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Destacados·12 de mayo de 2020

El día de mañana

A

Antonio Valderrama

Nunca como hasta ahora había sentido la ausencia de mi amigo el Real Madrid, quizá porque siempre que me he despedido de él sabía cuando lo iba a volver a ver. Parece que ya se intuye la fecha del regreso: finales de junio. Ha sido demasiado tiempo. El último recuerdo no deja de agriarme el sabor de la boca, aquella derrota estúpida en el campo del Betis después de haber conseguido ganarle al Barcelona con un esfuerzo admirable, en la semana más dura de la temporada. Quedan once partidos y la cabeza de la Liga está a un punto. Ya no depende del Madrid, pero con seguridad van a ser los once partidos más abiertos a la incidencia del azar en el resultado final de los que se recuerdan, un poco como aquella final de Copa entre el Deportivo de La Coruña y el Valencia suspendida a falta de veinte minutos por el diluvio universal. Van a pasar cosas, van a pasar muchas cosas.

Sin embargo a raíz del parón obligado por la pandemia coronavírica se han abierto otros debates cuyo calado es mayor. Se discute viabilidad del orden de las cosas en el fútbol profesional tal y como estaban a principios de marzo de 2020. Se duda no ya de que sean posibles los superfichajes habituales en los últimos veranos. Se habla de recortes salariales notables, de un repliegue general, de un encogimiento y vuelta a un fútbol quizá hasta autárquico, como si el horizonte que se desplegó de golpe con la Ley Bosman se hubiera topado de pronto con un muro: hasta aquí se llegó con la proyección infinita del fútbol universal.

Todo esto también se vincula con un movimiento social sino de repulsa, sí de cierto desprecio por el fútbol en tanto actividad considerada banal, frívola y accesoria, que se ha derivado del súbito aprecio de la profesión sanitaria por parte de los españoles. No es un fenómeno nuevo. Ocurre cada vez que la sociedad atraviesa un momento traumático: parte de la catarsis consiste en abominar de golpe del deporte profesional, particularmente del fútbol, y de atribuirle connotaciones obscenas e inmorales relacionadas con las grandes cantidades de dinero que como industria, mueve. ¡Lo que cobra un futbolista debería cobrarlo un médico!, y todas esas cosas tan bien conocidas por todos. El fútbol, como campo fértil para los moralistas, ofrece un bocado tierno en todo apocalipsis que se precie. “No hemos echado de menos el fútbol, nos preocupan otras cosas”. “Pronto volverá el pan y el circo para distraernos de lo importante, como siempre”. Pero, ¿es esto cierto? ¿El ser humano no necesita el fútbol cuando todo a su alrededor, está colapsando?

Estas especulaciones acerca del futuro del fútbol son cosa del mañana, si se me permite redundar. Lo único seguro del mañana, como el hombre sabe desde antiguo, es que saldrá el sol. Lo demás seguirá sujeto a las infinitas posibilidades que depara el choque de los átomos entre sí, en todo el cosmos. Como en estas últimas semanas se viene repitiendo mucho eso de que vamos a afrontar, económicamente hablando, una situación sólo comparable con la postguerra, he querido irme a aquel período tan interesante para intentar vislumbrar algo de por dónde pueden ir los tiros. La postguerra también sirve para arrojar luz sobre esos clichés del balompié como instrumento dirigido por la propaganda de un sistema político para “distraer” a la población a conveniencia.

Construcción del Santiago Bernabéu sobre las ruinas del antiguo Chamartín

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