Disonancia cognitiva
Antonio Valderrama
En 1957, año en que el Madrid ganaba la segunda edición de aquel nuevo y fascinante torneo, la Coupe des Clubs Champions Européens, un psicólogo americano, Leon Festiger, formulaba su teoría de la disonancia cognitiva, que puede resumirse como «la incomodidad que se produce cuando tenemos dos ideas que se contradicen o cuando lo que pensamos, nuestras creencias, se contradice con nuestros actos». Lo peor que puede salir de este contraste entre lo que se piensa y lo que se hace es, sin duda, la ceguera ante la realidad. Es decir, el autoengaño, que como el propio Festiger decía, «es el modo en que el individuo resuelve la disonancia cognitiva, aceptando la mentira como una verdad». Haciéndose, en una palabra castiza, trampas al solitario. Estas trampas, como es natural, tienen su repercusión en la vida del individuo, incapaz de avanzar, continuamente impedido por los palos que él mismo se pone en sus propias ruedas.
El Real Madrid es puro darwinismo, por eso donde Ancelotti, Benítez, Lopetegui y Solari fracasaron, Zidane resiste
El Real Madrid actual parece víctima de este desorden. En el verano de 2017, precisamente cuando el club festejaba la mejor temporada de su Historia desde 1958, el club explicaba la tarea en la que la institución se había embarcado, con vistas a mantener la competitividad en el fútbol del futuro: «ahora el proyecto deportivo hay que abordarlo de otra manera. Siempre ha sido el de los grandes jugadores mundiales, los españoles y la cantera. Ahora lo hemos perfeccionado, estando atentos a los jóvenes jugadores de todo el mundo. Estamos haciendo un gran proyecto, que nos va a garantizar el futuro». En el mercado de ese verano, el Madrid fichó a Theo y a Ceballos, apuntalando una apuesta comenzada con Odegaard, Valverde y Asensio, dos años antes. Un año después, la venta de Cristiano Ronaldo a la Juventus consagró el modelo: de la era de los jerarcas había que pasar a la era de los brillantes noveles. Desde entonces, el Madrid ha invertido en una ristra de jóvenes promesas que podrían entrar en esa categoría de «garantes del futuro» de la que hablaba el club en 2017: Vinicius, Odriozola, Brahim, Lunin, Jovic, Militao, Rodrygo, Reinier y Kubo, aunque éste llegó gratis.
Estamos a enero de 2021 y de esos catorce pipiolos sólo juegan en el Madrid ocho, de los cuales tres cuentan algo, otro va y viene y el resto, Lunin, Odriozola, Odegaard y Militao, vegeta entre el banquillo, la grada y la promesa de un mañana incierto. Con la suma invertida entre todos, casi hubiera dado para fichar a un Haaland o a un Mbappé. De inmediato, la crítica suele ensartar a Zidane: sólo pone a los suyos, a los que a él gusta y en quienes confía, que pasan también por ser los de trayectoria más contrastada, veteranos de mil batallas. Que Zidane no vale para «cultivar» el talento joven (ahora, parece, un entrenador, aparte de excelente pedagogo y fino analista, también ha de ser agricultor, ¡cosas del nuevo fútbol!) y que los chavales languidecen ante la supuesta desidia del técnico, que les tiene manía.
Esto, que puede parecer verdad a bote pronto, resulta más discutible cuando se analizan las decisiones del Madrid en el que (se suponía) iba a ser el año de transición entre las dos eras.
Se fueron Zidane y Cristiano, símbolos de la etapa histórica que llegaba a su fin, y llegaron Lopetegui y los chavales. El entrenador vasco, fichado por su labor en una selección española que él había cultivado con mimo a lo largo de dos fértiles años de evolución y crecimiento, parecía perfecto para los nuevos aires. La labranza, como su propia naturaleza indica, requiere de ciertas cualidades no muy casaderas con las condiciones de la industria futbolística: paciencia, esmero, sacrificio, laboriosidad, un razonable escepticismo ante las innumerables circunstancias adversas (el hombre del campo entiende mejor de heladas, granizo, lluvia torrencial, sequía, subidas y bajadas de los aranceles internacionales, que el hombre del tiempo y que por supuesto, cualquier político) que pueden sobrevenir durante todo el proceso… y si el fútbol moderno es un ambiente poco propicio para esta desusada paciencia, el Madrid es el máximo exponente. Cuando se habla del éxito de Klopp en el Liverpool, no se suele hacer mucho hincapié en que estuvo cinco años justos sin ganar nada, perdiendo finales y gastando dinero a manos llenas. La prueba no obstante de que un Klopp es inviable en el Madrid la tenemos en el mismo Lopetegui.
