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Opinión·11 de enero de 2018

El madridismo de U2 (Under a white shirt sky)

M

Mario De Las Heras

El conflicto sobre el madridismo de U2 en La Galerna ya ha adquirido alturas de prusés. Alguien tiene que dar un golpe en la mesa o firmar una astracanada a lo Puigdemont de una vez por todas. Y luego de ahí uno ya puede irse a Bruselas o a Dublín y ponerse a cantar por skype para todo el madridismo With or without you, por ejemplo.

Hay galernautas que piensan que Bono es más o menos un Xavi Hernández de los Xavi Hernández de toda la vida; y yo que pasé toda mi adolescencia mirándome en el espejo la coleta y un perfil y luego el otro y así sucesivamente durante horas y días y años hasta llegar a convencerme de que eran iguales (uno más que otro) a los de Bono, he de rebelarme ante una corriente que atenta casi contra la familia.

Yo descubrí a U2 en el ochenta y siete gracias a que mi prima mayor me ponía en la tele el video en Las Vegas de Still Haven’t Found… como si me reeducara igual que al de la Naranja Mecánica. Yo pasé de escuchar a Hombres G a toparme con ese mundo de sombreros y cortes de pelo y un sonido tan característico que empezó a recorrer toda mi médula espinal hasta llegar a la cabellera donde perpetré, o al menos lo intenté, todo tipo de atentados en forma de peinados que empezaron en el ochenta y siete y luego fueron hacia atrás para siempre en el tiempo.

Ya en los noventa me dio por hacerme el corte de pelo del Unforgettable fire (que ya llevaba casi diez años caducado, casi como las hombreras) y continué en ese plan revival hasta hoy, donde luzco muy ufano mi estilo Mad Men (ya al margen de Bono y su inevitable deriva), ciclo honesto que ojalá se finiquitara en mi ancianidad vistiendo bonitos jubones y calzas como un respetable hidalgo madridista. Si ustedes oyeran las lindezas que han soltado por sus bocas mis queridos amigos galernautas vilipendiando a Bono y a mi memoria se escandalizarían igual que yo, porque ustedes saben que Bono y U2 es madridismo puro.

A ellos, los irlandeses más famosos desde Joyce, cuyas huellas están tatuadas con orgullo por sus compatriotas a ambos lados del Liffey, nadie debería osar chistarles, rebatirles, mofarse de ellos. Ellos son sagrados en Irlanda y lo sagrado de los pueblos siempre se respeta. Incluso se admira. Casi es mentar a la madre de un irlandés, y mentar a la madre de un irlandés es como mentar a la madre de un madridista. Es como mentar a la madre de Sean Thornton, hijo de Innisfree venido de América donde U2 también son sagrados.

Donde el sonido del bajo de Adam Clayton (into the arms of America) resuena en los vientres de las madres cuyos hijos vienen al mundo entonando Gloria no siempre en octubre. Recuerdo que cuando escuché Sunday Bloody Sunday y, completamente trastornado, un amigo me dijo que era de U2, sentí la misma emoción que cuando descubrí definitivamente a mi equipo de fútbol más allá de mi equipo de fútbol.

Desde entonces U2 fue mi equipo de rock y a cada canción, mucho más que eso: a cada melodía, riff, incluso a cada interjección vocal en directo sentía toda mi juventud bullir, gritar, explotar incluso alternando el misticismo con la épica y el placer y el amor y la vida que se abría ante mí en un espectáculo sin fin de significados bestiales, incluso hoy y tras los trece álbumes de estudio que igualará este año el Madrid en Kiev.

La pubertad y más allá cogida, atrapada, en U2 fue una felicidad gloriosa. Una felicidad de Copa de Europa, de primavera, que aparecía y se renovaba en cada movimiento sobre el escenario de Bono cuya voz altísima fue creciendo hasta el techo de los noventa y tantos, más allá del apabullante Zoo TV (con el que hicieron hasta conversos) o la superación infinita del rock clásico en los estadios, como de la historia del fútbol, que ellos siempre han llevado por bandera igual que el blanco del Madrid, ya sea rindiendo tributo a los más grandes, a los Beatles, interpretando desde Help hasta Helter Skelter (el Helter Skelter se lo tocó el Madrid en Cardiff a la Juventus), o a contemporáneos como Joy Division cuyo líder, Ian Curtis, también se miraba de niño en el espejo los perfiles para hacerlos iguales a los de David Bowie.

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