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Destacados·8 de octubre de 2020

Elogio del 4

Á

Ángel Antonio Herrera

Seguimos sin saber perder, que dijo un día un chuleta, y a menudo aupamos los méritos de los delanteros, que son las vedettes de todo equipo, y dejamos a media tinta, o a ninguna tinta, el virtuosismo del defensa, o los defensas, que vienen a ser la clase turista de la alineación. Pero no tanto. Así, procede hacer el elogio de Sergio Ramos, que es y no es un central, porque juega de relámpago de peligro en el área rival cuando toca. Y a veces también cuando no toca, que es cuando más me gusta a mí, y quizá menos a los devotos de la normativa. Ramos ha despachado, a menudo, el partido con un cabezazo de poderío, y esto, en él, no es una sorpresa, sino más bien una costumbre. Hay una hemeroteca gloriosa de los goles de Ramos, que es un matarife de arriba, cuando juega abajo. Y la hemeroteca sigue abierta, obviamente.  Ramos es un salvaje de buenas maneras, un cherokee con el alma de pichichi flamenco. Un atleta, así en general. A mí Ramos me ha caído siempre, porque amo el fútbol, y ahí era y es y será un tope, y porque antaño embelesaba a algunas chicas de esplendor que son la maravilla. Hasta que se eligió fijo de esposa, y se cerró en familia próspera. Arriesga Jorge Valdano, que para mí es autoridad, que la condición última de Ramos no es ser capitán sino ser rey. Realeza es lo suyo, sí, majestad con peluquería apache. En Sergio se reúnen varios jugadores en uno. Su sitio de esplendor mayor es el sitio de central, aunque algunos experimentos de alegría de penúltima hora lo han recolocado en la banda, por temporadas. Ramos tiene rebeldía de melena, que es una rebeldía de tradición, y la rebeldía la lleva, aunque la melena se la corte. Y hay en él, también, una chulería muy madriles, aunque él sea andaluz, y bajo mucho orgullo. Quiero decir que se ve siempre que va sobrado de jerarquía, bajo el lema de la esperanza es la pelea.  El Madrid ha tenido centrales históricos, y de mucho compás, con Fernando Hierro en la copa, pero Ramos reúne eso, más una seria rabia cruzada de larga técnica. Hay también en él un virtuosismo anímico que viene a tope para el resto de compañeros, porque una cosa es sentirse fuertes, y otras cosa sentirse campeones, según la máxima de Don Alfredo Di Stéfano. En eso estamos. En Ramos, la melena de titán va por dentro. Siempre propone un magisterio de energía. El 4, su dorsal, es una cifra de lo incalculable.

 

Fotografías Getty Images.

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