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Opinión·2 de mayo de 2019

Iker Casillas: el príncipe azul

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Mario De Las Heras

Estaba pensando en cómo cambian las percepciones cuando se conoce, al menos, alguna realidad. En el caso de los futboleros o de los simplemente madridistas, como es mi caso, tan sólo vemos ahí, en el campo, a unos profesionales mostrando su talento y sus actitudes en el juego.

Si acaso en las entrevistas atisbamos una parte personal de cada uno, la misma que modela a su antojo la prensa en función de su interés, la mayoría de las veces sin el beneplácito, o con la indiferencia o la resignación, de los protagonistas.

La primera vez que yo vi a Casillas en la portería del Madrid, pensé que había alguien ahí. Y no tanto por su desempeño sino por su mirada. Tenía dieciocho años y parecía que llevaba los dieciocho bajo esos palos. Yo creo que eso lo vimos casi todos.

Era un joven extraordinario. Tenía el cartel de leyenda en ciernes y no nos equivocamos. Su pulido periodístico, en cambio, luego se demostró que era más o menos un engaño. Era como el de Toro Moreno de Budd Schulberg pero en boxeador bueno. Bueno de verdad.

No es porque el verdadero Íker Casillas (no tengo el gusto) fuera peor que el Íker Casillas que nos vendieron durante tantos años, sino porque era distinto. Y no lo merecía. Una figura del deporte como él no necesitaba relatos apócrifos. Los relatos los estaba escribiendo él solo.

"IKER CASILLAS TENÍA EL CARTEL DE LEYENDA

EN CIERNES Y NO NOS EQUIVOCAMOS"

A Íker Casillas le construyeron un perfil de yerno ideal y luego lo convirtieron en una especie de Pantoja, con todos mis respetos, vapuleada por los malos. Los que tanto lo ensalzaron nunca lo respetaron.

Yo no sé quién es Ïker Casillas aparte del mejor portero que yo he visto y celebrado. Mi decepción (y la de muchos) en realidad no fue con él sino con su personaje. Con quien estábamos enfadados era con los inventores del fraude de Toro Moreno. Toro Moreno era un buen hombre igual que Íker Casillas es un buen portero.

Eso tenía que haber sido siempre y no, además, un yerno perfecto. Un referente moral, estético, profesional. Un intocable. No un hombre perfecto porque Íker Casillas no lo es. Y quién lo es. Íker Casillas es Íker Casillas y eso lo sabrá quién lo tiene que saber.

El caso es que he visto a Íker Casillas en el hospital, y, aparte de entrarme la congoja, se me han aclarado algunas ideas como si de repente pudiera separar la paja de lo importante. La paja de los relatos mentirosos.

Como el cuento del príncipe azul, igual que si aquellos que lo escribieron, o como si aquellos que lo apartaron de su admiración (yo mismo) lo conocieran de algo más allá de ser el mejor guardameta que hayan visto (y al que más han querido ) sus ojos.

Íker Casillas ha sufrido un infarto y ahora tengo la sensación de conocerlo un poco más después de haberlo visto levantando el pulgar tumbado en su camilla. No recuerdo haberlo visto nunca sonreír tanto, ni siquiera levantando una orejona, igual que no recuerdo haberme alegrado tanto de verlo tan bien.

 

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