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Opinión·22 de julio de 2019

Gareth Bale, el señor de la guerra

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Mario De Las Heras

No hablo del señor de la guerra en el feo sentido moderno. Hablo del señor de la guerra en el romántico sentido clásico. El de War Lord, la película de Charlton Heston. Recuerdo que mi profesor de Historia nos dijo que la viéramos porque reflejaba muy bien la vida y las costumbres del señor feudal, el caballero que se convierte en señor por sus méritos en la batalla.

El noble al que sirve es quien le concede el dominio de unos predios, con sirvientes y el privilegio de vivir en una torre medieval. A mí esas torres de los señores feudales siempre me han encantado. Me gustan más que los palacios y los castillos. Tan sencillas y recoletas y tan amplias y confortables.

Un sitio también inexpugnable, con la cantidad de plastas que hay por ahí. Es como una casa en el árbol, pero de adultos. La cantante Enya vive en una torre (en realidad es un castillo, pero desde fuera parece una torre) en Killiney, Dublín, al lado de Bono y de Van Morrison, entre otros famosos.

Las torres tienen que servir para disfrutar de una preciosa intimidad. A una torre no se presenta cualquiera de visita a las cuatro de la tarde para tomar café, porque se arriesga a que le echen aceite hirviendo desde lo alto de las almenas. Yo, desde luego, lo tendría preparado.

Estoy imaginando a Bale mirando a través de la pantallita de su telefono electrónico la cara del célebre Diego Torres, por ejemplo, que llama a su puerta con intención de hacerle unas inocentes preguntas, y lo veo inmediatamente enviando al servicio a la azotea para echarle encima las cacerolas. Bale podría ser un señor feudal. Le pega la coleta con la cota de malla y el espadón al cinto.

Lo veo recorriendo sus propiedades a caballo con el viento de cara. Su torre recoleta, su sol madrileño... Desde luego que Gareth no es un señor feudal, aunque sí tiene méritos de guerra. Gareth Bale es un caballero madridista que quiere seguir siéndolo. Pero es un caballero caído en desgracia, mayormente por la simple y cruel maledicencia.

Esta historia suya y este encastillamiento es un poco de El Cid. Aquí Zidane haría el papel de Alfonso VI y Bale el de Rodrigo Díaz de Vivar. Claro que aquí la gente no le grita: ¡Qué buen vasallo sería si tuviese buen señor! Aquí la gente, mayormente azuzada, le dice otras cosas en medio del destierro al que se resiste.

A mí me gustaría que esto fuese un poco un Cantar. El Cantar del Mío Gareth donde, gracias al valor de su pierna izquierda, consigue redimirse y que Zidane I lo perdone y lo ponga en su once inicial para campeonar. Un Bale Campeador. Esa fuerte reticencia por salir, como hubiese salido cualquiera en su lugar con la suave corriente del río, le honra en buena medida.

Pero parece que no va a haber ningún poema. Bale es un dique, pero Zidane es una presa. Es honorable poner en juego tu futuro profesional por el Madrid. Una apuesta personal para la que ya no hay ninguna oportunidad. Y que nadie haga caso a las comadres: esto es una justa entre caballeros.

Yo ya empezaba a soñar con el Cantar: el héroe que cae y se levanta. El destierro, la afrenta de Corpes. La pérdida y la recuperación del honor. No sé cómo va a acabar esto, pero seguro que no va a acabar como el rosario de la aurora que es como quieren que acabe las sensacionalistas comadres y el sensacionalista representante Jonathan Barnett.

Dan por hecho que Gareth se va a China. Extraño desenlace de un caso curioso. Como lo es el hecho de que los dos futbolistas llamados a ocupar el lugar de Cristiano y Messi en el Real Madrid y el Barcelona, Bale y Neymar, parecen haberse quedado en el limbo. Sin las pasadas querencias y sin el pasado caché.

Dos jugadores protagonistas de una progresiva historia de hartazgo profesional y popular con diferentes raíces, pero con un mismo destino que a mí no me gustaría que fuese para Bale, porque, si el galés no es un héroe, sí es al menos ese señor feudal imaginario en su torre imaginaria, autor de grandes hazañas madridistas.

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