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Opinión·29 de junio de 2018

Diarios del Cherengueti (9)

M

Mario De Las Heras

Una de las mejores cosas de la vida en el Cherengueti es que siempre es verano. A uno puede helársele la sangre por momentos, o sufrir de calentura, pero siempre queda una esperanza refrescante. Algunos cherenguis incluso suenan a burbujas. Nutria, el joven estudioso de Cristiano, hace burbujas al hablar, tanto que a veces parece que llega con una rodaja de limón en el pelo. También hacen burbujas todos los chicos de tupé inclinado (ese tupé es como la pajita del daiquiri), los novicios del doctor Rydell, el líder máximo del Cherengueti. De todos modos, esa sensación veraniega es cambiante. Esta mañana me he despertado como oliendo a zumo de naranja recién exprimido y al salir de la tienda me he sobresaltado al ver a la sacerdotisa Karma confesarle a Rydell que ella siempre se sentaba a la izquierda del padre.

El cielo se ha cubierto de nubes y el ambiente se ha puesto frío y casi eclesiástico. Cary (dad) Grant repetía salmos responsoriales por Alemania y Tommy (el madridista más furibundo, y gafe, del Cherengueti) rompía el recogimiento con un mantra repipero y requeteconocido, algo sobre la fidelidad del seleccionador a los jugadores que le dieron el éxito y que ya no están para alcanzarlo. Tommy es como esos niños a los que siempre hay que pedir silencio, chistándoles, en los lugares públicos. Pero en el Cherengueti se le pide todo lo contrario. Y así él es maravillosamente feliz. Yo me siento bien por él, a pesar de que en ocasiones parece que tiene enchufado un cable por medio del cual el doctor Rydell le sube y le baja el volumen o altera sus emociones a placer.

Cualquiera diría que Tommy es como las risas grabadas de relleno si no lo hubiera visto, como yo lo he visto, arrancarle de un mordisco un zapato a Kim de la India y devorarlo en directo en cuestión de segundos. Creo que, desde aquella vez, a Nikita (el rubio eslavo barcelonista de Karma) se le quedó la cara de susto. Yo, desde luego, me asusté cuando Richelieu afirmó no sentirse sorprendido por la derrota y la eliminación de Alemania. Hubo en revuelo y reproches (como el ruido de los gatos al luchar de madrugada) y volvió a salir Dios, que para el cardenal era irónicamente Tommy. A Richelieu le supo mal por Kroos y Neuer y Ter Stegen y Hummels. Y a los demás los mandó al Castillo de If. En general, los cherenguis estaban por la labor de enviar a las “vacas sagradas” (la religiosidad inundaba el ambiente) al cielo, menos, claro está, a las que ocupan sus caprichosos corazoncitos.

Al corazón de la sacerdotisa Karma, por ejemplo, se le ve latir en directo como a través de rayos X. Se le ve allí igual que a una criatura hermosa como el marcapasos de los Hombres G, con un ventrículo azul y el otro grana. Si uno aguza el oído puede hasta oír su sonido: “Me, ssi, me, ssi, me, ssi...”, aunque también, a veces, se escucha: “Pi, qué, pi, qué, pi, qué...”. Es una cosa escalofriante. La naturaleza en el Cherengueti se abre camino como la leche condensada en el paladar de Richelieu, quien confesó darse a tan anacrónico placer (según Rydell, que se preguntaba, alarmado, quién tomaba hoy en día leche condensada) en la intimidad de sus aposentos cardenalicios. Pensar en leche condensada inundando el mechoncito pendulante y campanil de Richelieu resulta tan aterrador como escuchar a Tommy confesar que él es mediocre como el Mundial, al decir de su eminencia.

Al respecto de Tommy y el extenso informe que estoy terminando sobre él tras ya mi larga estancia en el Cherengueti, me encuentro en disposición de asegurar, con datos científicos recabados de análisis biológicos y profundas observaciones microscópicas, que Tommy en realidad no es madridista sino atlético, un poco al modo en que también lo es Humillamendigos (que suena como el Juntacadáveres de Onetti), quizá uno de los nativos más famosos de Cuatrolandia (junto a Carroñi y Castañas), la provincia colindante con el Cherengueti desde donde se oyen todos los ecos del Mundial igual que si se oyera sin cesar a la hora de la siesta el último disco de Kiko Rivera. Más allá de lo que entienden por música clásica en Cuatrolandia, Karma y Cary Grant hablaron de Messi como quien habla de la sensación de morder una milhoja o sentir deshacerse en la boca un gazpacho de fresas.

