La Copa de Europa lleva sombrero
Antonio Valderrama
Es famoso el anuncio de una sombrerería madrileña en la postguerra que hace poco rescató Pérez-Reverte para uno de sus artículos en el XL Semanal: “Los rojos no usaban sombrero”. El eslogan aludía a una cuestión estética tan importante durante las turbulencias de los años 30 del siglo XX que en no pocos casos fue de vida o muerte. Con el enconamiento ideológico mundial que sucedió a la revolución rusa y al ascenso del fascismo y el nazismo, lo que un hombre llevara en la cabeza se convertía en una declaración de principios de clase ante el mundo: un sombrero delataba a un burgués, a un señorito; una gorra revelaba claramente la presencia de un obrero. Hay un chascarrillo, que lleva camino de convertirse en el nuevo “y el Madrid, ¿qué, otra vez campeón de Europa?”, y que dice que el Madrid no reina en Europa cuando los socialistas gobiernan en España. El Madrid de Zidane ganó su tercera Copa de Europa seguida en mayo de 2018: un mes después, Pedro Sánchez llegó a La Moncloa, Zidane abandonó el banquillo del Madrid y comenzó la peor temporada de la Historia del Madrid en el siglo XXI. Así que es inevitable pensar que a lo mejor, la Copa de Europa usa sombrero.
La Copa de Europa es una institución por sí misma dentro del mundo del fútbol. Tanto es así que la UEFA llegó a ella después, no al contrario. Aterrizó en algo que estaba en marcha, al husmo de su éxito. Entre Bernabéu y unos periodistas de L´Equipe se pusieron de acuerdo para crear algo nuevo que cambió para siempre el fútbol de clubes: un torneo que seleccionaría a una élite, que filtraría a los mejores de cada país y que los enfrentaría cada año para decidir quién sería el mejor de los mejores. No importaba el pasado, todos comenzarían de cero. Incluso, siguiendo esta línea, puede decirse que, desde un igualitarismo absoluto, se buscaba una nueva jerarquía, validada solamente por la capacidad de competir y vencer de cada uno de los clubes participantes. La Copa de Europa lleva sombrero porque se ganó el derecho a llevarlo y conserva algo todavía de esa autonomía de destino, que se manifiesta cada temporada, en cada eliminatoria: si alguien bautizó a la Copa del Rey como el “torneo del KO”, la Copa de Europa sería en este caso Dios atravesando un campo de batalla, destrozando todos los planes preconcebidos de los que en ella luchan, obligándoles, si quieren ganar, a intentar agarrarle el faldón de la levita mientras pasa, como dijo Bismarck. Para ser campeón de Europa no basta con tener los mejores jugadores, ni con jugar mejor. Ni siquiera con tener mucha suerte una vez o dos, como el Tottenham de Pocchetino, que eliminó al Manchester City y al Ajax gracias a una voluntad de hierro y naturalmente a varios azares que una mente impresionable pudiera haber confundido con la intercesión de Dios. A veces, es como si la misma competición eligiera a sus campeones. El Madrid es su favorito.
Hasta el Barcelona, que en ese sentido es la antítesis del Madrid, en el sentido de que disfruta de sus mayores éxitos bajo gobiernos de izquierdas en España, ha ganado una de sus cinco Copas de Europa con un presidente de derechas. El Madrid sigue sin romper esa tradición particular, a pesar de que con la Décima quebró aquella que decía que tampoco las ganaba sin un cántabro en la plantilla. Cabe preguntarse si no será verdad que cuando España sufre el Madrid padece, que como auténtico club-nación el Madrid, equipo del pueblo, refleja las turbulencias sociales y políticas del país. Que cuando gobierna la izquierda se discuten conceptos que pertenecen a un núcleo mitocondrial al que está adherido el Madrid y el madridismo español como una especie de membrana sentimental. Y que, cuando eso ocurre el Barcelona, encarnación de una aspiración real de romper España, suele vivir época de vacas gordas. Cuando se pone en duda la identidad nacional, el Madrid, institución consuetudinaria, ¡pueblo en armas!, siente también los temblores, y eso en la Historia reciente de España ha coincidido con gobiernos de izquierdas. Ahora que no sólo gobiernan en España los socialistas, sino que además lo hacen en coalición con comunistas y separatistas, es como si la realidad política española le tirara un guante blanco a la aristocrática cara de la mejor competición del mundo del fútbol. Pablo Iglesias ha afirmado que este gobierno “progresista” necesita al menos ocho años para cambiarlo todo. ¿Es que no la va a volver a ganar el Madrid hasta que Kroos se saque el título de entrenador?
Ganar la Copa de Europa supone por sí solo acceder a un nuevo estatus, a un club o a una aristocracia del mérito comparable a la Legión de Honor francesa que creó Napoleón para distinguir la nueva de la vieja nobleza de sangre. No hay más que verlo: un equipo gana el título y todo cambia, presume y exige ser tratado de otra manera, si gana varios títulos más puede exhibir un parque distintivo que lo dice todo sin necesidad de acudir a una explicación: el propio Milan, que es el segundo que más Copas de Europa tiene, por así decirlo, el más alto noble después del Madrid, lleva más de una década arrastrándose por el fango del infrafútbol luciendo, como esos grandes duques rusos que vivían en el exilio parisino tras la revolución en cuartuchos miserables, pero con un pedrusco en el dedo, agarrándose al último resto de su grandeza pasada igual que el náufrago se agarra a un madero flotando. Abramovich cuando compró el Chelsea o los petrojeques del PSG y del City lo saben perfectamente, sólo ganando la Copa de Europa sus proyectos de clubes-oligarquías o clubes-Estado adquieren carta de naturaleza. Legitimidad. Prestigio, lo que no se compra con dinero.
El Madrid de Zidane, rodeado desde que el gran hombre de club del Madrid moderno asumiera su dirección deportiva hace cuatro años, de un aura esotérica incontestable, tiene por delante un reto extradeportivo que parece más arduo aún que el de ganar la Copa de Europa sin Cristiano Ronaldo: ganarla gobernando la izquierda, con la nación en el alambre. Si este torneo tiene su código particular, nadie lo conoce mejor que el Madrid, y dentro del Madrid, nadie habla ese lenguaje como Zidane, quizá el numen que habita fuera del tiempo que este club necesitaba para sobrevivir y derrotar a Messi, a la época y al tiempo.


