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Opinión·13 de enero de 2020

La MiniUndécima

J

Jesús Bengoechea

En ocasiones no importa demasiado si el título que gana el Real Madrid es de relativa poca monta porque es el propio Real Madrid quien le da la enjundia necesaria. Quillo Barrios habla en su crónica de la Final de la Supercopa (un partido de una intensidad agotadora para el espectador, pese a que hubiera que llegar a los penaltis para ver un balón en la red) de “aromas de San Siro”, y está magnifícamente bien tirado.

Como en San Siro, se ganó una Final al Atleti en los penaltis tras 120 minutos de infarto. Como en San Siro, uno de los palos se alió con el Real Madrid en uno de los momentos decisivos de la tanda. Como en ese momento y lugar, Sergio Ramos se erigió en héroe supremo, en el primer Milán marcando el gol del partido, en el Milán arábigo anotando el penalti postrero, sustituyendo al ausente Cristiano. Fue una especie de MiniUndécima, porque se parece a la Champions XI pero tambien porque es la Undécima Supercopa, que ya es casualidad. El Real Madrid va tan sobrado de Historia que se regala miniaturas de sus propios títulos. La cosa adquiere caracteres de inevitable arrogancia. El buche del anti ya no puede deglutir tanto como le llega y tan primorosamente cocinado, con tantísimas dosis de sarcasmo por parte del Destino. El Destino está tomando de su propia medicina desde que hizo perder al Madrid dos Ligas consecutivas en Tenerife.

Esta Supercopa se ha gestado con la práctica totalidad de la delantera del equipo viendo el partido desde Madrid entre réflex y fortasec. Sin Hazard, sin Bale y sin Benzema. Tú quítale al Barça a Messi, Suárez y Griezmann y verás cómo no llega ni a la simple Final de una Supercopa (sin perjuicio de que tampoco sea capaz de llegar contando con ellos).

El Madrid, en la escasez, se pertrecha de peso específico y lo deja todo en manos no de la sonrisa de Zidane, sino del arcano que hace a Zidane sonreír mientras el resto del mundo tiembla. Zidane no juega Finales sino que las gana, cosa que no suele pasar a las personas sino en todo caso a los equipos, a un equipo en concreto, mejor dicho. Caramba, qué coincidencia, como dirían Les Luthiers, esos grandes madridistas que tantas glorias firmaron en la misma milla de oro del Bernabéu.

El Madrid, en la escasez, se pertrecha de peso específico y lo deja todo en manos no de la sonrisa de Zidane, sino del arcano que hace a Zidane sonreír mientras el resto del mundo tiembla.

Zidane acierta hasta cuando se equivoca, de manera que no vale la pena protestar. No vale la pena protestar porque quite a Jovic cuando el serbio ha facturado las tres mejores ocasiones del partido. No vale la pena protestar porque no saque a un especialista en penaltis cuando quedan treinta segundos para el término de la prórroga porque la jugada, con pocos especialistas, le va a salir bien igual. Y no es que no valga la pena protestar airada ni públicamente, sino que es fútil el ensayar siquiera un ademán de desaprobación casi imperceptible en la soledad de tu cuarto y frente al iPad. Todo es fútil. Todo afán de hincha que cree saber es en vano con Zidane. No hay mejor camino a la humildad que el que marca el cabreo con sus decisiones.

Y luego está lo de esos dos colosos. Fue la Final de todos, porque el esfuerzo fue sobrehumano y se apoyó sobre un talento técnico y táctico global que, ante un rival incomodísimo, nunca debió desembocar en los penaltis, pues se debió haber resuelto mucho antes. Pero lo de Valverde, nombrado MVP, fueron palabras mayores. El mejor en defensa y ataque de ese centro del campo superpoblado por ambos equipos devino también esencial en una falta sobre Morata, en el último suspiro de la prórroga, que propició los penaltis que sus compañeros aprovecharían aunque él ya no pudiera acompañarles en el trance. Los medios, muchos tuiteros atléticos y periodistas deportivos de la misma adscripción (valga la redundancia) claman por la dureza de la acción. Es lo que tiene ser más cholista que el Cholo, quien ridiculizando a muchos de sus propios seguidores felicitó al Pájaro cuando se dirigía a los vestuarios.

Es lo que tiene ser más cholista que el Cholo, quien ridiculizando a muchos de sus propios seguidores felicitó al Pájaro cuando se dirigía a los vestuarios.

El otro héroe de la Final es por supuesto Courtois, definitivamente desembarazado de ese estigma de héroe caído en desgracia y en las manos turbias de la noche. Un portero descomunal que detuvo incluso un penalti y que (en el estado de gracia que está) quién sabe si no habría incluso salido con éxito a los pies de Morata si Valverde no hubiera cortado por lo sano.

La Supercopa se la lleva el invitado y quienes se creían dueños de la casa aúllan en la penumbra de su sinvivir.

 

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