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Archivo·19 de agosto de 2015

"Le ha salido bien al gordo"

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Editorial La Galerna

Buenos días. No digáis a nuestras madres que nos gusta Marcelo porque ellas piensan que somos fans de Dani Güiza y Dimitro Chigrinskiy. No queremos que se quiebre su inocencia y lleguen a conocer la verdad incómoda: tanto hablar de fútbol y resulta que sus hijos no tienen ni la más reputísima idea de la materia, como prueba el hecho de que les guste el anárquico lateral brasileño. Nuestras madres tienen cuentas en Twitter y, por consiguiente,saben muy bien que es condición indispensable para ser buen conocedor del balompié el profesar un odio sarraceno al talento ingobernable del de los pelos. Hoy el de los pelos es protagonista por haber marcado un gol sensacional, pero no les contéis a nuestras madres que lo cantamos con júbilo, pues bien saben ellas que lo que procedía ayer cuando Marcelo hizo arte del descaro y batió a Muslera tras una jugada inenarrable era una sonrisa displicente y un somero: "Le ha salido bien al gordo".

marca genio marcelo

portada as marceloSi en esta vida quieres molar, debes odiar a Marcelo. No hay cosa menos cool, futbolísticamente hablando, que tener alguna consideración por él. Es como si te gustara Abba. No digáis a nuestras madres que nos gusta Abba, porque ellas piensan que somos groupies de El Canto del Loco.

Por supuesto, la obligatoriedad de odiar a Marcelo (en el sentido tuitero del término odiar, es decir, ser un hater) solo se impone si eres aficionado del Real Madrid. Si eres barcelonista o atlético, puedes profesar alguna admiración por las cualidades del lateral, aunque vivirás bajo la sospecha de admirarle desde tu antimadridismo, es decir, admirarle precisamente porque en tu fuero interno eres consciente de la verdad objetiva: Marcelo es indiscutiblemente pernicioso para el equipo blanco y nada en este mundo redime su falta de solvencia defensiva, que además es siempre dolosa y adjudicable, esté en el peso que esté en ese momento, a su propensión a pasar cada domingo y fiesta de guardar en un Dunkin' Café del norte de la capital. Quienes guardan las esencias de la verdadera sapiencia futbolística -que por supuesto coinciden alma a alma con quienes guardan las del auténtico madridismo- aborrecen a Marcelo con una severidad llena de trascendencia, y consideran que no desear la rescisión de su contrato e inmediata deportación al Zénit es cosa que debería estar muy penada.

Nosotros (que Dios y nuestras madres nos perdonen) somos muy conscientes de los defectos de Marcelo, pero seguimos pensando que atesora virtudes suficientes como para compensar, aunque no siempre compense (pero a veces sí compensa, como en Lisboa, donde revolucionó el partido). Seguimos pensando que un entrenador capaz de hacerle compaginar su vértigo ofensivo con una concentración adecuada en tareas defensivas puede sacar de él lo mejor, pero no lo mejor suyo -lo cual ya ha ofrecido con lamentable discontinuidad-, sino lo mejor que cualquier lateral izquierdo haya sido capaz de brindar a ningún equipo jamás, con perdón del irrepetible Roberto Carlos. ¿Por qué no pensar que Benítez, un hombre que se carga de razones con un iPad que encierra todas las verdades de la ciencia, puede ser ese entrenador? Algún alma artera responderá que no parece Benítez, desde luego, el más adecuado para guiar a Marcelo, de entre todas las ciencias, por los esforzados senderos de la dietética. Cómo sois, de verdad, y qué bien os conocemos.

Sí. Sabemos que su inveterada tendencia ofensiva deja al equipo frecuentemente desguarnecido. Pero seguimos preguntándonos: ¿eso no puede reconducirse?

Sí. Sabemos de sus proverbiales despistes y falta de concentración cuando ataca el rival. Pero seguimos inquiriendo: ¿eso no puede enmendarse?

Sí. Sabemos que propende a ganar peso y que le cuesta soltar ese lastre una vez lo adquiere. Pero seguimos esperanzados, máxime tras haber visto a media cuñada desaparecer los tras rigores de una operación Dukan-bikini: ¿eso no puede arreglarse?

Y agregamos, ya en pleno ataque de fe incauta: si la respuesta a estas preguntas fuese por ventura SÍ, ¿no nos encontraríamos definitivamente ante el mejor lateral izquierdo del planeta? ¿No es ya uno de los mejores aun con esas graves lagunas? No podemos molar menos haciéndonos estas preguntas, y no obstante se nos escapan por la garganta a borbotones, que es como brota siempre el positivismo.

Otra cosa que sí nos inquietó ayer, al verle subir al palco presidencial para recoger junto a Ramos el Trofeo Bernabéu, es el sorprendernos preguntándonos si Marcelo está preparado para ser un buen capitán. La baja de Casillas le ha posicionado así en el escalafón, y este debate sí nos parece estimable, enlazado con el más atemporal de los criterios para la adjudicación de la(s) capitanía(s). Ya saben: veteranía versus mérito, calendario versus democracia de vestuario (o imposición del entrenador, en su caso). Interesante cuestión, de la que ya se ha hablado y sin duda se hablará aquí.

pique no insulte

sport.750 (7)Mientras tanto, en Can Barça, siguen enfadadísimos con Franco, Aznar y Ruiz Gallardón por la expulsión de Piqué en la Supercopa. No es para menos. Según el acta de Velasco Carballo, el jugador tuvo a bien defecar dialécticamente sobre la madre de uno de los colegiados, a la que además tildó de barragana, hetaira o mujer de vida horizontal, extremo que niega el célebre defensa. ¿Y a santo de qué vendría dudar de la palabra de un ciudadano que escupe en la nuca de un directivo de la FEF en un descuido de este, como chispeante manera de celebrar un Mundial? ¿Qué sentido tendría poner en entredicho el testimonio de un señor que se enfrenta a la autoridad vial, se burla de sus rivales y saca a colación públicamente episodios de la vida personal de sus adversarios deportivos? Nosotros no encontramos el menor motivo para dudar de la palabra de Piqué.

Poco más puede decirse de Piqué tras lo ya dicho por Paul Tenorio en estas mismas páginas. Si acaso, podríamos agregar que todo apunta a que le van a caer unos cuantos partidos de sanción que a buen seguro abundarán en la inquina culé contra el modo en que el Generalísimo sigue manejando los hilos de la justicia deportiva desde un umbrío cubículo del palacio de El Pardo.

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