El tiburón y la foca
Carlos Mayoral
Que la mentalidad lo es todo en el deporte casi resulta una afirmación perogrullesca. Puede que sea Kobe Bryant, uno de los trágicos protagonistas de este 2020, quien supo exponer esta tesis con mayor éxito. Leía en sus memorias que aquel primer año en la NBA fue muy duro. Había sido elegido en la decimotercera posición del draft, lo cual suponía casi una afrenta para nuestro orgulloso protagonista. En lo más alto reinaba un chaval menudito, ágil y talentoso, que respondía al nombre de Allen Iverson. Bryant y su mamba mentality se obsesionaron con aquel joven de los Sixers, pero la cosa no funcionaba. Iverson acabaría la temporada con 23,5 puntos de media, por los poco más de 7 que había promediado Kobe. Una noche, Phil Jackson decidió que Bryant sólo jugaría los minutos de la basura, los justos para anotar un par de tiros libres y a dormir. Al llegar al hotel, encendió la televisión: su compañero de quinta, Allen Iverson, había clavado 35 puntos en el Garden. Arrojó la mesa al suelo y rompió el televisor.
Cuenta Kobe que a partir de entonces empezó a estudiar como un maniático a aquel portentoso muchacho de los Sixers. Todos sus movimientos, todas sus acciones. Lo analizaba matemáticamente, por donde salía más tras bote, hacia qué costado solía suspenderse antes de lanzar. Llegó incluso a analizar un documental que explicaba cómo el tiburón blanco caza focas en Sudáfrica: la paciencia, el temple, la agresividad. A partir de entonces, Iverson era prácticamente incapaz de anotar cuando se enfrentaba a la mamba negra. Apenas tres años más tarde, los dos talentos se enfrentaron en la final de la NBA. Los focos sobre los dos chavales: arrasaron los Lakers de Bryant. A nadie le cabe ya hoy la menor duda. Sólo uno de los dos pasó a la historia: era el que menos talento tenía, pero su mentalidad lo cubría todo.
He gastado casi dos terceras partes del artículo, pero valga la anécdota basquetbolera para glosar los problemas de este Madrid nuestro. Ayer, con la columna vertebral algo apagada, sin la magia de Modric, sin el cartabón de Kroos o el ballet de Benzema a pleno ritmo, eché en falta esa capacidad mental de los grandes. No sabría decir de dónde ha de salir esa concepción, si de un fuera de serie como el que protagoniza este artículo, una personalidad voraz similar a la que, por cierto, exhibía cada fin de semana un delantero portugués en el Bernabéu no ha demasiado tiempo. Quizá deba salir del banquillo, de la grada o del palco. Quizá sea un asunto coral. No lo sé. Pero ayer, como alguna otra vez este año, el olor a sangre que enfurece al tiburón blanco en Sudáfrica dejó al equipo tieso, adormilado. En fin, que el año que entra llegue pronto, o que el que sale lo haga rápido. Feliz travesía para ustedes, en cualquier caso.
Fotografías: Getty Images.