James: Un año y dos consensos
Editorial La Galerna
Se acaba de cumplir un año de la presentación oficial de James Rodríguez como jugador del Real Madrid. Otros medios, otros periodistas aprovecharán la ocasión –imaginamos- para enfocar su balance con arreglo al número de kilómetros de carretera construidos por ACS en los últimos doce meses. Quienes nunca hicimos el ridículo de vincular el fichaje con el desempeño de la actividad internacional de la constructora que preside el también presidente del Real Madrid no tenemos esa necesidad. Quienes dijimos algo que por otro lado no tenía ningún mérito decir (esto es, que el Madrid fichaba un manantial de ingresos comerciales pero sobre todo un jugador extraordinario) podemos centrarnos en valorar su aportación al juego del equipo, sin perjuicio de que esperemos aún, acaso de forma baldía, unas disculpas por parte de quienes se refirieron al fichaje con tanta ligereza, ignorancia e irresponsabilidad.
No, no tenía ningún mérito aseverar hace un año que el Madrid llevaba a cabo un fichaje estratégico también desde el prisma estrictamente futbolístico (el jugador ya había deslumbrado en el Oporto y el Mónaco y sobre todo en un pequeño torneo llamado la Copa del Mundo), y no obstante hubo quien se las arregló para sucumbir al bochorno de achacar la contratación a otros factores extradeportivos, deslizando torpes insinuaciones no ya sin prueba, sino sin historia detrás. Hay un ardor de orejas retrospectivo que va a acompañar a más de uno por los siglos de los siglos. Ayer fue también el primer aniversario de ese ridículo. Enhorabuena a los premiados.
El balance estrictamente futbolístico va de la mano del sociológico en su feliz diagnóstico. Hace un año, en aquella presentación, el Bernabéu se llenó de colombianos que aclamaban a quien ya era su ídolo. El contagio se ha producido, como no podía ser de otro modo, y James es ya adorado por madridistas de toda latitud y nacionalidad. Es incluso respetado –algo más difícil todavía- por la práctica totalidad de los abonados mayoritariamente españoles que llenan el Santiago Bernabéu domingo tras domingo. No hay un público más difícil que ese. El somero aplauso aquiescente que le dedica un pipero del lateral de Castellana cuando marca uno de esos goles estratosféricos otorga más mérito a ese gol que el legítimo y desenfrenado entusiasmo que haría vibrar cualquier espíritu menos desabrido. Para el madridismo fue la 14/15 una temporada que acabó muy mal, y en la cual la mejor noticia fue James. Así de simple.
No es exagerado afirmar, en los prolegómenos de esta nueva temporada, que no hay jugador de ataque del Madrid que cuente con tan definitivo consenso respecto a su excelencia. Otros generarán más entusiasmos, pero también más dudas.
Benzema genera mucho entusiasmo, pero sigue engordando su numerosa relación de haters con su presunta ausencia de instinto goleador. Bale gusta mucho a muchísimos, pero no falta quien (quizá llevado por la animadversión que, en su intento de dañar a Florentino Pérez, le regalan los medios del grupo Prisa) dice estar harto de su supuesto individualismo. Isco fascina, pero es acusado por sus detractores de ralentizar el juego del equipo. Jesé tiene fervientes seguidores, pero hay quien duda seriamente que pueda volver a ser el puntal en que se estaba convirtiendo antes de su lesión. Ni siquiera Cristiano, aunque masivamente adorado, es lluvia que a estas alturas caiga a gusto de todos: esa última oportunidad de aprovechar la millonada que aún nos daría el mercado quema las manos de algunos como si fuesen ellas las destinadas a recibir el pastizal del jeque.
Sobre James, en cambio, casi nadie parece tener nada negativo que decir. Se admira la calidad de su zurda (cómo la pone, cómo la pega, cómo la ofrece); se pondera su espíritu solidario; se aplaude su personalidad; se aprecia su remate de cabeza. Y nadie parece tener nada negativo que oponer para hacer contrapeso a tanto halago. En este ingrato mundo de refinados eruditos balompédicos que todos nos creemos, y donde cualquiera de esos sabelotodos que pueblan las esquinas, los TLs y las redacciones tiene siempre algo que objetar, nadie dice nada malo de James. Yo tampoco, por más que pienso. James o la ausencia del “pero”. Es un jugador sin conjunciones adversativas.
James no es una promesa pero tampoco un jugador consagrado a través de un palmarés impactante, no lo es aún. Está en ese terreno intermedio donde un futbolista ha dejado ya a la gente con la boca abierta y solo le falta llenar esas bocas de gloria. James está en el punto de cocción exacto para ser la leyenda del Real Madrid que está destinado a ser.
Si existe consenso respecto a sus cualidades futbolísticas, lo hay también sobre su impecable imagen. Tras años combatiendo dialécticamente la vacua propaganda culé, los madridistas tenemos un reparo moral a la hora de sacar a colación palabras como “valores” o “humildad”. No perdamos de vista sin embargo que, libres de la tiranía bienpensante y malhaciente del intento de monopolización blaugrana, son palabras que uno puede y debe reivindicar. Palabras, conceptos, que adornan a James, y ese es el segundo consenso que en este año ha generado este mito en ciernes: un jugador admirable al que además, por lo intachable de su conducta y personalidad, gusta admirar.
