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Opinión·13 de mayo de 2019

La enorme importancia de los actores de reparto

A

Athos Dumas

Muchas veces, los actores y actrices que interpretan papeles secundarios hacen que la película merezca la pena. En los films de John Ford, ya de por sí superlativos la mayoría de ellos, la importancia de los intérpretes secundarios es

tan notable que hacen que joyas del cine se transformen en obras maestras indiscutibles.

Por ejemplo, Jane Darwell en “Las uvas de la ira” o Sara Allgood en “¡Qué verde era mi valle!”, ambas en sus roles de madres coraje, engrandecen dos películas ya de por sí excelentes, junto a Donald Crisp en esta última.

Soy un entusiasta de “La diligencia”, que cada vez que la veo me parece mejor y ya la habré visto más de veinte veces. Posiblemente, no hay mejor reparto en la historia del cine, desde los protagonistas Claire Trevor (magnífica como Dallas) y John Wayne - en su primer gran papel estelar -, hasta el último de los secundarios, que logran elevar la calidad de la película hasta para mí una de las tres mejores de toda la historia.

En fútbol, la mayoría de la gente se fija en las grandes estrellas. De hecho, muchas veces, vemos en redes sociales que hay aficionados que siguen más a jugadores que a clubs, y que, sin ningún pudor, pasan de ver todos los partidos de Cristiano en el Madrid a no ver ninguno y sí los de la Juventus, simplemente porque lo que les gusta de verdad es Cristiano, su figura y su halo, y no tanto el Real Madrid.

A los jugadores que hacen equipo y que complementan perfectamente una plantilla no les sigue tanta gente. Pero cuantas veces son imprescindibles en los éxitos de los clubs. ¿Acaso no fue importantísima la breve interpretación de Lucas Vázquez en Milán marcando el primer penalti de la tanda al Atlético, como lo fue el trabajo de Barry Fitzgerald como Michaleen Oge Flynn en la espléndida “El hombre tranquilo”? Por ejemplo, cuando Maureen O’Hara le pregunta que por qué no mezcla su whisky con un poco de agua y le contesta Michaleen: “cuando bebo whisky, bebo whisky, y cuando bebo agua, bebo agua”.

La semana que termina hemos visto asombrosas interpretaciones de futbolistas absolutamente inesperados. Auténticos actores revelación. Hace siete días, pocas personas habían oído hablar del belga Origi, del suizo de origen albanés Shaqiri, del holandés Wijnaldum o del joven inglés Alexander-Arnold, habitual suplente de Trippier en la selección inglesa como lateral derecho. Como poco se recuerdan hoy en día a los secundarios fabulosos del reparto de “La diligencia” como George Bancroft (el sheriff), Andy Devine (el conductor del carruaje), Donald Meek (el comerciante), Berton Churchill (el banquero) o Louise Platt (la mujer embarazada del capitán de caballería). Alguien aún sabrá quién son los más conocidos John Carradine (el jugador de cartas) o Thomas Mitchell (el doctor borrachín); éste último logró aquel año de 1939 el Oscar al mejor actor secundario compitiendo contra él mismo en su otro gran papel como padre de Escarlata O’Hara en “Lo que el viento se llevó”.

Todo el mundo conocía al célebre tridente Salah-Firmino-Mané, pero el pasado martes 7 de mayo Jürgen Klopp tuvo que recomponer a su dolorido equipo, huérfano del egipcio y del brasileño, para tratar de remontar el engañoso 3-0 que encajó su Liverpool en Barcelona 6 días antes. Ni corto ni perezoso, Klopp tejió una trampa mortal sobre el flanco izquierdo del equipo culé, y Shaqiri, pese a fallar un pase en cada escena, poniendo en valor sus carencias futbolísticas, se pudo merendar plácidamente a Jordi Alba con un incansable esfuerzo físico, que desquició al habitual gran lateral piscinero, que padeció una noche infernal. A Jordi Alba, cuyo histrionismo es más propio de las películas de los hermanos Calatrava,  le remató Alexander-Arnold en sus incursiones en el segundo tiempo, con el gol que hacía el 2-0 de los Reds a pase suyo, tras sustraer el balón al lateral zurdo culé y dejar retratado a Rakitic - que debía de estar pensando en la caseta sevillana de la Feria -.

 

El último gol fue una genialidad del lateral inglés, digna de Thomas Mitchell en “La diligencia”, por lo inesperado de su hazaña: el córner dejó tan boquiabiertos a los jugadores culés como Mitchell, completamente ebrio, y encarnado a Doc Boone, dejó boquiabiertos a sus compañeros de viaje al asistir perfectamente al parto del personaje de Louise Platt.

Previamente, el torpe Shaqiri (quizás como Andy Devine, el patoso conductor de la diligencia), había logrado un centro espléndido desde la izquierda que puso en la cabeza del inesperado Wijnaldum, héroe de la noche por accidente como también lo es en la obra de Ford el jugador de ventaja interpretado por el gran Carradine.

El otro héroe silencioso, Divock Origi, habitual suplente de Lukaku en la selección belga y de Firmino (e incluso de Sturridge) en el Liverpool, cumplía con su papel de sheriff aseado y preciso (como George Bancroft), disparando dos tiros mortíferos que acribillaron al gran meta Ter Stegen, que había empezado el partido como protagonista y lo acabó de recogepelotas de tantas veces que tuvo que caminar hasta el fondo de la red.

El papel desagradable del banquero (Berton Churchill), que al principio de la película parecía ser el ciudadano ejemplar, íntegro, recto y honesto, se lo llevó sin duda en la segunda parte Luis Suárez, que, aparte de protestar y poner malas caras, reveló su verdadera cara con desidia y nada de solidaridad con sus compañeros. Messi, directamente, no intervino en la película, ni siquiera como figurante, si acaso como un cactus en Monument Valley.  Hay una imagen genial de Movistar en la que se percibe que Messi ni está mirando cuando marca su último gol el Liverpool. Lio se entera que está, una vez más, fuera de Europa, al escuchar los rugidos de “This is Anfield” - más acongojantes que los de la marabunta de la película de Charlton Heston y Eleanor Parker - cuando Origi anota el cuarto tanto de la noche.

 

Recomiendo encarecidamente que vean “La diligencia” a los que no la han visto y que la repasen los que la vieron en su momento. Es como una lección de vida, en la que lo que se nos muestra al principio va evolucionando fotograma a fotograma. Los personajes van madurando paulatinamente y lo que se ve al final tiene poco que ver con el inicio, cuando los pasajeros montan en la diligencia en la población de Tonto, Arizona (se llama así el pueblo, no sean mal pensados), en dirección a Lordsburg, Nuevo México. Los secundarios de la película son tan magníficos que casi llegan a hacer olvidar al gran John Wayne (también pasó en Anfield: casi nadie tuvo que acordarse de Salah).

Grande John Ford. Grande Dudley Nichols, su guionista. Y Grande Jürgen Klopp al haber sabido leer a la perfección el guión y hacer de su equipo una verdadera piña con varios objetivos: divertirse, divertirnos y, además, cometer una enorme heroicidad. Vean “La diligencia”: además de épica, es francamente divertida. Como lo fue la noche del 7 de mayo de 2019 en Anfield Road.

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