Al hablar del éxito de Klopp en el Liverpool, no se dice estuvo cinco años sin ganar nada. La prueba de que un Klopp es inviable en el Madrid la tenemos en el mismo Lopetegui
Fue presentado como flamante técnico del campeón de Europa el 14 de junio, y luego despedido el 29 de octubre. Sic transit gloria mundi.
Con el comunicado de prensa en que anunciaba su destitución, el Madrid no sólo estaba echando a Lopetegui, sino tomando postura. Contra su propia política, en concreto, política venteada desde que Ancelotti estuviera a los mandos del aparato (a Odegaard y a Asensio se les ficha ya entonces), de virar poco a poco la gran nave trasatlántica hacia un rumbo nuevo. El Comunicado de los 8 Balones de Oro reflejaba un principio dialéctico claro entre lo que el club aparentaba querer («construir un futuro») y lo que en efecto, hacía (exigencia de resultados inmediatos en base al valor de un grupo de veteranos que han ganado mucho). Se puede decir que el comunicado sí estaba en consonancia con la tradición madridista. Lo que es más difícil es levantar un imperio con mimbres inmaduros, contando con el aplomo del respetable.
El galacticismo era cualquier cosa menos «una apuesta de futuro». De futuro estratégico, sí, pero del deportivo, mucho menos, pues todas eran superestrellas en el cénit de su carrera. En la contradicción irresoluble entre lo que el club proclama con sus fichajes y lo que reclama activando la picadora de carne del banquillo al menor vaivén, sólo resisten los mejores. Esta paradoja explica por sí sola la esencia del Real Madrid, que es puro darwinismo, por eso donde Ancelotti, Benítez, Lopetegui y Solari fracasaron, Zidane resiste. Zidane no sólo forma parte de los mejores sino que además conoce como nadie el ethos del Madrid. Así puede explicarse el ostracismo de Odegaard, que Valverde fuera el año pasado un puntal (con el mismo Zidane) y este año cuente menos que un Modric muy viejo pero todavía muy bueno, y casos de nulidad total como los de Odriozola, Militao o Jovic. Cuando se dice que a Zidane no le gustan los jugadores promesas se está faltando a la verdad. Por ejemplo, meses después de ganar la Undécima salió a jugar la Supercopa de Europa contra el Sevilla con Asensio, acabado de llegar, Morata, recién repescado, Lucas Vázquez y Kovacic. Y la ganó. Este gesto de valentía contrasta con el de Lopetegui, por ejemplo, que ante la misma tesitura decidió jugársela frente el Atlético con unos jerarcas fundidos, recién llegados de las vacaciones del Mundial. Y la perdió. Aquella Liga de 2017, sin ir más lejos, se ganó con un importante peso específico de jugadores secundarios, promesas y teóricos descartes.
Aquella Liga de 2017, sin ir más lejos, se ganó con un importante peso específico de jugadores secundarios, promesas y teóricos descartes
Si Zidane ha sobrevivido donde cayeron otros es, entre otras cosas, porque hace funambulismo como ninguno en medio de esa disonancia cognitiva que altera los planes de futuro del Madrid. Se dice que el Madrid tiene que hacer encaje de bolillos para entrar en la carrera por The Next Big Thing, pero esto también es así porque la apuesta ha salido bien a medias y las finanzas están hipotecadas por esas inversiones de riesgo que impiden desembolsos, digamos, socorridos, como los necesarios para suplir las evidentes carencias de una plantilla desequilibrada. Los mentideros dicen que no se va a fichar en invierno, a pesar de contar con delantero y medio como máximos referentes ofensivos, y de que la cuenta de goles sea la más menguada en años. ¿Cómo se pretende ganar títulos sin marcar goles? Zidane lo consiguió con la Liga pasada, no encajando, pero en la defensa, este año, también las siegan verdes. Así que no hay dinero para Mbappés pero tampoco para Aubameyanes o Kunes Agüeros, pero si Zidane finalmente termina el año en blanco, nadie duda de que su futuro como entrenador del Madrid será oscuro, casi negro. Siguiendo con la teoría de la disonancia cognitiva, el profesor español Anastasio Ovejero afirmó que «es necesario entender que los sujetos por lo general viven en consonancia cognitiva entre su pensar y actuar y si por algún motivo no pueden ser congruentes, intentarán no hablar sobre los hechos que generan la disonancia, evitando así aumentar ésta y buscarán reacomodar sus ideas, valores y/o principios para así poder autojustificarse, logrando de esta manera que su conjunto de ideas encajen entre sí y se reduzca la tensión».
Fotografías: Getty Images.

