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Opinión·3 de agosto de 2019

Keylor Navas y sus santos galones

A

Antonio Hualde

Siempre se ha dicho que el Bernabéu es muy difícil. Cierto. Creo que también lo es encontrar a alguien que sea capaz de hablar mal de Keylor Navas, tanto en lo personal como en lo profesional. En las cinco temporadas que lleva aquí, el tico lo ha ganado prácticamente todo, incluido el cariño de la afición. Ha hablado en las derrotas, cuando  pocos querrían hacerlo, y ha sido humilde en las victorias, muchas de las cuales se han debido a sus magníficas intervenciones. Y pese a tener razones para ello, nunca se ha quejado públicamente -ni él ni su agente- del trato recibido. Así las cosas, es normal que la gente le quiera.

No así Zidane. Deportivamente, él prefiere a Courtois. Lícito y respetable por igual. Sin embargo, la lesión del belga puede hacer que la marcha de Keylor vuelva a posponerse, para alegría de muchos madridistas -entre los que me incluyo-. Y pese a no entusiasmarle la idea, Zidane sabe que ahora hay garantías bajo los tres palos. Pero vayamos al tema entrenador.

Charles-Maurice de Talleyrand fue un hombre irrepetible. Destacó en política exterior antes, durante y después de la Revolución Francesa, siendo considerado por muchos el mejor diplomático que ha tenido Francia. En cierta ocasión le preguntaron cómo alguien de orígenes religiosos -fue sacerdote y obispo- se movía tan bien “entre bayonetas”. “Amigo mío, con las bayonetas todo es posible, salvo sentarse encima”. De Zidane podría decirse otro tanto. Aunque con elegancia, jamás rehuye la pelea en el día a día “a bayoneta calada” que supone entrenar al Real Madrid. Lamentablemente, todo parece indicar que va a haber muchos días así esta temporada.

El francés vio venir el tsunami y se marchó antes de que también le arrastrara. Le disgustó profundamente el “no fichaje” de Pogba, así como también que el club se empeñase en fichar a un porterazo como Kepa sin que él lo hubiese pedido expresamente. Y alguna cosa más. Entonces, ¿por qué regresó? Es algo que, en todo caso, hay que agradecerle, con independencia de cuál sea el resultado de esta segunda etapa. Una etapa que, para bien o para mal, es “suya”. El propio Keylor, Bale y James no están entre sus preferencias, así como tampoco Reguilón, Marcos Llorente, Ceballos y parece que Vinicius. Y se muere por Paul Pogba. Reitero, lícito y respetable; él sabrá. Lo que se gane o pierda será con su idea.

Hay clubes que otorgan el poder absoluto a un entrenador concreto -el sueño de Mou-, con  lo que eso conlleva. Otros, en cambio, son más “institucionales” o “presidencialistas” -me viene a la cabeza el Getafe de Angel Torres-, considerando que el mister es un empleado más que debe seguir las directrices marcadas. Lo normal es una mezcla de ambas cosas, y ahí, el Madrid es como el resto. Ha habido y habrá entrenadores con más mando en plaza que otros, pero siempre ha sido el club quien ha tenido la última palabra en materia de fichajes, cantera, etc. Las personas vienen y van, pero las instituciones perduran, y por eso es importante un proyecto estable.

El Madrid tiene ese proyecto. Desde hace muchos años. Ya en tiempos de Bernabéu se tejió una red de observadores -hoy lo llaman scouting- que veían fútbol por todo el mundo y descubrían nuevos talentos para fichar. La política de cantera es francamente buena, aunque también ingrata y discreta. Al igual que la  dirección deportiva, pese a no contar con un referente de campanillas llamado Robert Fernández o Andoni Zubizarreta. No. Antes de que Florentino estampe su firma en un contrato ha habido una ingente labor de vídeos, informes, charlas y un sinfín de cosas que no se ven pero que ahí están. Los resultados lo avalan.

Zidane también tiene su proyecto. Seguramente contaba con Corurtois en la portería, pero las circunstancias han hecho que deba ser con Keylor. Perfecto. Zidane no necesitará darle galones a Keylor, porque éste ya se los ha ganado sobradamente. Es un referente en el vestuario, alguien querido por la grada y un portero inmenso. Es quizá el puesto que menos deba inquietarnos. Las urgencias están en otras partes; lamentablemente, en demasiadas.  El citado Talleyrand decía que “cuando es urgente, ya es demasiado tarde”. Ojalá no tenga razón.

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