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Opinión·2 de septiembre de 2019

Keylor se va: la vida ya no es pura

J

Jesús Bengoechea

"Yo no sé (...) a qué espera el madridismo para elevar a Keylor al panteón de sus deidades predilectas. Ni es el mejor portero del mundo ni falta que le hace. Es algo muchísimo más grande: es (ya por derecho propio y se fiche a quien se fiche para disputarle el puesto) el portero del Real Madrid. También es uno de los mejores del planeta. Y constituye, en el ámbito personal, un prototipo que escasea en la plantilla y que hay que cuidar. Me refiero a ese punto de ingenuidad latinoamericana tan necesario en una atmósfera (la del Bernabéu) tan podrida de maldito escepticismo europeo. El piperismo es Viejo Continente en su más malhadada esencia, y le viene de cine a ese ambiente severo la frescura de gente como Keylor (...).

En un foro tan pleno de absurda solemnidad como el que constituye el estadio de Concha Espina en los prolegómenos de un partido de Liga, solo dos cosas alivian la sensación escrutadora y tensa: los cánticos de la Grada Fans y ese hombre vestido de verde, arrodillado en la línea de gol. Es el punto naïf en medio de un contexto cínico y resabiado. Existe tanta belleza virgen en ese gesto de religiosidad simple y desacomplejada que en ese momento hasta yo, que también estoy viejo y descreído como Europa, cínico y escéptico como gran parte del madridismo, estoy tentado de pensar que esas oraciones tienen de hecho algo que ver con nuestros éxitos.

Si Keylor lo cree, ha de ser verdad".

He escrito muchas cosas sobre Keylor Navas. Le defendí de la xenofobia de parte de la prensa española en un artículo que me hizo saltar a los noticieros ticos, muy para mi sorpresa y modestamente, poco menos como un bienvenido desde la otra trinchera, al otro lado del Atlántico. Le defendí de los zafios ataques del periodista que resucita recurrentemente a Mecano en otra diatriba necesaria ante quienes consideran que por lo visto está muy mal rezar, y le animé a que hiciera lo que le diese la gana (pero sobre todo a que se quedara) cuando fichamos a Courtois. "Ahora, querido Keylor, haz lo que tengas que hacer", le decía en este último texto. "Ojalá lo que tengas que hacer sea quedarte para pelear por el puesto con Thibaut, porque eso nos permitirá no perderte. (...). Eres de los nuestros, carajo, déjame latir contigo mientras lloro lo que celebro o lo contrario, maldita sea. Ojalá sí. Ojalá lo que tengas que hacer sea quedarte".

Y lo fue, pero ya no. Ahora lo que Keylor tiene que hacer es irse, y me he semi-despedido tantas veces ya de él que no sé si me quedan palabras de agradecimiento y despedida. "Pura vida", suele decir y tuitear y practicar él, practicando un eco trasatlántico del leit-motiv conversacional de su hermoso país. Lo malo es que la vida ahora, para nosotros, va a ser un poco menos pura, y lo va a ser precisamente por la pérdida de esa ingenuidad del Nuevo Mundo que siempre nos trae su estampa de deidad indígena. Nunca olvidaré a Lewandowski hincar la rodilla en aquella exhibición de Keylor en el Bernabéu ante el Bayern, el preludio de la XIII y tal vez su partido más memorable con la blanca. Fue como ver a la Vieja Europa claudicar ante un distopía en la que Centroamérica se expande y, en la miniserie correspondiente, hay un futuro con la cúspide de una pirámide emergiendo en medio de una cordillera de nieve.

Ahora que Keylor se va de verdad, solo resta desearle suerte siempre, excepto cuando juegue contra el Madrid, y pedirle que no nos abandone en sus plegarias. Que siga volando de palo a palo consciente de que al aire que surca nos conforma eternamente, lo sepa o no.

Todo lo bueno se acaba. Puta vida.

Y todo lo bueno sigue. Pura vida, Keylor Navas.

 

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