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Archivo·25 de agosto de 2015

Kafka, Monty Python y el autobús del Madrid

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Editorial La Galerna

“Qué rico está este bacalao, por Jehová” era en La vida de Brian frase lo suficientemente blasfema como para justificar la inmediata lapidación del infractor. En el caso del Real Madrid, los requisitos morales para ser lapidado son aún menos exigentes. Con mucho menos es lícito y hasta obligado pasar al Madrid por la piedra, ya sea en términos figurados y a través del amplio eco mediático del cual disfruta el antimadridismo, ya en el más estricto sentido, como sucede desde tiempos inmemoriales y como volvió a suceder el domingo en Gijón con el autobús del equipo.

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El Madrid no necesita blasfemar o ni tan siquiera mentar en vano el nombre del Altísimo, puesto que su autobús es ya para muchos una inmensa blasfemia rodante. Desde que tengo uso de razón futbolera (razón que obtuve varios lustros antes, por cierto, de la llegada de Mourinho), el autobús del Madrid es lapidado por los más cafres sanedrines a su llegada a los estadios de aquí y de allá. Tal cosa sucede pero es siempre, invariablemente, como si no sucediera. Es un dato irrelevante para la prensa deportiva, que suele ventilar el evento poco menos que con un breve comentario a pie de página. Y es un hecho inexistente para el propio Real Madrid: no recuerdo a nadie del club quejándose jamás por ello y me parece bien que no se caiga en el victimismo, pero cuando la encerrona se prolonga en el propio terreno de juego y en la vesania de las ruedas de prensa posteriores a los partidos no estaría de más, digo yo, que de vez en cuando se hiciera constar no para inspirar lástima, sino para poner las cosas en su sitio. Una cosa es no caer en el victimismo, y afrontar con entereza la saña de tu enemigo (porque aquí no hablamos de adversarios, sino de quienes por voluntad propia se consideran eso, nuestros enemigos), y otra muy distinta no dar al menos acuse de recibo de las pedradas.

De igual manera que la realidad no debe jamás estropear una buena noticia, tampoco está autorizada a cargarse un tuit precocinado de Manolo Lama. El domingo, tras una larga travesía del desierto en Segunda División, era (parece) obligatorio loar al Sporting y a su afición, por aquello del largo trayecto de padecimiento en la otrora llamada “división de plata”, y por aquello también del carácter histórico del club. Tan obligatorio era alabar a esa afición que el comportamiento incalificable de una serie de aficionados del equipo (¿o vamos a usar de nuevo la hipócrita coletilla “…que no representan a nadie”, de uso tan común cuando se trata de no representar a cualquiera que no sea el Madrid?) no fue capaz de alterar el guión pre-establecido: yo he venido aquí a decir que qué gusto tener a esta afición de vuelta en Primera, y no estoy dispuesto a que unas pedradas aquí y allá me amarguen el costumbrismo de un comentario amable. Al fin y al cabo, ¿para qué ha vuelto la afición del Sporting a Primera si no es para dignificar el grito que inventó (“así, así…”) cuando un jugador suyo fue injustamente (¿?) expulsado por retirar del fútbol durante catorce meses a San José? ¿Y qué mejor manera de dignificar esa bella herencia que el retorno a las buenas costumbres de un somero apedreamiento? ¿No era la tentación demasiado fuerte como para no imponer un condescendiente “pelillos a la mar” (al Cantábrico, para ser más exactos) y contemplar la lluvia de cantos sobre las lunas del autocar blanco poco menos que como la recuperación de una tradición honorable? Nada de esto se dijo, claro, pero el mensaje subyacía en la minimización del incidente. Yo soy Manolo Lama y me entero, porque se dice en mi emisora, que el autobús del Madrid ha sido apedreado, pero la nimiedad del dato será variable exógena a mi esquema prefijado. Yo he venido aquí a decir que qué bien que el Sporting esté de vuelta y que qué estupenda su afición como aquel otro vino aquí a hablar de su libro.

Hay algo de sentimiento de culpa kafkiano en la manera en que el Madrid se deja fostiar –dialéctica y literalmente- sin rechistar más de lo estrictamente necesario, que con frecuencia es nada en absoluto. Como si fuese el protagonista de El proceso, la obra cumbre del genio praguense, el Madrid sabe que no ha hecho nada, pero le han afeado tantísimas veces su condición perversa, y le han sacudido tantos mandobles a cuenta de su presunta iniquidad, que ha terminado por creer (no en su yo racional, sino en alguna capa incontrolable y ominosa de su subconsciente) que quizá en el fondo merezca todas y cada una de las pedradas, todos y cada uno de los insultos, todas y cada una de las maledicencias de Brotons o el propio Lama. Allá donde va le pintan al autobús del Madrid tantas estrellas en los cristales que ha llegado a creer que sus ruedas, inadvertidamente para él, trituran a su paso gatitos indefensos. “Algo habré hecho”, parece decirse nuestro autobús bajo la lluvia sólida, y eso es lo peor, porque el simple acoso de alimañas mediocres no debería servir, por sí solo, para hacer mella en la autoestima del mejor club de fútbol del mundo, y uno de los que más hace por la comunidad y el mundo en el cual vive. ¿Suena a publirreportaje? Puede ser, pero quizá deberíamos abrazar con mayor afán nuestro propio orgullo ante quienes solo conocen la política del descalabre.

Nunca lo olvidaré. Era el primer Clásico de Sandro Rosell desde que había accedido a la presidencia del Barça. Recibió a Florentino, por vez primera en su condición de flamante mandamás blaugrana, con un boato tan acentuado que denotaba sarcasmo. En la primera rueda de prensa que ofrecían juntos, tras la clásica comida de hermandad, posaron ante los flashes y respondieron a preguntas. Una de ellas permanece en mi memoria de manera indeleble. El periodista catalán tomó la palabra y espetó a Pérez:

-Señor Florentino, el autobús del Madrid ha sido apedreado a su llegada al hotel. Cuando estas cosas suceden, ¿no se pregunta usted si no estarán haciendo algo malo para merecerlo?

Florentino encajó la pregunta con un leve parpadeo de perplejidad. Después carraspeó.

-Disculpe, ¿qué quiere usted decir? ¿Debo entender su pregunta como una invitación a disculparme porque nuestro autobús haya sido apedreado? ¿Espera usted que yo entone el mea culpa, o algo así? ¿Qué hemos hecho nosotros para hacernos acreedores a algo semejante? ¿Es usted tonto del mismísimo culo, o solo un pobre infeliz ahogado en la bilis de un consejo de redacción de odiadores profesionales?

Qué bella es la imaginación cuando deviene válvula de escape hacia el cumplimiento de los imposibles necesarios. El Presidente del Real Madrid no puede (pero atención: ¿realmente no puede?) contestar de ese modo, ni tan siquiera a interpelaciones de esa ralea. Una de las dos cosas (bien pregunta, bien respuesta) que acabo de recrear entra de lleno en el terreno de la anécdota-ficción. Averigüe el avispado lector cuál de las dos partes del diálogo aconteció tal cual la cuento.

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