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Destacados·4 de diciembre de 2020

La muerte del hincha

A

Antonio Valderrama

Se murió Maradona y con él ha muerto también un modo de concebir el fútbol. Me refiero no ya como negocio sino como idea. Con Maradona también se ha muerto el hincha, que era el enamorado del fútbol: el hincha de un equipo, el hincha de un club, el que puede cagarse en las muelas hasta del utillero en caso de derrota, pero que ofrecerá siempre su amor incondicional al domingo siguiente. Lo ha descrito muy bien Antonio Díaz en Tuiter, en la mejor despedida a Maradona que he leído desde el miércoles. «Maradona proporcionó una patria, una fe y una guerra a los don nadie. Le dio a la gente un motivo para no querer morirse antes de tiempo». Esta noción del fútbol como una manifestación del amor, como una causa personal, identificación tribal, ciega, devoción propiamente dicha, está en vías de extinción y la muerte del individuo que se transubstanció en una nación es como una forma de certificarlo. El fútbol como «forma de hacer la guerra por otros medios» que se decía antes ha pasado a mejor vida, quizá otro indicio más de la enebeaización del juego de la vieja Europa. Quizá otro indicio más de la muerte de Europa, continente viejo y apolillado.

Que el Madrid perdiese a los tres días, otro hecho luctuoso, dio pie a otra escenificación de esta transformación, evidente en las redes sociales, que son la vanguardia de la revolución, como el Partido en la teoría comunista. El hincha convertido en cliente. Y desde chicos se nos ha dicho que, en los trabajos de cara al público, el cliente tiene la razón. Como tal, el hincha, degradado a mero consumidor, ya no ama incondicionalmente (lo que implica que tampoco se cabrea como una mona, erupción del volcán del amor que siempre acaba en el regreso al objeto amado, en la dulce sumisión, en el manque pierda) sino que analiza. Disecciona, con el alma fría de un cirujano.

Maradona altar

Con Tuiter, un podcast, un canal de Youtube o un blog, no ya es que cualquiera pueda sacarse de la vanidad el entrenador que lleva dentro, sino que el fútbol mismo, tal y como lo conocimos, muta en otra cosa. El hincha ahora es analista, opinador, experto, intérprete, exégeta, hermeneuta, voz autorizada, cliente insatisfecho y consumidor cuya lealtad hay que conquistar partido a partido, pues la competencia es amplia y feroz en un mercado global. Es decir, el hincha es ya de todo menos un hombre enamorado, que es lo que era antes el hincha. Por si fuera poco, habla muy raro. Se expresa en un lenguaje artificial, incomprensible, que no comunica, que no ahorra en metraje morfosintáctico y lexicosemántico. Un lunfardo, en una palabra, que no entiende más que una casta de arúspices, y que se ha apoderado de todo. El fútbol, poseído por un sesudo cientifismo, se cuenta tan mal como antes, con el «periodismo de bufanda», del que ahora todos reniegan aunque la cabra siempre tire al monte, incluso en los más excelsos platós y en las más asépticas revistas. Pero ocurre que al menos el bufandeo parecía de verdad, porque se parecía al futbolero de antes, que de bloques altos no sabría, pero sabía cuándo su equipo jugaba bien, o jugaba mal.

Es decir, el hincha es ya de todo menos un hombre enamorado, que es lo que era antes el hincha. Por si fuera poco, habla muy raro. Se expresa en un lenguaje artificial, incomprensible, que no comunica

El aficionado-cliente es «exigente», es decir, hace «autocrítica». Esto de la autocrítica es importante. Al Madrid de Zidane no paran de hacerle autocríticas todos los días. Esto no es nuevo. También el año del doblete (sólo hace tres, pero es como si estuviéramos hablando del siglo V aC, de la Atenas de Pericles) las autocríticas caían como granizo tras cada partido. La eterna insatisfacción del madridismo («el madridismo es muy exigente, como el público de Las Ventas», otra flatus vocis) que antes se quedaba en atmósfera enrarecida del estadio, ahora gobierna las almas cada día, cada hora, gracias al fuel continuo de los mapas de calor, las estadísticas más variopintas y el desciframiento de frames de vídeos donde la «transición defensiva» y la «transición ofensiva» son desmenuzadas con profusión de flechitas de colores.

