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Opinión·18 de septiembre de 2018

El ¿excesivo? protagonismo de Sergio Ramos

J

Jesús Bengoechea

La resaca del empate en San Mamés arroja la polémica respecto a la hiperactividad de Sergio Ramos, o quizá más bien respecto a la amplitud zonal por la que el camero desarrolló esa actividad desenfrenada. En el primer tiempo de Bilbao vimos a Sergio incorporarse al ataque casi compulsivamente, dejando desguarnecida la defensa lanzándose a rematar contragolpes propios. No fue lo único. También buscó posiciones de remate en ataques estáticos de su equipo, se lanzó en briosas cabalgadas desde la zaga y llegó a vérsele como interior, amén de los consabidos remates a balón parado. Tiró asimismo una falta, en el lance quizá más controvertido,
impulsando a sus detractores a señalar la presencia de lanzadores hipotéticamente más cualificados sobre el campo.

Lo cierto es que no es algo nuevo. Con frecuencia que ha variado en el transcurso de cada temporada, Ramos ha propendido siempre a la omnipresencia. Les pasa a los dioses, a veces casi sin poder evitarlo, y Sergio es una deidad del madridismo aunque no sea ésta una religión monoteísta. En el politeísmo todo pasa a explicarse en términos de trabajo en equipo, de suerte que la clave de la procedencia o improcedencia de este frenesí del capitán vendrá definida por el modo en que sus compañeros dioses complementen y/o compensen esa ubicuidad, ayudados por la necesidad de que el propio Sergio se controle.

¿Que se controle o que le controlen? El madridismo tuitero más conspicuo bramaba el sábado: “¡Ramos tiene demasiado poder! ¡Lopetegui le deja hacer lo que la da la gana!” De contener verdad la acusación, habrá que concluir que el técnico vasco no hace sino consolidar la tendencia marcada por sus predecesores. Nadie ha sido capaz de controlar del todo a Ramos, y habría que estudiar seriamente cuánto hay de bueno y cuánto de malo hay en el hecho de que nadie haya sido capaz. En cierta academia de escritura recomendaban a los jóvenes aprendices que, lejos de buscar paliarlos, profundizasen en sus defectos. A lo mejor Sergio fue a una escuela de fútbol en la que se daban consejos similares, y a lo mejor esos consejos han contribuido a hacerlo grandioso, todo ello en el entendido de que la omnipresencia sea per se un defecto, lo que también estaría por verse. Un Sergio Ramos confinado al centro del área propia, aseadito y mero cumplidor, como un opositor de alguna ciudad de provincias del norte, no sería Sergio Ramos. El exceso le conforma y, por la tercera derivada, conforma en alguna medida la sala de trofeos del Santiago Bernabéu también, que no sería la que es sin este ocasional tarambana e ingente futbolista, cuyos huevos son larger than life y cuyo campo de acción no puede nunca circunscribirse a un polígono, no ya al del área, sino al del campo. Urbanistas de todo pelaje investigan desde hace años si el terreno definido por las calles Concha Espina, Padre Damián, Rafael Salgado y Castellana es lo suficientemente grande como para constreñir esta fuerza desatada de la Naturaleza. “Es como soplar contra el viento”, ha concluido en privado el autor del más desalentador de los estudios. Contra el huracán, matizaría yo.

Con todo, la asunción de que Lopetegui le permite hacer lo que quiere me parece aventurada. Señalaba al primer acto del partido de Bilbao como la horquilla temporal donde el libre albedrío testicular de Ramos campó por sus respetos, y creo que limité bien: en el segundo tiempo le vimos mucho más comedido, es de suponer que por indicación de su entrenador, lo que descartaría o matizaría mucho la presunta carta blanca. Me parece plausible y deseable que Lopetegui ponga coto al radio de acción de su capitán, pero casi en voz baja, para que nadie me regañe, me permitiría sugerirle que tampoco se pase. Que le controle ma non troppo, no vaya a ser que nos estropee a Sergio. Todo en la vida debe sernos ofrecido en las dosis adecuadas, muy especialmente la cordura. No sería el primer dios al que, a punta de fiscalizarle la omnipresencia, le joden un poco la omnipotencia también.

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