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Archivo·16 de febrero de 2016

El penalti de Messi: ¿Exhibición o exhibicionismo?

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Editorial La Galerna

Claro que el fútbol tiene códigos. No por manidos dejan de existir. Arranquemos con un ejemplo que deja muy claro el asunto: el futbolista que, tras regatear al portero, se mete dentro de la portería con el balón controlado y marca así su gol, caminando hasta la red. Será reprendido por sus rivales y, muy probablemente, por sus propios compañeros. Porque, efectivamente, el código no escrito del fútbol dice que marcar así es pavonearse del oponente. Nadie lo hace, de hecho. Hay muchos más ejemplos, pero este ilustra a la perfección cómo una jugada, perfectamente legal, no está bien vista en un terreno de juego y es, por tanto, reprochable. Al igual que no me pareció digno ver a Cristiano Ronaldo correr a poner el balón en el centro del campo mientras al Rayo le iba cayendo un saco de goles en el Bernabéu. Hay cosas que no se hacen.

Por estos mismos códigos, y el paralelismo es innegable, el penalti que lanzó, o no lanzó, Messi, fue tan legal con el reglamento (obviemos la invasión de área y quedémonos con la esencia de la jugada) como irrespetuoso con un Celta que jamás se hubiera esperado algo así, al igual que una anciana no se espera que un joven acelere el paso para llegar a la cola del pan antes que ella (acción ciertamente legal, pero también muy reprochable). Hay una pregunta cuya respuesta puede arrojar algo de luz: ¿Animarían a los niños a entrenar algo así en una escuela de fútbol para hacérselo el fin de semana al rival?

Hugo Mallo, capitán celeste, sí se lo echó en cara al argentino sobre el césped, pero tras un 6-1 tanto el cuerpo técnico vigués como los futbolistas prefirieron ser elegantes en zona mixta y no exponer queja alguna, lo que no implica necesariamente que no las tuvieran. Uno, que ha competido en fútbol, y que además leyó la versión digital de ‘El Faro de Vigo’ y algunas reacciones de celtiñas en Twitter, intuye que la comedia de la MSN no hizo ni la más mínima gracia en el vestuario del Celta. Un Celta que, por cierto, le había metido un repaso sin paliativos al Barça en la primera vuelta. No parece improbable que la escena del Camp Nou estuviera ya guionizada casi desde el mismo túnel de vestuarios de Balaídos.

Messi Penalti

Se preguntaban los medios al día siguiente si la jugada era una genialidad o una falta de respeto. Para mí lo segundo. Para otros no. Pero donde no cabe duda alguna es en que no fue una genialidad. Sí lo fue el mismo regate fantástico con el que Messi forzó el dichoso penalti. O el taconazo de Guti en Riazor. O el de Redondo en Old Trafford. O las cosas que hacían Ronaldinho, Zidane, Djalminha, Maradona, el propio Messi cada semana o tantos otros genios que ha dado el fútbol. Pero ejecutar, a contracorriente con los usos del fútbol contemporáneo, un penalti ya inventado y que se ha visto en la liga rusa, en la liga coreana o en la 2ªB española, no puede ser nunca, por definición, una genialidad, que es algo nuevo y sólo al alcance de unos pocos elegidos. Como lo fue lo que hizo Panenka, creando un nuevo lanzamiento a puerta. Y digo lanzamiento, porque eso sí es un disparo a portería que no rompía código alguno. Genialidad podría ser incluso tirar un panenka en la tanda de penaltis de una semifinal de Eurocopa, como hizo Ramos. Genialidad o huevos, la línea es difusa.

Alguno de esos medios, pertenecientes a la mal llamada “central lechera”, se han quedado sin calificativos para elogiar la jugada. Si pudiéramos mirar por un agujerito a un mundo paralelo donde Cristiano hubiera protagonizado el mismo penalti (lo que es mucho suponer, porque ni en ese onírico escenario puede uno imaginarse a Cristiano renunciando a un gol), veríamos tanques, napalm y caos en las calles. También en esa misma redacción de la que hablo, donde todo lo que pasa en Barcelona, lo bueno, lo regular y lo malo, es convenientemente aplaudido. Sí, la central lechera de Guardiola. ¿Y se imaginan lo que hubieran dicho los medios de la Ciudad Condal si invirtiéramos los protagonistas? O, sin irnos tan lejos, ¿intuyen cómo habría sentado en esas facciones del madridismo que, hartas del excelso nivel que este Barcelona lleva sosteniendo durante todo el siglo XXI, critican todo lo que ocurre en su casa, obviando esa genialidad con la que, sin duda alguna, fue agraciado Messi al nacer? Son preguntas retóricas cuya respuesta conocemos todos.

Efectivamente, a Cristiano se le hubiera criticado algo así. Desde la Ciudad Condal y desde la capital. Mientras el Barça siga ganando y bailando a los rivales, el Madrid seguirá sufriendo división social, mofas, doble vara mediática y lecciones morales. Es así. Es la ley del fútbol. La dictadura del resultado. No hay otra ética más persuasiva en alta competición que la victoria. Se demostró con las elecciones que ganó Bartomeu, acorralado judicialmente, gracias a un triplete que cuatro meses antes, con el presidente sentenciado y esperando su hora en el patíbulo, era ciencia-ficción. Esa batalla la tiene perdida el Madrid mientras no interrumpa el ciclo del pequeño gran jugador argentino. Se le reprocharán comportamientos, resultados y acciones dudosas que al ganador se le permiten o incluso se le aplauden.

Que el Barcelona va sobrado es incuestionable. Mientras el resto del mundo del fútbol pasa hambre, los azulgrana gozan de una belle epoque en la que su única preocupación es divertirse. Lambrettas, bailes, disfraces de carnaval, penaltis circenses… hasta pueden regular su caudal ofensivo para que marquen todos los integrantes de la MSN. O especular con sus esfuerzos mientras ganan todos los partidos. Lo hacen hasta con la autoría de los goles o incluso con la estética de los mismos. Marcan cuando quieren, como quieren y le otorgan el tanto al jugador que elijan. Como en un videojuego, van cumpliendo logros y desbloqueando retos. Juegan ahora mismo a otra cosa y son favoritos a todo. Van sobrados. Pero también van de sobrados. De exhibición en exhibición, pero con tintes de exhibicionismo. Y en el deporte, tan importante como saber perder, o mucho más, es saber ganar. Especialmente si presumes sistemáticamente de valores.

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