Laporta, el enemigo decente
Antonio Valderrama
Las elecciones al Barcelona se presentan entretenidísimas, en parte por la situación financiera, que amenaza bancarrota, y en parte por los que se presentan. Todo lo que pasa en Cataluña, desde hace tiempo, parece un gag de Polonia, el programa aquel de TV3. El Barcelona es un elemento capital del proceso de nation building catalanista y controlarlo no es baladí, es controlar la principal institución política de Cataluña, un ministerio de la propaganda en sí mismo de alcance incomparable, sobre todo en el extranjero. En estas elecciones además parece que va a dirimirse algo más que la próxima junta que lo dirija, puede que «el soci» esté eligiendo, sin saberlo, a la última, a la que conduzca al club a la conversión en sociedad anónima para evitar la quiebra. El caso es que uno de los que se presentan es Joan Laporta, el tipo que siempre se me viene a la mente cuando recuerdo el tifo aquel de los ultras sur en un derby contra el Atlético de hace casi una década: se busca rival decente, etcétera.
Yo reconozco que Laporta me cae muy bien. Como madridista, verlo de presidente del Barcelona me da mala espina. Pero luego pienso que sólo un tipo así, osado, caradura, deslenguado y con la mirada alta, puede sacar a Florentino de una gobernanza acomodaticia. Prefiero un Laporta a mil Bartoméus, del mismo modo que prefiero un Barcelona fuerte a uno arruinado y a un tris de la quiebra: al Madrid no le conviene vivir sin enemigos, sino enemigos fuertes y atrevidos.
prefiero un Barcelona fuerte a uno arruinado y a un tris de la quiebra: al Madrid no le conviene vivir sin enemigos, sino enemigos fuertes y atrevidos
Laporta fue el primer presidente del Barcelona que no parecía un envarado y mustio comercial de aspiradoras del Corte Inglés. En él se da una curiosa mezcla de chulería muy castiza y muy madrileña y de charlatanería muy fenicia y muy catalana. Como último representante de una estirpe de directivos del fútbol español prácticamente extinta, tiene una vena pop muy pronunciada. Se le conoce como Jan, que suena guay, «cool», algo así como un nuevo «Don Manué» en versión catalana y por lo tanto, vanguardista, porque ya se sabe que en ese inmenso plató de televisión que es Cataluña, habita «lo más avanzado de España», que suele ser un remedo casposo de lo francés. No obstante, Laporta ha logrado incrustar en el imaginario colectivo de los aficionados chascarrillos felices como aquello de «¡al loro, que no estamos tan mal!» o la imagen, sonriente, bronceado, a la vuelta del mejor verano de la historia de su club, diciendo que estaba «tricontento» a pesar de que su propia Junta Directiva le estaba preparando unos idus de marzo. En 2004 le ganó nada menos que a Bassat, el Bertram Cooper español, y lo hizo con esa misma fusión de chusquería cañí y modernidad de publicista. Ahora, regresa por todo lo alto con una acción marca de la casa: un cartelón gigantesco con su cara frente por frente del Bernabéu. Cuando lo vi, he de confesarlo, se me cayeron dos lagrimones. Ah, el sabor olvidado del viejo mundo.
Laporta se declara independentista, pero uno tiene siempre la sospecha, con gente así, de que eso, la adscripción pública a la idea dominante, no es otra cosa que camuflaje. En todo caso, «Jan» es un Puigdemont, en contraste con los Junqueras. Desconoce la vergüenza, es un divo, un clown, pero entrañable. Y muy divertido. Ahora que todos los presidentes del fútbol profesional son iguales, es decir, mortalmente aburridos, Laporta evoca el mundo aquel en el que Núñez decía que tenía dinero para comprar el Madrid, Jesús Gil lo llamaba «el enano de Las Ramblas»; Mendoza se hacía fotorreportajes en el Caribe con las seis Ligas consecutivas antes de palmar la primera en Tenerife, y los presidentes de Betis y Sevilla se llamaban maricón y borracho el uno al otro en la comida de directivas, teniendo que acudir una delegada del Gobierno a calmarlos. Era otro mundo y Laporta es un eco de todo aquello, un mundo quizá más viril y más cutre, pero seguro que también más verdadero, menos «cordial» y almibarado. Laporta es como una última copa de estranjis cuando están cerrando el garito. Sobre todo, es un cínico, y con los cínicos uno puede entenderse. No en vano, Laporta es heredero directo de todo aquel magma de constructores inmobiliarios, pelotazos urbanísticos, fullerías con Hacienda, presidentes-estrella, peleas a puñetazo limpio en la sede de la Federación, destituciones en antena e insultos en prime time, como cabeza visible durante años de la oposición al nuñismo. Los cínicos hacen la vida más sencilla, nada más que con su displicencia, tan diferente de la sequedad fanática de los Gaspares.
