El Bernabéu, el Dios del Antiguo Testamento.
Antonio Valderrama
Si algún día tuviera un hijo y quisiera que ese hijo supiera quién fue el Dios del Antiguo Testamento, lo llevaría al Bernabéu y le diría: mira y escucha. No lo llevaría a un partido de la Copa de Europa contra el Bayern o algún equipo inglés, ni a uno contra el Barcelona o el Atlético, nada de eso. Compraría un par de entradas para algún Madrid-Osasuna, por ejemplo. Y señalaría a los tendidos cuando algún joven jugador del Madrid se trastabillara una vez intentando gambetear ansiosamente por la banda. Y le diría a mi hijo: por eso vino Jesús al mundo, para traer el perdón y la indulgencia. Escucha.
El otro día una parte del Bernabéu decidió que estaba cansada de Vinicius. Por lo tanto, empezó a pitarle. El muchacho que sólo algunos meses antes había constituido la única esperanza, junto a Benzema, de un equipo decrépito en vías de desintegración, era de pronto señalado por el sanedrín del estadio. Los mismos sumos pontífices que pitaron una vez a Zidane, a Ronaldo, a Ramos, también a Marcelo, a Cristiano, y según cuentan los viejos, también a Di Stéfano (o sea, a las hebras del lienzo nuevo y eterno del Madrid) eligieron como diana esta vez a Vinicius: por otra parte, es una buena señal, no hay duda de que para terminar siendo una leyenda del Real primero te tiene que bautizar con fuego el Santiago Bernabéu. Benzema, ahora reverenciado por la grada, puede dar fe de eso. Más de una vez algunos de sus compañeros hubieron de dirigirse a la tribuna pidiendo apoyo para él, y por apoyo se debe entender no que ovacionaran su nombre, sino que dejaran de silbarle.
No sirve de nada recordar aquellas otras veces en las que con el Madrid perdiendo el sanedrín bernabeués aplaudió a las estrellas del contrario: Del Piero, Pirlo, Ronaldinho, por decir las más célebres ocasiones. Buena parte del público del Bernabéu siempre ha sido voluble y caprichoso como un adolescente. Soy de la opinión que, en lo de silbar a los propios, durante los 90 minutos, nada pero después, todo. Pero como dicen Marta y Ángel del Riego en La Biblia blanca, el Bernabéu también es el lugar adonde el madridista llega “para que se le haga caso”, para “mandar tanto como el presidente y saber más que el entrenador”. Ambos comparan el estadio con un anfiteatro romano y es verdad. “No es fácil entender esa sobreactuación del estadio. Se aplaude sin reservas a un rival, jugador dulce, estético y de la selección. Y se trata de forma ruin al mayor príncipe de los que están sobre el césped. El Bernabéu es condescendiente y cruel, vanidoso cuando no tiene otra cosa que hacer; aplaude sus propios aplausos y se mira de reojo en el espejo de la historia. Sólo se afina y se simplifica, se sincera y se convierte en un rugido, cuando las cosas van mal y el equipo lo necesita. El resto del tiempo, flota sobre el partido, atrabiliario a veces y desinteresado otras. Unas, mujer caprichosa, como dijo Ronaldo; otras, crítico de cine, despiadado y esnob”.
como dicen Marta y Ángel del Riego en La Biblia blanca, el Bernabéu también es el lugar adonde el madridista llega “para que se le haga caso”, para “mandar tanto como el presidente y saber más que el entrenador”
Sale en El País una información acerca de Vinicius y su estado anímico próximo a la ansiedad, precisamente por esto. El otro día después de que le pitaran, cargó por enésima vez por su lado izquierdo y poniendo toda su joven reputación en riesgo (estaba haciendo un mal partido) chutó desde muy lejos, apuntando a la escuadra. Si el balón hubiera terminado en la calle Padre Damián es fácil imaginar la reacción del Dios veterotestamentario del estadio, pero este chico tiene algo de torero, mucho, en realidad: clavó el chutazo en la escuadra del portero de Osasuna y rompió a llorar. Las lágrimas revelaron cierta presión, injustificada a todas luces, sobre todo si se recuerda como decía antes que este chaval se puso al Real Madrid tricampeón de Europa por montera en el Metropolitano, en el Camp Nou y en el Amsterdam Arena; es decir, en los únicos partidos grandes que el equipo pudo disputar la temporada pasada. El Bernabéu estaba siendo cruel y ruin con él.
Se puede argüir con cierta razón que en la lógica particular que rige el funcionamiento de este club esa despiadada falta de misericordia forja futbolistas sobrenaturales. Quizá esta sea la única manera de amoldar a unos hombres con talento pero hombres al fin y al cabo, a la grandeza olímpica de la institución. Se puede extender el símil al banquillo: el sillón de entrenador del Real es una trituradora de almas, por eso para entrenar al Madrid no vale cualquiera y da igual que la opinión pública te considere el mejor del mundo. En el Madrid no valen métodos ni escuelas de pensamiento y enseñanza platónicas o aristotélicas como en el Athletic de Bilbao, el Barcelona o el Ajax. En el Madrid el silencio del Bernabéu es la antesala del pito, es decir de la muerte, y uno puede oír cómo se escribe el destino del futbolista al que va dirigido ese pito. Puede oír cómo la pluma de la Historia rasga la página en blanco dictando su justicia, puede asistir a la tragedia de un hombre en directo, y en esto el fútbol se convierte en un viaje sensorial único al espectáculo del Coliseo de Roma. La Biblia blanca lo deja claro: “ese silencio es una prueba para el jugador porque sus errores, su técnica o su falta de clase, están desamparados ante ochenta y una mil personas que callan y escrutan hasta el más mínimo gesto: o se convierte en un jugador del Real Madrid, con el peso y la trascendencia que eso debe tener en cada gesto, en cada lance del juego, o el estadio se vuelve contra él y lo aplasta bajo el peso de la cháchara inmisericorde, de los pitos cuando sea cambiado o, lo que es peor, del aplauso condescendiente hacia el hijo bobo al que sabemos inválido para la vida”.
