El Barcelona y su tsunami
Jesús Bengoechea
Bajo el lema “Ganar sin bajarse del autobús”, ese movimiento anónimo llamado Tsunami Democrático anda ya enredando en las redes para liarla parda en el Clásico previsto para el próximo 18 de diciembre. Se trata de la misma organización criminal que logró concentrar una turba de diez mil personas para invadir el aeropuerto del Prat. Existen razones, pues, para pensar que su pretensión de impedir la celebración del Clásico a base de juntar unos cuantos millares de salvajes, que pongan en riesgo a la expedición blanca, es algo más que una simple fantasmada.
El anuncio de estos nuevos disturbios me plantea una serie de reflexiones interrelacionadas.
1. La primera predicción que viene a la mente, al saber de este aviso por parte del tsunami escatológico que se nos viene encima, es que este partido no se va a jugar jamás, o al menos que no se va a jugar en Barcelona. La amenaza de esas bestias me parece razón suficiente para que el partido vuelva a aplazarse, lo que es razón suficiente para que quede aplazado sine die, claro, ya que no hay ningún motivo para pensar que (por ejemplo) el 30 de enero vaya ser mejor fecha que el 18 de diciembre.
2. El hecho de que parezca plausible la hipótesis de que el partido no se llegue a jugar nunca obliga a preguntarse si el club anfitrión está legitimado y preparado para participar en competición alguna. Tanto Liga como Copa y Champions están conformadas por clubes capaces de garantizar la seguridad tanto de los que acuden al partido como de quienes juegan, y quien no está en condiciones de asegurar eso no debería poder dar por hecho que se le permita formar parte del mismo negocio que al resto. En este caso, además, se da la circunstancia de que el club organizador es además, siquiera indirectamente, uno de los instigadores de todo el conflicto, tanto por su ya tradicional sintonía con el independentismo como (muy especialmente) por su último comunicado de repulsa a la sentencia del Supremo, que le convierte en catalizador de la revuelta. Es decir. No solo el Barça debería pagar un precio por no ser capaz de garantizar la seguridad de un evento de estas características, sino por haber creado junto a otros el caldo de cultivo de los disturbios que tanto dificultan su celebración.
3. El lema de las turbas del próximo 18 de diciembre es, como ha sido dicho, “Ganar sin bajar del autobús”. Por si no quedaba claro, el estúpido lema deja bien clara la filiación deportiva de los saboteadores, lo que inevitablemente refuerza la conexión independentismo violento-Barça. Decimos “por si no quedaba claro” porque no vimos al Barça tan ágil para emitir comunicados para condenar la violencia de las turbas como lo fue para censurar al Supremo. La identificación entre los pirómanos y el “más que un club” es tan evidente como biyectiva. Se han jugado partidos en la Ciudad Condal, concretamente en casa del Espanyol, sin mayores problemas. El tema, en lo que al fútbol respecta, no es por tanto la ciudad. Es el club anfitrión y lo que significa para mucha gente, por la sencilla razón de que el club anfitrión quiere significar eso.
4. Aunque la panda de tarados en cuestión asuma que impedir que el autocar del Real Madrid pueda llegar al Camp Nou les otorgaría de inmediato los tres puntos, nos queda la suficiente fe en las instituciones (o la suficiente ingenuidad) para confiar en que, de no poder llegar al campo por culpa de los disturbios, al Madrid no se le dieran por perdidos los tres puntos. Ya es lo que nos quedaría por ver. Queremos creer, por tanto, que en su estulticia no aciertan ni con el lema. No podrán ganar sin que el Madrid se baje del autobús. Podrán, como mucho, ser perfectos cafres sin bajarse de su imbecilidad.