La cosa, en este plan, se puso escabrosamente erótica con Karma, Cary y Messi moviendo las caderas como protagonistas de un sórdido trío, y entonces es cuando me sobrevino el tradicional vahído. Uno ha de estar siempre preparado para los vahídos repentinos en el Cherengueti. La dureza incomparable de esta tierra es traidora. Pero a mí ya no me cogerá desprevenido. En esta ocasión, la aparición de Nutria me ayudó. El reflejo de sus dientes bajo el sol fue como una explosión lumínica que alumbró todo el Cherengueti y levantó mi ánimo, justo lo contrario de lo que observé en Tommy, quién parecía decaído. Esa luz maravillosa me descubrió a dos nuevos cherenguis, Astráin y Pereiro, la cuota telecinquera del Cherengueti a los que llamaré, para diferenciarlos, Tronista y MHYV, respectivamente.

A Tronista y a MHYV se les oía pero no se les escuchaba. Les pasaba lo mismo que a Asensio y sus declaraciones sobre el supuesto interés del Liverpool. Ahí Tommy despertó (tras la acostumbrada siesta roncerística, ronceristus siesti) para comenzar a interpretar a Marco al modo del fraile Salvatore de El nombre de la rosa. El doctor Rydell se enfadó por esa mezcolanza idiomática ininteligible, que sin embargo más adelante jaleó. Los designios del doctor Rydell son inescrutables y yo ya he decidido abstenerme de analizarlos.

Se estaba empezando a hacer tarde. No quedaba muy lejos la venida de Calzaslargas y con ella mi retirada al campamento, cuando oí un ruido terrible. Parecía un trueno o un árbol tronchándose por el empuje salvaje de un elefante gigante y enfurecido, pero sólo era Tommy pronunciando la palabra hat trick a propósito de Cristiano, de quien empezaron a hablar, y de Neymar, todo junto con la cantinela habitual de la que yo desconecté sentándome a disfrutar de la belleza del atardecer en el Cherengueti, cuando el sol comienza a ocultarse en tonos amarillos y púrpuras, y sobre todo rojos, por detrás de las colinas de Cuatrolandia.

Me sacó del ensimismamiento la carcajada (una especie de alarido con gorgoritos semiconstantes) de la sacerdotisa Karma. Decía, no conseguí captarlo bien, que algo llamado “Conexión Barsa” había sido trending topic mundial, mientras los cherenguis reían a su costa (incluso los novicios de tupé inclinado de Rydell y el propio Rydell) como hienas. Luego tomó la palabra Cary Grant, y, como al principio del día, las nubes cubrieron el cielo. A veces, cuando habla Cary (dad) Grant, como en este caso, tengo la sensación de hallarme no en el Cherengueti sino en la mansión de las reuniones masónicas de Eyes Wide Shut. Pude escuchar hasta esa nota de piano electrizante mientras ya miraba a cada minuto la altura del sol y esperaba la llegada de Calzaslargas.

El caso es que Cary admitía “estar acongojao” por los rusos, como si fueran a llevar capa y máscara. Rydell y Nutria no se fiaban de ellos, y Richelieu decía sentirse ya en la final como sentado en su butacón palatino. Se levantó una brisa extraña y vi levantar el vuelo a los patos y a los flamencos sobre los grandes charcos del Cherengueti mientras las cotorras chillaban. Miré a mi alrededor y no vi nada amenazador hasta que anunciaron a Barry Lindan, que apareció de pronto en holograma con sus patillas blancas decimonónicas diciendo que se avecinaba algo en el Madrid que era un fichaje pero no, o una bomba, o un bombazo que no sabía cómo explicar. Yo ya estaba medio aturdido por la continua exposición a los galimatías cherenguéticos y ni siquiera podía ya explicarme por qué Barry Lindan estaba allí en pijama. Menos mal que al fin apareció Calzaslargas y yo emprendí mi deseado regreso a casa.

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