De lo que se deduce que el aficionado-cliente, el consumidor gourmet del fútbol moderno, es también un estudioso talmúdico. Siglos reinterpretando las Escrituras, semanas que son milenios descuartizando saques de banda.

mapa de calor fútbol

Todo esto trasluce un desarraigo, una distancia emocional con el juego, con los equipos, con los símbolos, que no sé yo hasta qué punto no estará condenando al fútbol a una desaparición más o menos inmediata. Las adhesiones se elevan como el humo de una chimenea, hacia el cielo de lo abstracto, de los ideales. La gente ya no es de tal o cual equipo, la gente es del que «juega bien», del que «hace disfrutar» viéndolo. Como a todo lo que se despoja de misterio, como la monarquía, la religión o las grandes ideas, como a todo lo que acaba sometido a la explicación absolutamente racional, al fútbol le puede pasar que llegue un día en el que la gente se pregunte por qué sigue viendo los partidos, olvidadas las identidades, esa cosa populista del pasado. El fútbol hiperexplicado, sin gente en las gradas y desvirtualizado por unas reglas VAR absurdas, está escindiendo la dualidad primigenia sobre la que se asienta el fenómeno de masas, la del supporter - club. Cuanto más lejos está el santo, más grande la devoción.

El fútbol hiperexplicado, sin gente en las gradas y desvirtualizado por unas reglas VAR absurdas, está escindiendo la dualidad primigenia sobre la que se asienta el fenómeno de masas, la del supporter - club

El fútbol, alejado de lo inefable, que es lo que no se puede contar (o sea, explicar), se convierte en un «deporte», por fin, de modo que lo importante no es asolar el poblado del vecino y raptarle a sus mujeres sino «jugar bien». «Construir». La importancia de este verbo en el fútbol explicado de nuestros días habla bien a las claras de la transferencia que se ha producido en la psique del aficionado: no se trata de ganar, sino de construir, que es el jogo bonito antiguo, luego tiki-taka, pasado por el tamiz mecanicista del periodismo-narración contemporánea. Si el fútbol tiene unas leyes materiales que pueden deducirse e interpretarse, separando cada una de las piezas que componen el todo orgánico del balompié, entonces se pueden establece teorías acerca de su funcionamiento. Se puede alcanzar el nirvana guardiolista del fútbol como categoría moral a través la suma de sus componentes. Esto sólo sirve, naturalmente, si de toda esta pseudociencia se elimina el ambiente, el azar, el factor humano, lo anímico, el pathos, todo lo que se traduce en una palabra: imprevisibilidad, característica fundamental de la naturaleza del fútbol cuando, en lugar de ser un sport, era sencillamente un juego, un simulacro relativamente no sangriento de la guerra y, por lo tanto, una tragedia.

Zidane agresión Luis Enrique

El hincha defendía lo suyo, precisamente porque era suyo. El club era una extensión de su familia, un amigo. El aficionado, en cambio, se identifica con el esquema de juego, lo mismo mañana el del Atalanta, que pasado el del Leipzig. Ama «el fútbol», pero como decía Dostoievski, si se ama a todos los hombres que hay en la tierra, en realidad no se ama a ninguno. No se puede.

Y el fútbol, reducido a mero negocio, a otro deporte más, sin mística, sin rituales, sin magia, entra de lleno en el mismo mercado que los demás deportes de masas: baloncesto, tenis, rugby, hockey sobre hielo, béisbol…¿qué lo diferencia de todos los demás? Porque, siendo honesto, sin el drama, el fútbol, y más videoarbitrado, es un juego poco atractivo, menos aún para el público tiktokero fagocitador de imágenes de minuto y medio que se supone ha de tomar el relevo de los hinchas.

Este trasvase de sentido, este ir del mito al logos, seguramente deje fuera del negocio a mucha gente. A mí el primero. Entradas más caras, camisetas más caras, finales más lejanas; Europa se empobrece y el fútbol se acopla al movimiento centrípeto que está llevando al mundo hasta el sudeste asiático. Que es donde está ahora el dinero. Seguramente sea la evolución natural, pero el gran salto adelante viene envuelto en una música que más parece ruido, con equipos desnaturalizados, a un paso de convertirse en franquicias a las que es posible, cientos de millones de euros mediante, llevar de un sitio a otro. Si es posible jugar un Mundial en Qatar o levantar un Louvre en Abu Dhabi, si se puede jugar la final de la Champions en Nueva York o plantear un Betis-Getafe en Cleveland, ¿a cuánto estamos de ver al Madrid afincarse, por ejemplo, a orillas del Mar Rojo, por mil millones de euros por temporada! ¡Así se podría competir con el PSG y el City y fichar, por fin, a Mbappé! Al que se verá como un holograma desde las viejas pantallas de las antiguas tascas, reconvertidas seguramente en comedores sociales.

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