La excelente y lamentable tragedia de Kylian Mbappé
Mario De Las Heras
Tuchel tiene pinta de ser un entrenador intervencionista, como los Estados. Son esos entrenadores que gustan de fastidiar a sus jugadores franquicia para, desde ellos, impulsar su personaje. Es una especie de parasitismo. Tuchel da la impresión de estar parasitando a Mbappé. Como si lo utilizara para salir en las fotos, para estar en el candelero.
Lo contrario de un entrenador intervencionista puede ser un entrenador de libre mercado. Un director de orquesta que mueve su batuta en el aire y los jugadores tocan, observando con alternancia su partitura y el baile manual del director. Yo imagino a Zidane dirigiendo suavemente a Kylian, ese violín, y ya me dejo mecer por la melodía que viene.
Tuchel tiene aspecto de brusco. De nervioso. Con una suerte de intrínseco guardiolismo alemán que te asalta. Es ese repente pepesco, ese ademán histriónico que no deja que siga la música, que la interrumpe para hacerse notar, para hacer de su ruidoso desafinado una virtud. Lo imagino saltando como una rana apoyándose en la figura de Mbappé. De hecho, ahora mismo el PSG es una charca.
Yo lo voy a llamar Rebelión en la charca. Una nueva distopía orwelliana en la que Tuchel salta y salta sin cesar sobre Mbappé en un intento desesperado por vencer al amenazante ostracismo. Y, mientras tanto, Kylian se pone a dar “me gusta” en Instagram a los jugadores del Madrid tras la victoria ante el Malakito. Todo encaja.
O mejor, nada encaja en esta historia parisina entre sus dos protagonistas. El guardiolismo teutón, la aspereza como instrumento. Tucheles, Mbappés, Snowballs y Napoleones... Y el Madrid que aparece como el boticario de Romeo y Julieta: “Mortales venenos tengo; pero la ley de Mantua castiga de muerte a todo el que los vende”.
Se observa un renovado interés y una creciente ansiedad entre el antimadridismo por el futuro desenlace de esta tragedia próxima. Ay, este Romeo adolescente los quebraderos de cabeza que está ocasionando a ciertos Capuletos, y eso que todavía no ha llegado a Madrid, si es que llega. Pero la posibilidad que se fortalece con los gestos del enamorado está destrozando los nervios de muchos vecinos de la bella Verona, escena de nuestro cuento.
Ya no pueden ocultar su inquietud y tratan de ensuciar del modo habitual al pretendido futbolista, estrella entre estrellas. El jugador llamado a dominar el fútbol mundial los próximos años, al que el destino parece encaminar sin remedio a Chamartín como primer violín en la asombrosa orquesta de Zidane.
Unos hablan de desplantes a su inquieto entrenador. Kylian es armonía, redondez. Suavidad sobre la yerba y su esplendor. Otros aseguran que tiene problemas de actitud. Problemas de actitud en el reino de Neymar. Leer para creer. Se ha escrito hasta de la “ambición desmedida” del delantero de Bondy.
Todas ellas evidentes razones torpedísticas sobre la figura del jugador francés, al que ya tratan como si fuera un Madrid en sí mismo. El Real Mbappé que les atormenta, sabedores de que no hay otro lugar donde pueda (ni probablemente quiera) ser más feliz que aquí, donde Zidane no lo zarandeará ni lo abrazará posesivo, y sí le hará correr libre como Ben-Hur a sus caballos blancos para levantar a todos de sus asientos en este circo máximo.