Laporta se declara independentista, pero uno tiene siempre la sospecha, con gente así, de que eso, la adscripción pública a la idea dominante, no es otra cosa que camuflaje
Su biografía es la de un Julien Sorel, advenedizo de oro que se cuela en la alta sociedad barcelonesa con un braguetazo y que luego sigue escalando a base de un derroche permanente de sonrisas, confianza en sí mismo, cara dura, promesas y audacia. Ha sido diputado en el parlamento catalán y concejal en el ayuntamiento de Barcelona, abogado del cónsul japonés, novio de pornstars, cierrabares ilustre y vividor a tiempo completo. Sus juergas en el Mediterráneo crearon escuela y siendo presidente del Barcelona se comentaba en la prensa que le tenía puesto un apartamento en el centro de la ciudad a sus amantes y un reservado en los restaurantes de moda: un auténtico gran duque ruso de los tiempos de los zares. Es uno de esos tipos claramente españoles que da la literatura a lo largo de los siglos. Se dio a conocer al mundo emulando a Florentino, erigiéndose en su némesis al quitarle un galáctico al don del momento: Ronaldinho, que estaba apalabrado para 2004, acabó en Barcelona en el verano del 2003, como respuesta audaz al fichaje de Beckham por el Madrid, baluarte de la propaganda laportista de cara a esas elecciones. Eso, el guiño del azar, la baraka, también lo tiene, y en la vida, y qué decir en el fútbol, no es poca cosa, precisamente. Sus dos grandes aciertos deportivos fueron accidentes de la fortuna. Su galáctico era Beckham y su entrenador top, Mourinho. Sin embargo, se quedó con Ronaldinho y con Guardiola. Cambió la historia sin quererlo, como suelen pasar estas cosas.
Laporta cae muy mal a eso que se conoce por oficinismo madrileño porque presume con su misma chulería castiza. Tiene lo del primer florentinismo, el ir a por el crack que esté de moda con la seguridad de traérselo, y tiene eso como digo del presidencialismo ochentero y noventero: es el último Gil, el último Lopera, el último Mendoza que queda en el fútbol español. También cae mal porque es el único presidente del Barcelona del que se tiene constancia de que puede hacerle daño al Madrid. Esto no es baladí. Pero, ¿es malo?
Es el último Gil, el último Lopera, el último Mendoza que queda en el fútbol español
En clave madridista, no tengo dudas: es muy bueno. La historia reciente ha demostrado que un gran Barcelona conlleva un gran Madrid: la estructura deportivo-económica del club se despereza, como un gran felino, y se quita de encima el óxido y el moho, cuando en frente hay una amenaza muy real y muy directa. El mejor Florentino siempre ha respondido a amenazas monstruosas, como el riesgo evidente de acabar siendo una SAD en el año 2000 y como la enormidad deportiva y cultural que supusieron Guardiola y Messi. Fruto de la gestión laportista, naturalmente. Además, Laporta se ha creado su personaje siguiendo la tradición más genuina del antimadridismo ambiental, o sea, contra el Madrid. Todas sus acciones, todos sus gestos, el cartelón en La Castellana, aquello de que el 2-6 era el cuarto título del año del triplete, reproducen el sentimiento original de inferioridad que está en la base de la animadversión barcelonista al Madrid. De la envidia, uno de los grandes motores del hombre, junto con el odio y, por supuesto, el amor. Qué duda cabe que la fijación laportista por el Madrid tiene mucho de amor freudiano. También en la fijación con Florentino, o con el florentinismo. Además, en la distancia corta, como todos los dandis, los pantagrueles y los populacheros, parece un buen tipo. Rafael Verdú me confesó, cuando lo entrevisté, que era el presidente, después de Florentino, de quien guardaba un mejor recuerdo, por echao palante y por atento: le prometió la camiseta de Messi firmada, y se la envió. Si el Madrid afronta en este año 2021 un proceso electoral opuesto por completo al del Barcelona, qué mejor que la balsa de aceite de la «pax florentina» la remueva un ogro que recuerda las peores humillaciones deportivas infligidas por el máximo rival, pero también la necesidad continua de renovarse para seguir siendo los mejores.

