El héroe de la Séptima
Editorial La Galerna
Creo que el adjetivo intempestivo se queda corto de toda cortedad para describir cómo fue la llegada de Pedja Mijatovic al Real Madrid. Corría el verano del noventa y seis y Lorenzo Sanz afrontaba su primer periodo veraniego al frente de la nave blanca. Tras una temporada de fracaso deportivo y la salida de Ramón Mendoza, Sanz, sabedor de que no era un presidente electo, no iba a escatimar en esfuerzos para tratar de hacer un Madrid campeón y ganarse la confianza del socio. La primera decisión fue la de fichar a un entrenador de contrastado éxito, Fabio Capello. Tras contratar en un primer momento a Davor Suker, Sanz necesitaba un fichaje ilusionante. El elegido: Pedja Mijatovic.
El montenegrino, tras tres temporadas de gran éxito en el Valencia, afrontaba la etapa en la que casi todo futbolista llega a su cenit futbolístico. A sus veintisiete años, era la estrella indiscutible de un Valencia que opuso todo tipo de resistencia al fichaje. Para los que rondamos la treintena, la relación institucional entre el Madrid y el Valencia siempre ha sido tensa y prácticamente invalidante para que los jugadores valencianistas recalen en el Madrid. Esta tirantez, lógicamente, se ha trasladado a una afición che que en su mayoría milita y se regodea en el antimadridismo. Sin embargo, me cuenta gente más veterana que la citada tensión no siempre fue tal, y que sin duda tuvo su origen en el fichaje de Pedja.
Tras una primera temporada a un nivel impresionante, y de gran éxito colectivo al ganarle la liga al equipo de (entre otros) Ronaldo Nazario y Figo, el montenegrino afrontaba su segunda temporada con un solo objetivo entre ceja y ceja: la Champions. Esa mentalidad mono-focalizada era extensible al resto del equipo, que hizo una lamentable temporada liguera. Sin embargo, el Madrid iba pasando rondas en la competición europea a pesar de que el gol de Pedja no llegaba. Virgen de goles llegó Mijatovic a la final.
Hoy se sabe, porque él mismo lo ha reconocido, que días antes de la final ocultó al entrenador una pequeña lesión muscular. El entonces fisio del equipo, Pedro Chueca, fue su confidente de tremendo secreto y en privado trató de recuperar a marchas forzadas a un Mijatovic que escuchaba repetidamente a su amigo Fernando Sanz asegurarle que él metería el gol de la final. Fue premonitorio.
Lo cierto es que, si finalmente Pedja jugó tocado la Final, lo disimuló muy bien. Su actuación fue sin duda sobresaliente. Cuando uno ve la final repetida y se fija en su actuación, ve en él la mirada del jugador que está cumpliendo un sueño durante todo el partido. Esa sonrisa cuando Roberto Carlos se disponía a lanzar uno de sus balonazos en libre directo; esa serenidad para recoger un rechace y con poco ángulo elevar el balón por encima de un Montero impotente; esa mirada de determinación para hacerle saber a todo el mundo que él sería el héroe de una Séptima que no se escaparía treinta y dos años después. Probablemente el suyo sea el gol celebrado con mayor euforia de la historia madridista. Ese veinte de mayo, Pedja y sus compañeros cambiaron de forma decisiva la historia reciente del Madrid. Su gol llevó a todo madridista a un estado cercano al éxtasis; un momento formidable en su enormidad y majestuosidad. Aquella semi-vaselina la empujaron todos los madridistas que llevaban tantos años anhelando la Copa de Europa. Sin duda que la impulsó también la Quinta del Buitre y tantos y tantos jugadores que, sin suerte, dieron en años previos lo mejor de si mismos para regalársela al madridismo.
Por eso mismo, poco se recuerda del Pedja jugador antes y después de ese glorioso momento. Se ensalza poco su primera gran temporada y se adopta una postura condescendiente con su mediocre tercera y última temporada. El alcance de su leyenda no es proporcional al tiempo transcurrido en el Madrid, ni siquiera es acorde al nivel mostrado. Su figura será eterna en el madridismo porque con su gol despertó de su largo letargo a un gigante comatoso sediento de gloria. Su salida ordenada y ausente de conflicto del club pone en valor su respeto por lo que su propia figura ya representaba dentro del madridismo. Él mismo cuidó con celo su leyenda asumiendo que su nivel ya no era el de antaño. Su excelente técnica y sus maravillosos controles orientados ya no estaban asistidos por la velocidad necesaria. Pedja supo cuándo era su final y se marchó para nunca irse.
Su vuelta al club de la mano de Ramón Calderón, dejó en el Madrid dos ligas y grandes y eficientes fichajes. Contratar a Van Nistelrooy por quince millones, a Marcelo por seis o Higuaín por doce fueron operaciones que enriquecieron el club. Robben, Pepe y Sneijder fueron otros acertados fichajes que llevaron su sello. Pese a que también cometió algún error, su enorme labor al frente de la dirección deportiva sólo quedó empañada por estar vinculada al mandato de Ramón Calderón. Desde su nueva salida del club, Pedja se ha comportado como un madridista más. Su elocuencia y coherencia al hablar le convierten en un ex futbolista al que apetece escuchar. No obstante, para gloria de él mismo, cuando el madridismo fija su atención en él es “sólo” para evocar con una sonrisa aquella noche en el Amsterdam Arena.
