Escuchemos ofertas por Bale
Antonio Hualde
En septiembre se cumplirán cuatro años desde que Gareth Bale llegó al Madrid. Lo hizo con la vitola de estrella, y costando una auténtica morterada, 91 millones de euros. Coincidiendo con el inicio de verano se oyen y leen opiniones sobre si merece o no la pena venderle ahora y, pese al sarpullido que pueda ocasionar al editor de La Galerna, Jesús Bengoechea, me encantaría que se escuchasen ofertas por el galés.
Este final de temporada hemos podido descubrir por fin la posición desde donde más rinde Gareth Bale: su casa. No sigue lesionándose -lleva así media vida- ni se pega irresponsables panzadas de golf que ralenticen su recuperación. Tampoco tiene que pasar por esa tediosa experiencia que es integrarse con sus compañeros y resto de empleados del club. Además, ahora en el Madrid defienden 11, no 10, y su ausencia ha permitido hacer justicia a talentos como Isco o Asensio. Dejar la titularidad y que el equipo volviese a carburar han sido uno, al punto de ganar Liga y Champions.
Bale ha tenido intervenciones muy destacadas. Arrancadas explosivas, grandes goles y detalles de mucha clase. Sólo faltaba. Al Madrid no viene cualquiera, y menos a ese precio. Bale, es verdad, tiene excelentes cualidades, pero está lejos de ser el fenómeno que algunos pretenden hacer ver. Sobrevalorado es un término que se le ajusta perfectamente, a pesar de que su agente piense que no juega en el puesto adecuado y así lo pregonase por medios extranjeros.
En los de aquí, por cierto, Bale se prodiga poco. Apenas le recuerdo dos entrevistas desde que fichó por el Madrid; la última a principios de temporada. Me sorprendieron bastante algunas de sus respuestas. Igual que a Zidane cuando era jugador, será difícil que un paparazzi cace al galés corriéndose una juerga nocturna. En ese aspecto, su profesionalidad está fuera de toda duda: hace vida familiar, y -tan importante como digno de elogio- no se le conocen escándalos extradeportivos. Pero es llamativo que en tres años que llevaba aquí cuando le entrevistaron no fuera capaz de citar un solo rincón, una sola calle o un solo restaurante de la ciudad donde vive, Madrid. Y esta es la hora en la que sigue sin hablar una palabra de castellano, aunque Jesús Bengoechea se empeñe en decir que lo casca en círculos reducidos.
Bale no es el tipo más popular del vestuario. Mantiene una relación correcta con el resto, sin más. Su club de fans arguye -con razón- que no se le ha fichado para que hable español o haga amigos en la plantilla, sino para que juegue al fútbol. Pero todo cuenta. En el fútbol, como en los demás ámbitos de la vida, un equipo donde sus miembros están perfectamente integrados funciona mejor. Bale ni lo está ni lo estará. En cuatro largos años ha sido incapaz –y no será por tiempo o medios materiales- de aprender el idioma del país en el que juega o de mostrar un mínimo interés por lo que le rodea.
El propio Ancelotti llegó a sugerir que Bale jugaba poco menos que por artículo 33. Si fuera español, hace tiempo que estaría en la grada, o cedido. Y tampoco me vale el desprecio con el que el club de fans del galés se refiere a algunos jugadores nacionales para compararles con él. ¿Es Zidane extranjero? ¿Lo son Roberto Carlos o Marcelo? ¿Lo era Beckham? ¿Lo es ahora Modric? Son madridistas eternos, con independencia de dónde hayan nacido. Todos ellos tienen un denominador común: se integraron, nunca jugaron por decreto, aprendieron el idioma y entendieron esa parte de sentimiento que un club como el Madrid aún conserva. Y tampoco frenaron la proyección de nadie que viniese detrás de ellos, caso actual de Isco o Asensio.
