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Opinión·23 de febrero de 2020

Hay un Hernández en todas las oficinas

M

Mario De Las Heras

Hernández es un apellido típico (quizá un poco menos que Fernández) de oficina. Me refiero al Hernández (quizá un poco más al Fernández) que se utiliza con frecuencia en los chistes de empresa. Hay un Hernández en toda oficina. Hernández tiene una apariencia pulcra. Es obediente y atento con la jefatura y distante con los compañeros. Al principio le encargan todos los informes, que él asume agradecido hasta que con astucia invisible logra endosárselos a otro.

Hernández es nervioso, algo anodino. No es ni guapo ni feo. No va mal vestido, pero tampoco bien. Se corta el pelo a menudo, siempre con un aire militar, práctico, de barracón. Hernández está siempre listo para lo que le pueda beneficiar. No come mucho ni poco. Duerme lo justo. Madruga. No usa colonia, aunque a veces emana un ligerísimo y extraño perfume. Llega puntual a la oficina. En su mesa tiene todo tipo de material de papelería que no le gusta compartir.

Cuando le piden el quitagrapas, él lo da con su sonrisa de no saber sonreír. Le incomoda ese préstamo y, aunque no parece que se acuerde, en realidad no puede dejar de pensar en que están tardando mucho en devolvérselo. No se sabe qué hace en su tiempo libre, ni siquiera se imagina. Sólo se sospecha que pasa por un pequeño calvario de inactividad y pensamientos negativos y absurdos recurrentes y crecientes desde el viernes a las tres hasta el lunes a las nueve.

Se le atisba una suerte de felicidad en los ojos los lunes por la mañana. Y los martes. Y los miércoles. Los jueves parece demasiado concentrado y los viernes está como ausente, como si el jefe le hubiera dicho que le gusta cuando calla; pero no es por eso. Está triste o algo parecido. No, está triste de verdad. Pero tiene esperanza porque pronto llegará un nuevo lunes. Ha descubierto que disfruta con el mal de sus compañeros. Cuando el jefe abronca a alguno de ellos, él pega en secreto la oreja a la pared y sonríe mientras vigila que no lo vean los demás.

Vive con el miedo de que descubran lo que ni él mismo quiere descubrir. Vive ajeno a sí mismo y a sus actos, que jamás recuerda, y sólo tiene una afición: el FC Barcelona. Cuando escucha hablar del Real Madrid se pone en guardia. Una guardia oculta, inapreciable, sibilina. A veces, en soledad, se imagina que es árbitro de Primera División. Un árbitro justiciero. Es su fantasía íntima. Se ve como una especie de Zorro azulgrana en defensa del culé oprimido. Sin espada, pero con pito. Sin máscara, pero con su rostro. Sin capa, pero con tarjetas que sueña blandir delante de Sergio Ramos y de Casemiro o de cualquier otro jugador blanco que pueda dificultar el éxito barcelonista que le subyuga.

Sueña que lo llaman del club. Que recurren a él como a un salvador desde impensables e innombrables y admiradas (por él) instancias. Y que él los salva a todos. Sueña con ver su foto de empleado del mes y se solaza viéndose dirigir el VAR como una nave espacial. Una vez estaba sentado en su mesa de la oficina y se quedó absorto pensando en estas maravillas. El jefe lo vio y se lo recriminó, y él se avergonzó delante del jefe y luego se culpó por ese fallo imperdonable, aunque más tarde, recordándolo, no pudo evitar esbozar su sonrisa de no saber sonreír. Así es Hernández. De los Hernández de las oficinas de toda la vida, un poco menos que los Fernández sino fuera porque este, precisamente, es un Hernández por dos.

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