras retuerce sin otro incomprendido remedio el escaso, pero valioso, jugo de los mayores en un intento agónico, y sin duda honesto, por apurar hasta la última gota.

 

Fotografías Getty Images.

 

 

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