Ahora al sanedrín del Bernabéu se ha añadido, por la gracia del tiempo que vivimos, el sanedrín de Twitter. En la información de El País se recoge el testimonio de alguien “del entorno” de Vinicius que cuenta que el brasileño, como pasa mucho tiempo al cabo del día en Twitter e Instagram, ha visto afectada su autoestima, su confianza en sí mismo, por culpa de los memes que ridiculizan su nerviosismo y desacierto en boca de gol. “Su cabeza cambió un poco con eso”, se cita en El País. “La temporada pasada salía con éxito del 50% de los regates que intentaba; esta, solo del 37%, según datos de Opta. Sin embargo, estos meses no ha querido hablar mucho de este peso en el refugio familiar de su casa de La Moraleja. Allí le acompañan sus padres, sus hermanos y tres de sus mejores amigos, blindaje contra la nostalgia. También contra el decaimiento”.
Ahora al sanedrín del Bernabéu se ha añadido, por la gracia del tiempo que vivimos, el sanedrín de Twitter.
Esto le da otra magnitud a la relación entre el público y el futbolista, la mete de lleno y del todo en el siglo XXI. Ahora los pitos no se terminan cuando cambian al jugador o cuando termina el partido: en la era de las redes sociales el partido no termina nunca porque luego en Twitter se juega el tercer, el cuarto y el quinto tiempo; el partido se ha convertido en un bucle histérico alargado sin remisión hasta el siguiente encuentro, y así sucesivamente hasta el verano, que empieza la summeriana, otro tipo distinto de tortura psicológica. Por tanto, esto pone al jugador en el centro de una sala llena de espejos que van deformando su imagen y distorsionando la percepción que incluso él tiene de sí mismo, como le pasa a Vinicius. El futbolista se encuentra ante un panorama que roza la esquizofrenia y además desde muy pronto, sobre todo si acapara el foco en el Madrid recién salido como quien dice del cascarón. Lo mejor que exhibió Vinicius el año de su debut fue la insolencia, una fe en sus propias posibilidades por encima de lo razonable, cualidad que lo vincula exactamente con la característica histórica fundamental del futbolista del Madrid promedio. Siempre se ha dicho: la camiseta del Madrid agranda e incluso a Camacho un día se lo preguntaron, cuando jugaba, sorprendido su interlocutor por lo poca cosa que parecía en persona, a diferencia de lo enorme que aparecía vestido de blanco. Él lo dijo. Es por la camiseta. Vinicius no parecía ni siquiera darse cuenta de lo atropellado que era muchas veces su juego, de su escasa finura en la ejecución de la jugaba. Tampoco importaba demasiado, en realidad, porque él era una fuerza de la naturaleza que corría la banda izquierda de arriba hacia abajo como un huracán y desequilibrando, verbo apenas conjugado por el equipo en la nefanda temporada anterior.
El sanedrín del Bernabéu es como el Dios que le pidió a Abraham el sacrificio de su único hijo por el mero gusto de probar su lealtad. Uno se pregunta si esto es sano. Desde luego, no lo parece. Courtois, cuyo rendimiento en el año largo que lleva del portero del Madrid está muy lejos de la excepcionalidad de la que se presumía cuando se lo fichó, tuvo que ser retirado en el descanso contra el Brujas. Se dijo que tenía algo en el hombro. Luego, que empezó a vomitar. Incluso un periodista aseguró que había perdido un kilo a lo largo del día. ¡El Madrid como opresión física, como paleodieta forzosa! Hazard, que en el Chelsea, jugara mejor o peor, jugaba con chulería, con descaro altanero porque podía (es lo que pasa con el talento, que no suele ser humilde), le da ahora flojo a la pelota, como si tuviera miedo: dos de los mejores futbolistas del último Mundial se desdibujan en el césped del Bernabéu como si los estuviera pisando el gigante al que aludía Calamaro en la canción Estadio Azteca. El monstruo del Antiguo Testamento se hace golem, continuando con la referencia bíblica: personifica el miedo y el estupor del hincha. Se alimenta, a medias, de sus propias proyecciones personales sobre el equipo y su destino inmediato (lo que gráficamente se conoce como pajiplantilleo en verano, cuando la summeriana y los fichajes, y pajas de PC Fútbol durante el resto de la temporada, porque ahora das una patada en Twitter y te salen veinte analistas, de hecho, con Álvaro Benito, ya se perfila en el horizonte la posibilidad de que a no mucho tardar el Madrid tenga por fin un entrenador youtuber) y a medias, naturalmente, de ese engreimiento instalado en el subconsciente del aficionado. No sé si ocurrirá en otros países y quizá tenga que ver con la tradición taurina secular (uno va a los toros a gritarle al torero que se arrime, y a insultarlo si a su juicio no lo hace lo suficiente) pero todavía, incluso entre los jóvenes, es moneda común creer que al fútbol no se va a alentar al equipo de uno para que intenten ganar sino, por el contrario, a esperar, como gourmets del balompié, que los once cabrones de siempre nos ofrezcan platos de alta cocina.



